EL REGALO —Bueno, hijo, cuéntame, ¿cómo te ha ido hoy? ¿Qué tal el día? Víctor, padre de Andrés, al…

REGALO

Bueno, hijo, cuéntame, ¿cómo ha ido el día? ¿Qué tal en el colegio?
El padre, Julián, recién regresado del trabajo, levantó y sentó a su lado en el sofá a su pequeño de cinco años, Diego, revolviéndole con cariño el suave cabello castaño. Mientras la madre, Sofía, se afanaba en la cocina entre aromas de pollo al horno, Julián aprovechaba para estar con su único y adorado hijo. El piso estaba cálido, acogedor; en el salón, entre el murmullo de la televisión y el mueble del comedor, relucía discretamente con luces de colores un abeto bajito, decorado con esmero. Faltaba justo un día para Año Nuevo.

¡Todo bien! proclamó Diego. Pero a mi amigo Pablo no le ha ido tan bien.
¿Y qué le ha pasado a tu amigo Pablo? preguntó Julián, intrigado. ¿El Pablo que vive en el portal de al lado?
Sí, ese mismo asintió Diego.
No le dieron regalo en la fiesta de fin de año en el cole informó Sofía, asomándose entre las nubes aromáticas de la cocina. Pobrecito… En fin, lavad las manos, chicos, que la cena está lista.

¿Cómo que no le dieron? exclamó Julián, sorprendido, levantándose. ¿A todos sí y a Pablo no? Qué raro.
Pues sí, a todos les tocó regalo menos a él corroboró Diego, bajándose del sofá tras su padre. La Reina Maga y el abuelo de la asociación repartieron los regalos, y él nada. Se quedó esperando.

¿Qué tipo de Reina Maga y abuelo hacen eso? se indignó Julián, arrimando la silla y sentándose a la mesa.
No es culpa de ellos replicó Sofía, encogiéndose de hombros. Seguro su madre, la señora Carmen, o bien olvidó aportar dinero para el regalo, o bien no pudo… Eso ocurre. Diego, ¿las manos limpias?

Sí, he estado con papá en el baño intervino Julián, cortando la jugosa pechuga y repartiéndola. Bueno, supongamos que no entregó el dinero. Pero, ¿cómo consintió la directora del cole, doña Isabel Rodríguez, ese bochorno? ¿Dejar que delante de todos se quedara sin regalo?

Doña Isabel era la misma Reina Maga, afirmó Diego. El abuelo era don Mateo, el conserje.
¡Peor me lo pones! prosiguió Julián, sin poder contenerse. ¿No podían sacar un regalo más y dárselo al chiquillo? ¡Ya luego se arreglan con los padres! Qué falta de sensibilidad…

Pues parece que no se les ocurrió… suspiró Sofía. Yo en su lugar habría buscado la manera de darle algo.

¿Y los padres de Pablo? ¿Cómo dejan que su hijo pase por eso? no cesaba Julián. En fin, hijo…
Julián miró a Diego, entregado a unos trozos de pollo.

Espero que compartieras tu regalo con tu amigo…
Diego lo miró serio:
Sí, papá, quise hacerlo. También quisieron Sergio, María, Álex y otros. Pero Pablo no quiso aceptar nada.
Mira qué orgullo se asombró Julián. ¿Y no lloró?
No lo sé… dijo Diego con honestidad. No lo vi.

Vaya chico… exclamó otra vez Julián. No se merecía eso.
La verdad, sí da pena comentó Sofía, compasiva. Imagino cómo se debió sentir.

¡Propongo restablecer la justicia! declaró Julián, súbitamente resuelto. Se notaba que tenía un plan; el rubor asomaba en sus mejillas y su mirada brillaba.

¿Y cómo? preguntó Sofía, limpiándose con la servilleta. Diego también alzó la vista.

¡Así! respondió enigmático Julián. ¿Sabéis en qué piso vive Pablo? ¿Tú sabes, Diego?
No, nunca he ido. Solo nos vemos en el parque y en el cole.

Bueno, puedo averiguarlo dudó Sofía. Mi amiga Aurora conoce a casi todos en el edificio. La llamo y lo pregunto.

Hazlo. Y ahora mismo rogó Julián.

Vale, pero vosotros recoged la mesa y lavad los platos.

Viven en el piso cuarto, familia Muñoz anunció Sofía, al cabo. La madre es Carmen. El padre… bueno, ya no está; se fue, tal vez ella lo echó, quién sabe. Viven solos, madre e hijo.

¿Tantos detalles? rió Julián.

Por algo Aurora es como la Wikipedia del barrio bromeó Sofía. Y encima es vocal de la comunidad; maneja todos los datos.

Todo aclarado, concluyó Julián. Diego, ¿has terminado ya tu regalo?

No, mamá dice que el dulce en exceso hace daño contestó cabizbajo Diego.

Bien dicho aprobó Julián. ¿Conservas la bolsa del regalo?

Sí, la abrí con cuidado.

Perfecto le revuelve el pelo. ¿Puedes poner lo que te queda en otra bolsa y me das esa?

