Pequeños placeres de la vida

Pequeñas cosas de la vida

Ignorando los consejos de sus padres, Martina se casó con su amado Álvaro, un hombre serio. Lo crió su abuela Serafina, a quien todos llamaban abuela Fina. Sus padres fallecieron cuando él tenía apenas dos años, por lo que no guardaba ningún recuerdo de ellos.

Cuando Martina presentó a Álvaro a sus padres, doña Lucía se puso de morros, claro, después de que el chico se hubiera ido.

Martina, para él no te educamos nosotros, estás en tercero de carrera, ¿qué marido ni qué boda? Y ese Álvaro no lo quiero de yerno. ¿Qué se puede esperar de él? Trabaja en un taller un currante Que lo sepas, no te voy a ayudar si decides ir por ese camino.

Mamá, me casaré con él de todos modos, lo sabes bien el padre, como siempre, callaba, intentando mantenerse neutral entre su esposa y su hija. Además, espero un bebé

La boda fue discreta; aunque los padres de Martina tenían recursos, Lucía no quiso celebrar a lo grande. Si la hija hubiese elegido a algún hijo de su amiga… pero Martina era demasiado terca.

Ya volverá de su pobreza con el mecánico, ahora tiene la cabeza llena de amor y romanticismo le decía ella a su marido. Y encima se va de casa, a la abuela de él, porque no quiere que yo humille a su marido, así me lo soltó Martina. No le hacía ni pizca de gracia que ella estuviera embarazada.

Los padres de Martina vivían en Madrid, en una gran vivienda, y la hija estaba acostumbrada al confort y al dinero, siendo la única. Pero se fue con Álvaro a casa de la abuela Fina, que vivía en un pueblo, a siete kilómetros de la ciudad.

Pasó el tiempo y Martina dio a luz a una niña. La abuela Fina ayudó mucho; enseñó todo a la joven madre, se levantaba por las noches para cuidar a la bisnieta Carmen. Martina seguía con la carrera, intentando ser buena esposa y madre, aunque era difícil, pues siempre estaba agotada. Cada mañana madrugaba, corriendo al autobús para ir a la ciudad y luego otro hasta la universidad.

Volvía exhausta, y la abuela con Carmencita la recibían en la puerta, la niña esperaba y extrañaba mucho a su mamá. Más tarde llegaba Álvaro, que trabajaba hasta tarde. Tomaba a la niña en brazos y la hacía girar, amaba a sus chicas. Martina quería dedicarle tiempo al marido, pero él llegaba tarde, en el último autobús, hambriento y cansado.

Martina tenía la defensa del TFG a punto. Cada vez pensaba más en volver a casa de sus padres, a la comodidad y el ahorro del tiempo de trayecto. Pero Lucía seguía molesta y ni llamaba ni se interesaba por su nieta.

Álvaro tenía un hermano mayor, Antonio, casado, que vivía en Madrid con su mujer y su hijo, ganándose la vida con viajes de trabajo. Pero su matrimonio era complicado; Marina, la esposa, exigía cada día más.

Ha llamado Antonio dijo Álvaro a Martina y a la abuela. Se ha ido de casa, a Marina la aguantaba por los constantes conflictos, ahora alquila piso.

¡Qué cosas! se preocupó abuela Fina, con lo que luchó por tener un hogar propio

Abuela, Antonio ha actuado con dignidad, dejó todo para su esposa y su hijo defendió el hermano menor.

Un día Martina confesó a Álvaro que el ritmo de vida era demasiado, cansada de tener que hacer dos transbordos en autobús y llegar a tiempo al campus. Nunca decía directamente que quería mudarse con sus padres, fue su propia decisión vivir con Álvaro y lejos de su familia.

Estoy agotada decía Martina, cansada de depender del horario del autobús, se tarda mucho, muchas paradas, apenas llego

Álvaro escuchaba en silencio y le daba un beso en la mejilla.

Tengo una idea, luego te la cuento respondió enigmático, será una sorpresa. Martina no quiso indagar, le faltaban fuerzas para la curiosidad.

Días después, una tarde, un coche se paró delante de su casa.

¿Serán mis padres? pensó Martina, pero era un coche viejo y desconocido. No, no son ellos ese coche parece un cacharro

Corrió hacia la calle y vio a Álvaro saliendo del coche, extrañada. Él, exultante, salió de aquel chasis maltrecho.

¿Qué te parece nuestra joya?

¿Eso es un coche? ¿De dónde lo has sacado?

Lo compré respondió Álvaro, con el dinero que ahorrábamos para la entrada del piso

Martina miró el coche, sentía pena por el dinero; era el ahorro para la entrada de la vivienda, y él lo gastó en ese cacharro. Ahora tendrían que quedarse en el pueblo por más tiempo.

Álvaro elogiaba el coche:

Lo he arreglado yo, está en marcha, sube que te llevo, solo falta pintarlo. Por fin no tendrás que depender del bus, ya no harás transbordos insistía. Está casi perfecto y me ha salido barato.

La verdad es que el coche funcionaba bastante bien, aunque Martina temía que se desmontara en plena carretera. Al llegar a casa, vio a la abuela y a Carmen en la puerta. Álvaro cogió a la niña y la hizo girar, mientras Martina corrió al interior y, al cruzar el umbral, estalló en lágrimas. Todo lo tenía acumulado.

