Cuando mi abuela se enteró de que su hija, mi madre, estaba embarazada sin estar casada, se disgustó profundamente. Hizo la vida de mi madre muy difícil, pero ella soportó en silencio y con paciencia los malos tratos.
El día de mi nacimiento, mi abuela encerró a mi madre en la casa y se marchó llevándose la llave. Por suerte, mi hermana, que había sido socorrista, estaba allí. Cogió la llave y corrió a ayudar a mi madre. Así vine al mundo, y pese a las circunstancias complicadas, mi madre me amó con todo su corazón. Mi abuela, ya mayor, me enseñó distintas destrezas en el huerto y la agricultura. Aunque sobresalí en algunos aspectos, cuando cometía errores, ella me regañaba utilizando palabras que yo no entendía del todo, pero que sentía que buscaban herirme. No conseguía entender el origen de su actitud, por qué no era digna de su afecto o qué había hecho mal. Ella misma había pasado por la dificultad de criar a su hijo tras la muerte de su marido, así que debería haber comprendido lo duro que era. Crecí sin la ternura de una figura masculina: sin abuelo, sin padre, sin hermano.
Después, mi madre se casó y tuvo dos hijos más, pero lamentablemente el marido no vivió mucho tiempo. Sorprendentemente, mi abuela les demostró a esos niños un cariño mucho mayor del que jamás me brindó a mí. No pude evitar sentir cierta envidia.
Mi abuela hace tiempo que se fue y yo ya no soy una niña, pero a veces regreso a los recuerdos de mi infancia, cuando me sentía diferente al resto. Sus palabras duras todavía resuenan en mi memoria, trayendo consigo aquellos sentimientos del pasado.
Un día, mientras hacía la compra con mi madre en el mercado del pueblo, encontramos a una mujer que compraba una bolsa repleta de frutas y dulces. Nos contó con alegría que su hija iba a ser madre y que la boda estaba próxima. Todo el pueblo sabía que la hija de Victoria no tenía marido, pero la sinceridad y el amor de aquella mujer hacia su hija emocionaron profundamente a mi madre, recordándole los desafíos que había atravesado y las maldiciones que tuvo que soportar durante años.
Quiero a mi madre y le agradezco infinitamente que me haya traído al mundo y enfrentado todas las adversidades por mí. Jamás tuvo una palabra dura para mí. Su amor maternal es genuino y puro.
En cuanto a la pregunta de qué habría hecho yo en lugar de mi abuela, es difícil responder con certeza sin haber vivido las mismas circunstancias. Aun así, pienso que es fundamental mostrar comprensión, empatía y apoyo a tu hija incluso en momentos difíciles. El afecto y la compasión deben prevalecer para fortalecer el vínculo familiar, sin importar la situación.
Al final, aprendí que la dureza puede dejar cicatrices profundas, pero el amor verdadero es capaz de sanar lo imposible y nos ayuda a seguir adelante con esperanza.







