No pude aprender a amar: Historia de un amor imposible, cartas entre Lilia y Vladimir, y el destino …

NO LOGRÓ ENAMORARSE

Chicas, confesad, ¿quién de vosotras es Lucía? La joven nos observaba a mí y a mi amiga con picardía, tratando de adivinar.

Yo soy Lucía, ¿por qué? respondí, sorprendida.

Toma, Lucía, una carta de parte de Alberto la desconocida sacó del bolsillo de su bata un sobre algo arrugado y me lo entregó.

¿De Alberto? ¿Y dónde está él? pregunté con extrañeza.

Lo han trasladado a una residencia para adultos. Te ha esperado como agua de mayo, Lucía, no apartaba la vista de la ventana. Esta carta me la dio para que la revisara, no quería que te llevases una mala impresión por las faltas. Bueno, tengo que irme, pronto es la comida, soy educadora aquí me miró con reproche, suspiró y se alejó corriendo.

…Fue una tarde de verano, cuando mi amiga Clara y yo, con dieciséis años y las vacaciones alegrándonos, acabamos vagando por los jardines de un centro desconocido en Madrid. Buscábamos aventuras.

Nos sentamos en un banco cómodo, charlando y riendo, sin darnos cuenta de que se nos habían aproximado dos chicos.

¡Hola chicas! ¿Aburridas? ¿Os apetece conocernos? uno extendió la mano hacia mí, Alberto.

Le respondí:

Lucía. Ella es mi amiga Clara. ¿Y tu amigo, cómo se llama?

Leonardo dijo tímidamente el otro.

Nos parecieron algo anticuados y demasiado correctos. Alberto, de manera seria, comentó:

Chicas, ¿por qué lleváis faldas tan cortas? Y Clara ese escote tan atrevido

Bueno No miréis donde no debéis, que se os van a cruzar los ojos nos reímos Clara y yo.

Es difícil no mirar, somos chicos. ¿Y fumáis? insistía el moralista Alberto.

Claro que fumamos, pero sólo algún cigarrillo, nada de exagerar le contestamos en tono de broma.

En ese momento Clara y yo notamos que algo pasaba con las piernas de los chicos. Alberto caminaba con dificultad, Leonardo cojeaba visiblemente.

¿Estáis aquí en rehabilitación? pregunté.

Sí, tuve un accidente con la moto. Leonardo se dañó saltando desde unas rocas al río respondió Alberto, recitando su historia de memoria. Pronto nos darán el alta.

Y por supuesto, Clara y yo creímos sus versiones. No imaginábamos que Alberto y Leonardo eran discapacitados desde pequeños, condenados a vivir largo tiempo en la residencia. Para ellos, nosotras éramos como un soplo de libertad.

Vivían y estudiaban en aquel centro cerrado al mundo. Cada chico tenía su propia historia inventada: un accidente, una caída, una pelea

A pesar de todo, Alberto y Leonardo resultaron ser muchachos muy interesantes, lectores voraces y maduros para su edad.

Empezamos a visitarles cada semana. Nos daba pena su situación y queríamos animarles; también aprendíamos mucho de ellos.

Las visitas se volvieron costumbre. Alberto me regalaba flores de los jardines, Leonardo preparaba cada vez una figura de origami y se la entregaba tímidamente a Clara.

Nos sentábamos los cuatro en el banco: Alberto a mi lado y Leonardo de espaldas, concentrado sólo en Clara. Mi amiga se ponía colorada pero le gustaba estar con aquel chico retraído. Charlábamos todos de todo y de nada.

Pasó el verano, cálido y luminoso. Llegó el otoño, con lluvias y el fin de las vacaciones. Clara y yo empezamos el bachillerato, el último curso, y poco a poco olvidamos a aquellos amigos de la residencia, Alberto y Leonardo.

…Los exámenes terminaron, sonó la última campana, llegó la fiesta de graduación y el esperado verano lleno de esperanzas.

Un día Clara y yo decidimos volver por la residencia, a reencontrarnos con los chicos. Nos sentamos en el banco conocido, convencidos de que pronto aparecerían Alberto, con flores frescas, y Leonardo con su origami. Esperamos dos horas, pero en vano.