Martina querida, ¿qué te pasa, hija? oyó la voz apurada de abuela Fina. ¿Qué ha pasado?

Álvaro ha gastado todo el dinero que teníamos para el piso en este coche. Nuestra ilusión era tener un hogar y él y él

Tranquila, mi niña la abrazó abuela Fina, eres la chica más inteligente y buena del mundo, solo estás cansada y por eso lloras. Todo esto son pequeñeces, lo importante es que seguimos vivos y sanos, no te angusties, el dinero es secundario, lo importante es el amor y la comprensión.

Martina escuchó con atención los sabios consejos de abuela Fina, y se calmó. Luego sintió algo de vergüenza por su reacción. Salió al porche, donde estaba el marido. Cerca jugaba el perro peludo, y Carmen reía tras él intentando agarrarle el rabo. Martina se sentó suavemente junto al marido.

¿Por qué no consultaste conmigo, Álvaro? le preguntó en voz baja.

Quería darte una sorpresa bueno, al menos eso

Martina lo miró a los ojos, y percibió allí tanta angustia no expresada, que al instante entendió todo. La quería, y compró el coche para facilitarle el camino a la universidad, se preocupaba por ella. Era su forma de dar solución al problema por el que ella se quejaba. Aunque no entendía que ella apuntaba a otra cosa.

Bueno, Álvaro, coche es coche dijo conciliadora, pero prométeme que siempre me consultarás.

De acuerdo respondió con alegría, sabes que suelo decidir por mí mismo, pero perdóname, de aquí en adelante lo decidiremos juntos.

Eso está bien. Son pequeñeces de la vida repitió con solemnidad las palabras de abuela Fina, lo importante es que estamos juntos y tenemos una hija maravillosa.

Abuela Serafina contemplaba desde la ventana y sonreía, pensando: Primera discusión familiar. ¿Y cómo no? Habrá muchas más. Lo esencial es que se entiendan y se amen. De que Martina y Álvaro se quieren, no cabe duda Míralos, como dos tortolitos se reconciliaron. Los bendijo y se alegró.

Álvaro pintó el coche, abuela Fina cosió fundas nuevas; tampoco era para celebrar, el coche había vivido mucho. Pero pronto, Martina ya iba al lado de Álvaro, sentada en el asiento delantero, camino al centro.

No quería pedir ayuda a sus padres.

El tiempo pasó. Carmen crecía, pronto necesitaría ir a la guardería, la abuela ya mayor, merecía descanso. Martina terminó la carrera y empezó a trabajar en Madrid. Álvaro seguía trabajando hasta muy tarde, luchando por el sustento. Volvía el tema de la vivienda en la ciudad, pero aún no tenían dinero suficiente para la entrada. Martina no quería pedir ayuda a sus padres, su madre aún no hablaba ni con su hija ni su nieta.

Pero la ayuda llegó inesperadamente, de donde menos lo esperaban. Un sábado, el perro ladró alegre en el patio. Martina pensó que sería la vecina, que traía leche para Carmen.

¡Antonio! gritó Álvaro al ver a su hermano mayor por la ventana, corriendo fuera. ¡Hermano, qué alegría, de dónde vienes!

¡Hola, Álvaro, hola!

Los hermanos se abrazaron fuerte, ambos felices por el encuentro. La curiosa Carmen entreabrió la puerta para mirar.

Pero qué guapa eres, sobrina exclamó Antonio, ven, te he traído un regalo.

Sacó un enorme conejo de orejas largas y lazo brillante. Carmen lo cogió entusiasmada, acarició el lazo y corrió a enseñárselo a la abuela.

Abuela Fina y Martina recibieron a Antonio con cariño.

Ha pasado tiempo, ¿cómo estás? preguntó la abuela, sirviendo té.

Bien, la verdad. Me divorcié, Marina encontró a otro y se fue a Barcelona con él. Los pagos para mi hijo los mantengo. Y esto, hermano sacó de su bolsa un sobre grueso, es para vosotros, mi regalo de boda; en vuestra boda no estuve, me tocó viaje de trabajo.

¿Qué es? se tensó Álvaro.

Dinero

¿Qué dinero?

Para el pago inicial del piso explicó Antonio, entregando el sobre. Marina dejó el piso, yo volví a mi casa. Esto lo ahorraba para comprar otro; no podía quitar la casa a mi hijo y ex. Así que lo tomo como regalo de boda reiteró.

Se hizo silencio en la mesa. Y después todos rieron con alivio.

Gracias, hermano, gracias, Antonio, justo a tiempo

Martina estuvo a punto de llorar de alegría, abuela Fina abrazó al nieto mayor. Los dos hermanos se abrazaron, sin palabras, todo entendido.

Al llegar el otoño, Álvaro, Martina y Carmencita se instalaron en un piso nuevo de dos habitaciones en Madrid. Carmen fue a la guardería cerca de casa. La escuela tampoco quedaba lejos; eligieron el piso pensando en el futuro, cuando Carmen tendría que ir al cole.

Álvaro siguió en el taller. Así la vida puso a prueba la fortaleza de la joven familia. Y tenía razón abuela Fina: todo son pequeñas cosas de la vida, lo fundamental es el amor y la felicidad, que todos estén sanos.

Gracias por leer, por vuestros comentarios y apoyo. Suerte y mucha felicidad a todos.

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