Por si acaso llueve
En el cajón de la cocina, bajo el paquete de pilas de repuesto y las cintas para el pelo, hay un folio doblado en cuatro. Blanca lo sostiene no como una nota, sino como una herramienta: lo desdobla con la palma, para que los bordes no tiemblen, y lo lee no con los ojos, sino con el cuerpo, como cuando uno repasa las instrucciones antes de pulsar el botón.
Arriba figura escrito a boli: Por si acaso llueve. Debajo, una lista. No sé fuerte ni ponte las pilas, sino pequeños actos comprobados.
1. Un vaso de agua. Después, té. Sentarse dos minutos.
2. Respirar: inspirar en cuatro, exhalar en seis, diez veces.
3. Llamar a una persona de tres. Decir: Necesito cinco minutos, solo escúchame.
4. Escribir en una hoja los tres próximos pasos. No más.
5. Delegar: pedir, pagar, posponer.
6. Recorrer la ruta: de casa a la farmacia por el patio, vuelta al colegio, regreso.
7. Decir una frase sincera en casa, sin reproches.
La lista surgió hace dos años, después de que Blanca se desbordase en el supermercado porque la caja se bloqueó y alguien suspiraba detrás. Salió corriendo, sin comprar nada, y pasó la tarde sin saber explicar por qué. La psicóloga le preguntó en la primera sesión: ¿Qué haces cuando te supera?. Blanca respondió: Nada. Intento no sentir. Y entendió que ese nada era también una acción, solo que la más destructiva.
Hoy saca el papel no porque ya esté mal, sino para comprobar: el folio sigue ahí, y entonces el apoyo existe, aunque sea pequeñito. Lo vuelve a plegar, marca los dobleces con los dedos, lo guarda y cierra el cajón.
En la mesa está el tupper de arroz, junto al almuerzo del niño. Blanca comprueba que ha puesto las servilletas, una manzana y una bolsita de galletas. En el perchero cuelga la chaqueta de su hijo, el cuaderno está sobre la consola. Todo preparado, y eso la inquieta más como antes de un viaje, cuando parece que algo seguro se olvidó.
Su hijo, Mateo, sale de la habitación cerrando la cremallera.
Mamá, hoy tengo examen de matemáticas.
Lo sé responde Blanca con una sonrisa que esconde su pensamiento ojalá sin sorpresas.
Su marido, Javier, ya toma café mirando la pantalla. Trabaja a turnos y hoy debe pasar por el taller a recoger piezas para su coche, luego ir al proyecto.
¿Me llevas? pregunta Blanca poniéndose las deportivas.
No llego a tiempo. Tengo reunión a las nueve responde él sin mirar.
Blanca reprime el fastidio habitual. No llego a tiempo suena a no quiero, aunque sabe que no es así. Coge el bolso, revisa llaves, tarjeta, cargador.
El ascensor llega rápido, pero en la planta baja las puertas vibran y se paran. Blanca pulsa el botón otra vez. Nada.
Mamá, ¿nos hemos quedado atrapados? Mateo la mira demasiado serio.
No, espera pulsa abrir y cerrar, luego el interfono. El ascensor suspira y se pone en marcha.
Blanca percibe una oleada en el pecho, como si alguien añadiera agua hirviendo. Nada ha sucedido aún, pero el cuerpo ya espera el lío.
En la calle ve que el autobús se va. En la parada hay gente, unos hablan al móvil, otros miran al vacío. Mira la hora. Si esperan el siguiente, llegarán tarde.
Vamos andando al metro dice. Rápido.
Mateo corre junto a ella, intentando no rezagarse. Blanca lo agarra por la manga, para que no salga a la calzada. En la cabeza se forma la lista mental: colegio, luego oficina, después llamada, luego
Al llegar al metro suena el móvil en el bolsillo. Número del colegio.
¿Blanca Fernández? la voz de la secretaria es seca y cortés. Hoy Mateo no tiene justificante para faltar a Educación Física. Dice que le duele la rodilla, pero sin justificante no podemos
Blanca cierra los ojos un segundo.
De verdad le duele. Fuimos al médico, el justificante está en casa, olvidé ponerlo. ¿Puedo enviar foto ahora?
No aceptamos fotos. Necesitamos el original.
Lo llevo después del trabajo dice Blanca, con tono que revela tensión. O puedo pedir a mi marido.
Antes de las doce corta la secretaria.
Blanca cuelga y siente un nudo por dentro. Antes de las doce implica que tendrá que salir corriendo del trabajo, justo hoy que toca entregar el informe.
Mateo está a su lado, mirándola.
No lo hice a propósito dice.
Lo sé. Vamos, todo bien responde Blanca, aunque todo bien queda lejos.
Lo acompaña hasta el colegio, le da un beso en la cabeza y vuelve al metro. En el vagón hay apretujones, alguien le pisa, otros ríen alto. Blanca se agarra y trata de ignorar el hecho de que el día sólo comienza.
