Soy una madre en baja de maternidad. Tengo dos hijos preciosos, uno nacido hace cinco años y el otro muy recientemente.
Déjame contarte lo que me sucedió en un sueño extraño, entre las calles adoquinadas y los campanarios de Toledo.
Todo comenzó con una lista que mi suegra me entregó justo después de casarme. Una hoja doblada varias veces, como una carta antigua en la que el tiempo se enreda. Allí había muchos requisitos insólitos uno decía que mi marido no puede comer quesos fuertes, a lo que presto mucha atención pero otro, más peculiar, indicaba que debía plancharle los calzoncillos, porque si no estaban perfectamente planchados le saldrían moratones en el sitio.
Al principio pensé que era algo delicado, que una madre atenta se preocupa por las cosas más mínimas de su hijo. Qué bonito que alguien cuide hasta ese nivel, me dije, mientras las cigüeñas volaban en círculos sobre nuestra azotea de tejas rojas. Seguí las recomendaciones de la lista, no me costó. Pero planchar la ropa interior… Eso nunca lo había hecho ni mi madre ni mi abuela en la casa de Valladolid, así que me sonó casi mágico.
Cuando nació mi primer hijo, al poco, cambié los pañales por braguitas diminutas y, sin pensarlo, empecé a planchar también su ropa interior. Pronto, la montaña de prendas para planchar se volvió tan alta como la Giralda de Sevilla: los calzoncillos de dos, apilándose como sueños inconclusos. Seguí planchando, obediente, porque mi suegra defendía que el vapor caliente destruía gérmenes invisibles. Insistía mucho en que nuestro hijo debería seguir la tradición, porque era fundamental para la salud de las partes nobles, como decía con un guiño misterioso.
Pero el tema no es solo mi suegra. Es que la vida con dos hijos, el pequeño aún oliendo a leche tibia y luna, hace que todo sea más difuso y el tiempo más volátil, como si los relojes derretidos de Dalí colgaran de los radiadores. Intento priorizar, pero la montaña de ropa sin planchar se eleva cada día más, como un Everest hecho de algodón y paciencia.
Ayer, mi marido, con tono distraído, anunció que ya no quedaban calzoncillos en la estantería. Era una señal de que debía planchar otra tanda. Yo, agotada, repuse que podía coger cualquiera del montón aún sin planchar total, ¿quién sueña con calzoncillos perfectos? Él, sin mucho ruido, llamó a mi suegra mientras yo me sumergía en la cama. Ofendida, ella le dijo que era imperdonable faltar a la liturgia del planchado.
Todo por unos simples calzoncillos, pensé, nadando entre la vigilia y el sueño.
¿Vosotras plancháis la ropa interior de vuestros hijos, aunque el viento de Madrid sople fuerte fuera? Si lo hacéis, ¿hasta cuándo dura el rito? ¿Existe algún truco para que el tiempo del planchado vuele, como las golondrinas que regresan a San Juan?