De repente, salió una joven del centro y se dirigió hacia nosotras. Fue ella quien me entregó la carta de Alberto. Abrí el sobre de inmediato:

Querida Lucía, eres mi flor perfumada, mi estrella inalcanzable. Tal vez no te has dado cuenta, pero me enamoré de ti nada más verte. Nuestros encuentros eran mi oxígeno, mi vida. Durante medio año he esperado en vano, mirando por la ventana, soñando con verte otra vez. Me has olvidado. Qué pena. Nuestros caminos van separados. Pero te agradezco que me hayas mostrado el amor verdadero. Recuerdo tu voz suave, tu sonrisa, tus manos tiernas. ¡Cómo me faltas, Lucía! Me gustaría verte sólo un instante más. Quiero respirar, pero no puedo…

Leonardo y yo hemos cumplido dieciocho años, pronto nos trasladarán a otra residencia. Es difícil que nos volvamos a ver. Mi corazón está hecho pedazos. Espero curarme de este amor.

¡Adiós, mi preciosa!

Firmado: siempre tuyo, Alberto.

Dentro del sobre venía una flor seca.

Sentí una vergüenza terrible, se me encogió el corazón sabiendo que nada podía cambiar ya. Me vino a la cabeza la frase somos responsables de lo que domesticamos.

No sabía de los sentimientos tan fuertes que Alberto había desarrollado. Pero yo no podía corresponderle. Nunca sentí nada elevado por Alberto. Sólo afecto, curiosidad por un chico culto y hábil en la conversación, nada más. Era cierto que, a veces, coqueteaba suavemente, le picaba, avivando su enamoramiento No imaginé que mi juego inofensivo se convertiría en un incendio en su alma.

Desde entonces han pasado muchos, muchos años. La carta de Alberto amarilleció, la flor se desmenuzó, pero aún recuerdo aquellos encuentros inocentes, las charlas despreocupadas y las carcajadas por sus ocurrencias.

Esta historia tiene un epílogo. Mi amiga Clara se conmovió por el destino difícil de Leonardo. Sus padres lo habían rechazado por su diferencia: desde nacimiento, una pierna mucho más corta que la otra. Clara terminó magisterio y trabaja en una residencia para personas discapacitadas desde la infancia. Leonardo es el esposo querido de Clara. Tienen dos hijos ya adultos.

Alberto, según cuentan, vivió siempre en soledad. Cuando cumplió los cuarenta, su madre llegó a la residencia, lo vio ahí tan desamparado, lloró, le renació el amor olvidado y se lo llevó al pueblo. Después, se perdió su rastroDesde mi escritorio, cada tanto vuelvo a abrir el cajón donde guardo aquella carta, aunque ya casi solo quedan unos jirones de papel y la huella polvorienta de la flor que fue. Me sorprendo aún por el eco remoto que deja Alberto en mi memoria, no como un amor, sino como un aprendizaje sobre la delicadeza de los sentimientos ajenos. A veces, creo oír su voz entre líneas: Quiero respirar, pero no puedo. Y pienso que a veces, los recuerdos que no lograron enredarnos en el corazón igual se quedan, como semillas que germinan lejos de nuestro alcance, dando sombra y refugio a otros que vendrán detrás.

No logré enamorarme, es cierto. Pero aprendí a no jugar con esperanzas. Y aunque Alberto jamás ocupó el lugar de un amante en mi vida, ocupa el de ese primer ser que me mostró la fragilidad de lo profundo. Hoy, trabajo con jóvenes como él, en talleres donde el intercambio de cartas no es sólo ejercicio de caligrafía sino puente hacia mundos distintos. Sé que en alguna residencia rural, mientras caen las tardes doradas, Alberto mira por la ventana hacia los campos. Tal vez, alguna vez, sonríe recordando a una Lucía que fue su luz fugaz, tan breve y gentil como aquel verano en Madrid.

La vida nos dispersó, pero el afecto verdadero permanece intacto, bordando hilos invisibles con quienes nos cruzamos. No todos los amores se consuman. Hay algunos que simplemente nos enseñan a ser más humanos. Y a veces, eso basta para recordar que, aunque no logré enamorarme, en el corazón de otro fui alguna vez esa flor perfumada, intacta en la nostalgia.

Rate article
MagistrUm
No pude aprender a amar: Historia de un amor imposible, cartas entre Lilia y Vladimir, y el destino …