En la oficina la recibe olor a café y a impresora. La compañera de mesa alza la cabeza.
Blanca, el cliente está al teléfono. ¿Dónde está la versión final? Ya están nerviosos.
Blanca se sienta, enciende el ordenador, abre la carpeta. El archivo no está. Revisa de nuevo. Ayer lo guardó en la red. O creyó hacerlo.
Ahora dice, nota las manos húmedas.
Consulta el correo, busca la conversación, intenta reconstruir la cadena. Surge el pensamiento: Has vuelto a fastidiarlo todo. La frase de la infancia, que aparece cuando simplemente hay que resolver.
Vibra el móvil. Esta vez, su madre.
Blanca la voz está tensa , el grifo de la cocina gotea. He puesto una palangana, pero sigue cayendo y temo que se filtre a los vecinos.
Blanca mira la pantalla, la carpeta vacía, el reloj.
Mamá, estoy en el trabajo. Cierra el agua bajo el fregadero, por favor. ¿Te acuerdas?
No puedo girar el grifo, está duro.
Usa una toalla, prueba con ella. Si no puedes, llama a la empresa de urgencias. Te mando el número.
Pero vendrán cuando quieran.
Lo sé. Pero ahora no puedo ir. El tono de Blanca se vuelve más brusco. Te mando el número, ¿vale?
La madre calla un instante.
Vale dice bajito.
Blanca cuelga y la culpa cae como una mochila pesada. Quiere ser hija ejemplar, madre, buena empleada y persona normal. En momentos así, siente que pierde en todo.
La jefa asoma por la puerta.
Blanca, ¿qué pasa con el informe? El cliente espera. Y otra cosa baja la voz , ayer enviaste un borrador y las cifras no cuadran.
Blanca nota calor en la cara.
Lo reviso. Lo arreglo.
Hazlo rápido dice la jefa y se va.
Blanca mira la pantalla y sabe que va a hacer lo de siempre: agitarse, abarcar demasiado y acabar equivocándose más. La ansiedad crece, pegajosa, como falta de aire.
Se reclina y cierra los ojos un segundo. Por si acaso llueve reaparece, como si alguien le pusiera la mano en el hombro.
Se levanta, agarra la taza y va a la cocina. No por el té, sino por cambiar de postura, romper el círculo.
Se sirve agua del dispensador y la bebe de golpe. Después pone el hervidor, espera a que burbujee, echa el sobre en la taza. Se sienta junto a la ventana y mira el patio entre edificios. Dos minutos, solo dos.
Hace diez respiraciones, exhalando más largo que el inspirar. Al sexto, baja los hombros. Al décimo, el corazón sigue rápido pero ya no suena como alarma.
Vuelve a la mesa, saca la libreta del bolso. Escribe arriba: Ahora.
1. Encontrar la última versión del informe.
2. Llamar al cliente y decir claramente cuándo estará el final.
3. Resolver lo del justificante y el grifo.
Tres pasos. No diez.
Consulta el historial de versiones en la red. El archivo no estaba perdido, sino renombrado. Ayer puso la fecha y no vio que el orden había cambiado. Abre el documento, revisa las cifras, detecta el error en una fórmula. Corrige y calcula, guarda.
Llama al cliente.
Buenos días. Habla Blanca dice con voz neutra. Ayer se envió un borrador con error, ya lo he corregido. La versión final la mando en cuarenta minutos. Si urge más, dígame qué es crítico y priorizo.
Pausa al otro lado, luego el cliente suspira.
Cuarenta minutos está bien. Gracias por avisar.
Blanca cuelga y nota un pequeño oasis interno, no felicidad ni alivio, solo la capacidad de estar en pie.
El siguiente paso es una llamada. Una persona de tres. Consulta contactos y se detiene en Javier. No quiere oír otra vez no llego, pero ahora busca ayuda concreta, no perfección.
Javi, hola. Es urgente. En el cole piden el justificante antes de las doce. Está en casa, en el recibidor bajo el cuaderno. ¿Puedes llevarlo?
Estoy al otro lado de la ciudad empieza él.
Blanca inspira y se impide saltar.
Lo sé. Pero si no lo llevas, tendré que dejar el trabajo y sería peor. ¿Puedes pedir a alguien del proyecto? ¿O cambiar la ruta?
Javier calla.
Vale. Paso por casa, lo recojo y lo llevo. Mándame foto, así lo encuentro rápido.
Gracias. Te la mando ya.
Fotografía el justificante que efectivamente está en el recibidor y lo envía. Piensa: Esto es delegar. No heroicidad, pedir.
Queda lo de la madre y el grifo. Blanca le escribe el número de urgencia y una mini instrucción: Válvula bajo el fregadero, a la derecha del todo. Si no gira, usa la toalla, con cuidado. Si te da miedo, llama a urgencias y di que gotea el grifo, temes una fuga. Luego llama.
