Javi, necesito tu ayuda con el regalo para mi madre.
María dejó el móvil y se giró hacia su marido, que estaba tirado en el sofá con el mando de la tele en la mano, más empotrado que un azulejo. Javi cambiaba los canales con esa desgana tan suya, sin despegar los ojos de la pantalla.
¿Qué regalo dices?
La cocina. Buena, de calidad. En dos semanas es su cumpleaños, ¿ya te has olvidado?
Javi por fin se dignó mirar a su mujer. En sus ojos le cruzó una chispa de fastidio, pero la camufló enseguida bajo una sonrisa de esas de trámite.
¿Y la vieja ya no funciona? Por fuera parece que tira todavía.
María se sentó en el brazo del sofá, alisándose el pliegue del vestido casero como si sirviera de algo.
La última vez lo viste tú. El horno calienta como el microondas; dos fuegos han pasado a mejor vida. Mi madre lo dice todo el rato, los bizcochos no le salen ni la mitad de bien. Para ella es fundamental, tú lo sabes.
…La señora Carmen Alonso era una artista del amasado. Su cocina siempre olía a vainilla y canela, en la ventana se enfriaban bollitos, y hasta los vecinos venían solo “a tomar un café”, sabiendo que no se irían con las manos vacías. Pero la pobre cocina, comprada en los tiempos de la peseta, estaba ya para museo y no precisamente para uno moderno.
Vale, vale, Javi se desperezó incorporándose. ¿Y qué hago yo?
Elige tú el modelo bueno. Tú sabes más de cacharros que yo. Ve a la tienda, mira, y ocúpate del envío. Yo no tengo ni un minuto, la oficina me tiene frita.
María sacó una tarjeta de su bolso y se la dio. Azul oscuro, reluciendo bajo la luz del flexo.
Es mi paga extra, más de ochocientos euros. ¿Con eso basta para una cocina decente?
Javi cogió la tarjeta y la movió entre los dedos, casi con sonrisa de trilero.
De sobra. No te preocupes, que lo resuelvo.
María asintió. Después de cinco años casados, confiaba en Javi para los menesteres domésticos. Se le daba bien buscar gangas, enganchar ofertas y regatear garantías. Eso sí dominaba.
Pero no lo dejes para el último día, ¿vale? Que llegue antes de la fiesta.
Hecho, Javi metió la tarjeta en el bolsillo de chándal y retomó el mando como quien no quiere la cosa.
Pasó una semana. María, de vuelta en el bus hasta arriba de gente, se acordó de mirar el saldo con la app del banco. El dedo va, pantalla va.
Cargo: 800 euros
María sonrió mirando la cifra. Así que Javi no la había liado. Ochocientos euros, eso significa que ha elegido una cocina de verdad, y seguro con grill, temporizador y puerta extraíble, tal como soñaba Carmen. Por fin podrá lanzarse a sus napoleones sin miedo a que el horno la traicione.
María imaginó el gesto de su madre al ver el regalo: los ojos arrugados de alegría, los labios temblando, y su clásico: «¡Pero qué derroche, hija!», seguido de la pregunta de qué pastel hará primero.
La buena tecnología es inversión para años. María recordaba cómo la abuela hablaba de su «Fagor» que sobrevivió treinta años sin atisbo de avería. Ahora no es lo mismo, pero si no escatimas en calidad, el cacharro te dura lo que quieras.
…El cumpleaños fue sábado. María desde pronto moviendo ramos y envolviendo los regalos secundarios. Javi dando vueltas por la casa, mirando el reloj como si fuera el Mundial.
No olvides el sobre, le recordó María, cerrándose las botas. ¿Has metido los papeles de la cocina ahí?
Está todo dentro, Javi se palmeó la chaqueta con solemnidad.
Llegaron a casa de Carmen sobre mediodía. El piso olía a bollos recién horneados; hasta con la cocina vieja, la madre se había apañado para sacar algo rico. El recibidor lleno de familiares, tintineo de copas, risas en el salón.
María abrazó fuerte a su madre.
Feliz cumpleaños, mamá. Esto es para ti.
Le dio el sobre crema, sin mirar dentro, que para eso Javi lo tenía todo atado.
Carmen se iluminó.
Pero hijos, qué exagerados sois, respondió abriendo con cuidado el sobre, relamiéndose de emoción.
María la observaba con ternura. Un segundo, otro… Y de pronto el rostro de Carmen se paraliza. La sonrisa se va de vacaciones y deja paso a la confusión.
¿Esto… qué es?
María se agachó y miró por encima del hombro: un vale regalo para la perfumería. Valor: cien euros. Cien. Euros.
Javi, María giró hacia su marido, que ya hacía la croqueta hacia la puerta. ¿Esto qué es?
Venga ya, Javi medio sonrió, esquivando miradas. Es un vale chulísimo, la cosmética ahí es de marca…
¿Y la cocina?!
Javi ni respondió; salió disparado hacia el balcón y cerró detrás como si lo persiguiese Hacienda.