¿Para qué? dudó Diego, aunque fue a su cuarto y trajo la bolsa brillante, ya casi vacía. Encima, volcó el contenido en la mesa: caramelos, galletitas en papeles dorados…

Sofía, que observaba en silencio, finalmente intervino:
Entonces, mis caballeros, ¿vais a alegrar a Pablo con un regalo? ¿Cuándo? ¿Y quién lo lleva?

¡Mejor hoy mismo! expuso Julián. ¿Qué opinas, Diego?

¡Claro! ¡Hoy! se entusiasmó el niño. ¿Le doy algunos de mis caramelos?

Si no te importa, por supuesto aprobó Julián.

¿Iremos juntos? mientras llenaba la bolsa con dulces.

Ya trataste de compartir, y no funcionó; es muy orgulloso dudó Julián. Mejor lo haremos distinto…

Al cabo de un rato, Julián desapareció y regresó como… ¡el mismísimo Papá Noel! Con botas blancas, chaquetón rojo ribeteado de pelo, gorro, barba tupida, bastón en una mano y un saco rojo bordado con estrellas en la otra, aunque vacío.

Diego lo miraba estupefacto. Después preguntó:
¿Eras tú Papá Noel el año pasado? ¿Y el anterior?

Sí, hijo confesó Julián. Perdón por no decirlo antes, tarde o temprano lo descubrirías. Una vez, en la empresa, me pidieron ser Papá Noel. Gustó tanto que llevo tres años haciendo de abuelo para todos, y también en casa. ¿Te gustó el Papá Noel del año pasado?

¡Muchísimo! aplaudió Diego. ¡Menos mal que el nuestro es Papá Noel de verdad!

Se abrazó a la pierna de su padre.

Sofía añadió caramelos, ató la bolsa con una cinta vistosa y Julián la puso en el saco.

Acomoda la barba y proclama:
¿Os parece bien si visito al pobre Pablo?

¡Sííí! exclamaron al unísono Sofía y Diego.

El pequeño pregunta:
¿Puedo ir contigo, papá?

¿En vez de Reina Maga? ríe Julián.

¡De conejito! grita Diego, corriendo al cuarto. Regresa disfrazado de conejo: mono blanco, orejas erguidas, pompón a modo de colita, máscara de cartón con bigotes pintados.

Venga, vamos, aunque seas un conejo, abrígate que es invierno cede Julián. Ponte el abrigo.

Padre e hijo salen juntos. Sofía se contiene la risa al ver al alto Papá Noel con bastón y a su lado un pequeño conejo con orejas saltarinas, arrastrando casi por el suelo la bolsa que papá le confió.

Diez minutos después, vuelve solo Julián, con aire confuso.

¿Y Diego? se alarma Sofía.

Tranquila, está con Pablo, jugando. En media hora bajaré por él dice Julián, secándose el sudor con la barba postiza.

Se desploma en el sofá, aún de Papá Noel.
Menuda historia…

Y relata lo ocurrido en casa de Pablo. Resulta que esa noche Julián y Diego fueron… ¡los sextos en llevarle regalos al pobre Pablo! Y, por lo visto, no los últimos. Antes que ellos, la propia directora Isabel salió del piso, ya sin disfraz de Reina Maga.

No sabes cómo se disculpaba con Pablo y su madre, narraba Julián mientras se quitaba el abrigo y la barba. Al despedirse, pidió perdón por lo del regalo frente a todos…

¿De verdad? se admiró Sofía. Habrá que verlo.

Pero lo importante es que, según parece, la madre de Pablo pudo entregar el dinero unos días después del plazo.

Bueno, en cierto modo es culpa de la madre reflexionó Sofía. Pero vive sola, con apuros; en el cole deberían haber buscado una solución.

Así es, pero la dirección no se molestó y eliminaron al niño de la lista añadía Julián. El resultado, el inocente fue el que sufrió.

Si yo mandara en el colegio, ya habrían destituido a Isabel… lanzó Sofía, disgustada.

Quizá acabe así, o aprenda… Quien trabaja con niños no debe fallarles afirmó Julián.

Guardó silencio, pensativo, y luego añadió:
Ah! ¿Sabes quién también apareció? ¡El padre de Pablo! Con regalos y el corazón contrito, casi llorando…

¿De veras? Sofía se alegró.

De repente, sonó el timbre. Sofía fue a abrir: era Diego.

¿Por qué vuelves solo? se sobresaltó Julián. Quedamos en que iría a por ti…

¿Te crees que soy un bebé? se indignó Diego. Además, ya me aburría.

¿Por qué? preguntó Julián.

Porque los padres de Pablo discutían explicó Diego. Luego lloraron y se abrazaron. Cuando Pablo fue a la cocina, se abrazaron todos y lloraron otra vez. ¡Qué raros! Ni se dieron cuenta de que me iba…

Julián y Sofía se miraron y soltaron una carcajada de alivio.

Venga, vamos a tomar chocolate anunció Sofía. Luego, si hay insomnio, esperamos juntos el Año Nuevo. ¡Que, esta vez sí, sea feliz para todos!

¡Que lo sea! asintió generoso Diego.

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