Mamá, no puedo ir ahora mismo dice intentando ser suave. Pero estoy contigo al teléfono hasta que lo intentes cerrar.
Ya tengo las manos temblando admite la madre.
Lo hacemos juntas. ¿Dónde estás?
En la cocina.
Abre el armario bajo el fregadero. Busca la toalla. Envuelve el grifo y gira, despacio.
Blanca escucha el roce, el golpe de la palangana.
Ha girado dice la madre al minuto, sorprendida . Vaya. Y ha dejado de gotear.
Perfecto. No abras el agua hasta que venga el fontanero. Iré esta tarde a verlo.
Perdona por molestarte dice la madre.
No me has molestado. Has llamado justo a tiempo responde Blanca y se sorprende de sentirlo así.
Envía el informe. A los cuarenta minutos, como prometió. La jefa asiente, seria pero sin reproche. La compañera le da el visto bueno.
Podría soltar la tensión. Pero dentro sigue el temblor, como tras un frenazo. Blanca sabe que si simplemente sigue trabajando, por la noche terminará arisca y pagándolo en casa.
A la hora del almuerzo no baja a la cafetería. Se pone la chaqueta, móvil, auriculares y sale. La ruta es la del papel: del trabajo a la farmacia por el patio, vuelta al cole, regreso. No porque necesite medicinas, sino porque ese paseo es breve y familiar, sin sobresaltos.
Camina deprisa, contando pasos sin querer, como si el cuerpo buscase ritmo. En la farmacia compra unas tiritas y una caja de infusión de manzanilla, aunque en casa hay té. Mejor tener. El rastro material de me he cuidado.
Al volver, se para junto a la valla del colegio, observa las ventanas. Dentro, Mateo está haciendo el examen. Blanca quiere escribirle: ¿Cómo vas?. Pero no lo hace. Que él tenga su momento.
Por la tarde Javier manda mensaje: Justificante entregado. Dicen que todo bien. Adjunto una foto: el papel en manos del portero, fondo el vestíbulo escolar. Blanca sonríe y siente cómo se afloja otro nudo en el pecho.
Vuelve a casa más tarde que todos los días, cansada pero no agotada. En el recibidor está el cuaderno, el justificante ha desaparecido. Javier realmente pasó, no olvidó, no se le mezcló nada.
Mateo come pasta en la cocina.
Mamá, saqué un cuatro dice como si fuera lo más importante.
Muy bien Blanca le acaricia el hombro. ¿Y la rodilla?
Bien. Solo tenía miedo de que me doliese otra vez.
Blanca asiente. Quiere decir: Yo también tenía miedo, pero no lo hace. Pone la tetera, saca la manzanilla comprada y deja el sobre en la taza.
Javier entra, quitándose los zapatos.
¿Cómo ha ido tu día? pregunta.
Blanca siente el impulso de enumerar, justificar lo difícil que fue. Pero en el listado está la frase sincera, sin reprochar.
Deja la taza en la mesa y dice:
Hoy me ha sacudido mucho. Necesito que estés conmigo esta noche, sin móvil, media hora.
Javier la mira más atento que por la mañana.
Vale. Después de cenar. Estoy cansado pero puedo hacerlo.
Gracias dice Blanca, y siente que eso no es ni rendirse ni ganar. Es un acuerdo.
Después de cenar se acomodan en el salón. Javier pone el móvil boca abajo. Mateo se va a hacer deberes. Blanca relata lo del informe, la llamada del colegio, el grifo de la madre. Sin dramatizar, solo como secuencia. Javier pregunta, asiente, dice: Sí, es mucho. Y basta.
Más tarde Blanca pasa por casa de su madre. Lleva una llave inglesa y un nuevo empaque, comprados camino del bricolaje. Su madre la recibe en la puerta, con sonrisa de disculpa.
Pensé que estarías enfadada comenta.
Lo estuve reconoce Blanca, quitándose el abrigo. Pero no contigo. Con no poder estar en todo.
Juntas abren el armario bajo el fregadero. La válvula cerrada, palangana seca. Blanca comprueba la unión, aprieta la tuerca, cambia el empaque. El agua deja de gotear. No es un milagro, solo mecánica.
Al volver, el papel sigue en el cajón. Blanca lo saca, lo despliega y mira los puntos. No prometen que la vida sea sencilla. Solo que hay acciones cuando todo se complica.
Añade una línea nueva al final: 8. Pedir media hora sin móvil. Piensa y anota al lado: Funciona.
Luego lo dobla, lo guarda y cierra el cajón. El día no ha sido perfecto, pero ha dejado de ser una catástrofe. Y eso basta para acostarse sintiendo que mañana podrá volver a hacerlo.