María fue tras él, abrió la puerta de golpe, el cristal chirrió histérico.
Explícamelo. Ahora.
Javi se pegó a la barandilla como si esperara empuje divino.
Pues mira, la Yoli estaba muerta con el curro, de verdad que necesita un descanso Yo no pude negarme
¿Qué descanso? ¿Qué Yoli? María avanzó, la mirada en llamas. ¡Te di el dinero para la cocina de mi madre!
Salió una oferta irresistible, ochocientos euros, Turquía, todo incluido… Se iba a perder, ¿lo entiendes?
María sacó el móvil de su bolsillo antes de que Javi pudiese reaccionar. Dedo va, pantallazo, abre el chat: mensajes al agente de viajes, fechas, importes, y emoticonos de Yoli.
«¡Eres el mejor hermano! ¡Mil gracias! ¡Me voy el viernes!»
El silencio fue total. Javi trataba de encoger el cuerpo hasta desaparecer entre las baldosas.
María marcó el número del agente.
Buenas tardes, agencia de viajes Horizonte, soy Elena, ¿en qué puedo ayudarle?
Hola. Reserva a nombre de Yolanda García, Turquía, salida el viernes. Quiero cancelarla.
¿Perdone, usted es?
Soy la titular de la tarjeta. Se ha pagado sin consentimiento.
Javi se acercó, pero María cortó el paso levantando la mano.
Un momento, la operadora se puso seria. Sí, aquí está. Debe pasar por la oficina y lo resolvemos. El reembolso llega en diez días.
Perfecto, voy mañana.
María colgó y le tiró el móvil a Javi.
Mari, venga, solo fue una cosa sin importancia Vamos a hablarlo
Pero María ya había salido. Cruzó el salón donde los parientes fingían interés por la ensaladilla rusa. Se acercó a su madre, que aún apretaba el vale desastre.
Mamá, vamos. Te voy a regalar algo de verdad.
Carmen ni protestó, se puso la chaqueta y la bolsa del Carrefour, lista para salir, olvidando la marabunta de invitados.
En la tienda de electrodomésticos olía a plástico y motor nuevo. El vendedor un chaval de veinticinco años con placa «Dani» explicó con paciencia de santo las diferencias entre modelos.
Esta es la mejor, Dani señaló la blanca elegante, ideal para repostería. Calienta parejo, tiene temporizador, grill, y hasta el aire se mueve.
Carmen acarició la placa con admiración.
¡Qué maravilla! susurró.
La llevamos, dijo María. ¿Envío para mañana?
El primer hueco disponible, de nueve a doce.
El trámite fue exprés. En el taxi Carmen estuvo callada, hasta el portal, donde tocó el brazo de María.
María, cariño, muchas gracias… Pero me preocupas.
No hace falta, mamá.
¿Y Javi? Vosotros…
María la abrazó.
Ya lo resolveré. Hoy disfruta, que es tu santo.
María volvió a casa de noche cerrada. Javi sentado a oscuras con la tele apagada.
Tenemos que hablar, intentó.
María pasó de largo, abrió el armario y empezó a montar sus camisas en la maleta.
¿Qué haces? Javi saltó. Mari, por favor, ¡no exageres! Quería ayudar a mi hermana, la pobre lleva años sin vacaciones, era una oportunidad única.
Pantalones, camisetas, calcetines, la operación mudanza seguía inalterable.
¡Estás destruyendo nuestro matrimonio por una cocina! ¡Solo tú tendrás la culpa!
María se detuvo, le clavó la mirada.
Te confié el dinero que gané. Te pedí que compraras el regalo de mi madre. ¡Y tú se lo fundiste en tu hermana!
Hombre, fundir
Ni siquiera preguntaste. Decidiste por mí. Y encima me mentiste.
Javi se acercó, intentó abrazarla. María se apartó utilizando su suéter de protección.
¡No me toques!
Yoli realmente lo necesitaba
Coge tus cosas. Y fuera.
…Un mes después, María se sentaba en la cocina de Carmen Alonso. La nueva cocina blanca brillaba en la esquina, el horno a tope, y el piso inundado en aromas de bizcocho de vainilla.
¡Imagínate! Me he apuntado a un curso de pastelería. La vecina, Nines, me habló de ello. ¡Un chef francés! ¡Todo finísimo!
María probó un trozo de tarta. Fabuloso, de los que te hacen cantar O sole mio aunque sea en martes.
El divorcio fue veloz, casi administrativo. Javi jamás entendió por qué María no perdonó un pequeño despiste. Yoli acabó viajando o no con sus ahorros, y a María ya ni le importaba.
Miraba a su madre feliz y entregada ante la flamante cocina. Fuera era el atardecer. Por delante, una nueva vida: sin mentiras, sin traiciones, sin quien trate tu dinero y confianza como kleenex de aeropuerto.
María sonrió y se sirvió otro trozo de tarta. Y oye, ¿por qué no?





