Tenía apenas veintidós años cuando me quedé sola, sin marido y con el pequeño Diego en mis brazos. Mi hijo sólo tenía dos años por aquel entonces. Mi marido se marchó porque no soportaba las preocupaciones constantes, decía que tenía que ganar dinero solo para gastarlo en su familia.
Y aquello no le gustaba. Bueno, claro, ¿para qué gastarlo en la familia cuando es mucho mejor derrocharlo en uno mismo y en la amante? Diera igual el tipo de esposo que había sido, para mí supuso un alivio. Y tras su partida, todo recayó sobre mis hombros. Llevé a Diego a la guardería y me puse a trabajar como pude. Todavía me acuerdo de aquellos días, a veces tan cansada que ni sentía las piernas, pero mi casa siempre estaba ordenada, la comida hecha y mi hijo bien alimentado y limpio.
Mi madre siempre me enseñó esto, y en nuestra generación éramos más recios. Reconozco que consentí demasiado a mi hijo. Ya con veintisiete años, Diego no sabe ni freír unas patatas. Pero hace poco se casó, pensé por fin que se había asentado, que su esposa se ocuparía de él, y yo podría dedicarme a mis aficiones o a buscar otro trabajo, en fin, vivir mi vida tranquila. Entonces, Diego me dijo que él y su esposa iban a quedarse una temporada conmigo. Por supuesto, no salté de alegría, pero acepté que se quedaran, en fin, qué iba a hacer. Ella se encargaría de su esposo, le lavaría la ropa y yo aguantaría con paciencia un tiempo. Pero no fue así. Lucía era todo un personaje. No recogía la mesa, no fregaba los platos, no lavaba la ropa ni la suya ni la de Diego, ni siquiera barría la habitación. No hacía nada.
Durante tres meses fui responsable de tres personas. ¿Yo necesitaba aquello? ¿Qué hacía mi nuera? Como Diego había decidido mantener a la familia, Lucía no trabajaba. Se pasaba el día fuera con sus amigas o echada al sofá hablando por teléfono hasta que Diego volvía del trabajo. Y yo seguía trabajando. Y cada vez que regresaba a casa, aquello era un desastre: todo desordenado, la nevera vacía, ninguna comida preparada. Tenía que ir corriendo al mercado, comprar comida, cocinar y después lavar los platos. Lucía ni una pizca de vergüenza. Incluso llegó a traerme un plato guardado en su habitación varios días, justo cuando estaba fregando, el plato lleno de moscas y de todo lo imaginable. Decía que se le había olvidado. La siguiente vez que me lo hizo, le solté que si tuviera un poco de conciencia, al menos fregaría los platos alguna vez.
¿Y qué crees? ¿Pidió disculpas o hizo algo? No, al día siguiente, con bronca, ella y mi hijo recogieron sus cosas y se fueron a alquilar un piso. Y todavía Diego me reprochó que lo que quería era destruir su familia. ¿Por decirle a mi nuera que fregara los platos aunque fuese? Pues mira, gracias a Dios, desde entonces vivo tranquila y con la casa limpia, sin tener que recoger tras nadie. Estos jóvenes de ahora, os lo digo, son la perdición. No valen para nada…





