Dónde resuena

Mira, te cuento lo que pasó. Carmen Alonso acababa de colgar el abrigo y sacar la carpeta con las partituras del bolso cuando pegaron un folio A4 en la puerta del local: A partir del día 1 el espacio permanecerá cerrado por obras. Se revisan las condiciones de alquiler. Abajo, la firma de la empresa gestora y un número de teléfono. Ella, al principio, pensó que sería lo típico de normas de seguridad, pero luego leyó y se quedó parada.

Dentro, ya sonaban las voces de siempre. Unos hacían ejercicios de respiración, otros buscaban las gafas, alguien soltó medio en broma que ya les venía bien una reforma a todos, pero la broma ni despegó. El director del coro, don Francisco García, estaba de pie junto al piano, el folio en la mano como si la realidad se pudiera cambiar dándole la vuelta.

Venga, vamos a vocalizar primero dijo, con una voz templada. Pero Carmen captó enseguida el esfuerzo por no perder la compostura.

Vociferaban siempre igual, y eso era algo que las salvaba. “Mmm”, “na-na-na”, subiendo y bajando suavemente. Carmen notaba cómo el sonido nace en el pecho y va más allá de ella, se hace del grupo. Desde que se jubiló y el piso se le quedó en silencio, el coro la agarraba por los hombros. No era una obligación, era su sitio, su manera de no desaparecer.

Al terminar los ejercicios, don Francisco levantó la mano.

La cosa es así. Nos han hizo una pausa, buscó otro término nos han puesto frente a los hechos. Cierran el local por obras y el alquiler pasa a ser tres veces mayor. No hay forma de pagarlo.

¿Pero cómo que no hay forma? saltó enseguida Mercedes Rivas, que siempre era la primera en hablar. Pero si somos del centro cultural, no somos privados.

Ahora el centro está gestionado por otra entidad explicó Francisco. Hoy mismo me lo han contado. Optimización, dicen. Y además miró el papel, como si ahí hubiera algo personal. Que deberíamos estar en casa, que es cosa de jóvenes.

Carmen sintió una punzada dentro, algo que se le subía a la garganta, pero no era rabia, era más bien una especie de tos seca de indignación. Recordó cuando colgaban las bufandas en las sillas, cuando compartían galletas en algún cumpleaños, cuando en diciembre ponían un arbolito de plástico junto a la ventana y cantaban tanto que hasta el conserje salía a escuchar disimulando que revisaba los radiadores.

¿Estamos molestando entonces? se le escapó, sorprendida de escuchar su voz tan firme.

Molestamos a los que creen que no pintamos nada dijo don Francisco. Pero por ahora, sin discutir con paredes, vamos a decidir qué hacemos.

Lo primero fue luchar. Así, tal cual. Aunque, rebuscando, nadie sabía luchar de verdad. Al día siguiente, Carmen fue al ayuntamiento, con don Francisco y dos compañeras más. Llevaban la carpeta con una carta, el listado de miembros, una copia del agradecimiento por haber actuado en la fiesta del barrio. Carmen se puso su falda oscura y la blusa buena, como para una entrevista.

La sala olía a café de máquina y a papeles. La secretaria, una chica joven con uñas perfectas, ni levantó la mirada.

¿Qué desean?

El coro Vieja Castilladijo Francisco. Nos cierran el local.

Tienen que presentar la solicitud online contestó la secretaria. O por la oficina de atención al ciudadano.

Eso ya lo hicimos intervino Mercedes, enseñando la carta. Mire, está firmada.

Papeles no se admiten por fin levantó la vista, y más que borde, la notó cansada. Todo va por sistema.

¿Y el sistema? Carmen se quedó seca, sabía pagar el gas por el móvil, pero el sistema le sonaba a puerta sin llamador. ¿Y si hace falta hablar?

Pidan cita respondió la chica. La más próxima es en dos semanas.

Dos semanas después les soltaron que eso era cosa del propietario, y que el propietario era la empresa, y la empresa ponía condiciones comerciales. Francisco aguantó como pudo, pidiendo al menos algo temporal, un arreglo hasta el fin de las obras. A él le respondían con frases aprendidas. Carmen sólo oía cómo sus voces, allí, no se unían: cada palabra se quedaba colgada en el techo.

Intentaron en más sitios: la escuela, la biblioteca, la casa de cultura. En el cole, la jefa de estudios dijo que todas las aulas después de clase estaban llenas de actividades. Mercedes le preguntó cuáles, y la señora contestó tan rápido que parecía defenderse. En la biblioteca al principio sonrieron, pero luego que si silencio, que si se quejan los lectores. En la casa de cultura les ofrecieron un sótano húmedo, lleno de mesas de ping-pong. Don Francisco miró el techo y dijo bajito:

Ahí se nos mueren las voces.

Lo peor no eran los noes, eran las expresiones que les colgaban: grupo de tercera edad, no adecuado, fuera de formato. Una funcionaria, sin despegar la vista del ordenador, soltó:

Pero si es para ustedes, ¿verdad? Pues ensayen en casa.

Carmen salió de allí caminando deprisa, como huyendo.

El viernes acabaron yendo otra vez al centro cultural, por inercia. Estaba cerrado, con dos carteles: el antiguo, y otro nuevo: Prohibida la entrada a ajenos. Carmen, de pie, sujetaba la carpeta sin saber qué hacer con las manos. Don Francisco repasó el grupo con la mirada.

No os vayáis dijo. Vámonos a la biblioteca. He logrado una hora, en la sala de lectura, mientras haya poca gente.

¿Y si nos echan? murmuró Rosario, que nunca discutía.

Pues nos echan, pero lo intentamos respondió Francisco.

Diez minutos después caminaban en hilera, como niños en excursión pero sin profesora. Carmen sentía las miradas de la gente en la parada, algunos con curiosidad, otros con fastidio, como si ocuparan mucho espacio.

El bibliotecario, un hombre flaco de jersey, les recibió a la entrada.

Sólo un poco bajos dijo, y se ruborizó. O sea, podéis cantar Pero ya sabéis.

Con cuidado le prometió Carmen.

Se colocaron entre estanterías, rodeados de lomos de libros que parecían vigilarlos. Don Francisco ni buscó piano; no había. Dio el tono a capella, susurrando. Carmen temía que sin su instrumento todo se deshiciera, pero pasó lo contrario: se escuchaban más. El respirar del compañero cobró más importancia que las teclas.

Al principio, algunos levantaron la cabeza de sus libros. Una señora en abrigo bufó y cerró su novela con gesto de molesta. Pero al cabo, cuando entonaron una pieza popular, esas que todo el mundo conoce, incluso sin haber cantado nunca, la sala se fue calmando. El silencio ya no era de biblioteca, era de escucha.

El bibliotecario se les acercó tras la prueba:

Pocas veces se respira tanta vida aquí. Pero la próxima, mejor junto a la ventana; ahí molestáis menos.

Francisco asintió, como si le ofrecieran un escenario.

Pero la próxima nunca llegó. Cuando fueron la tercera vez, la directora salió y se lo dijo delante del bibliotecario:

Nos han llamado. Hay quejas. Esto es una biblioteca, no un club.

Carmen se quedó mirando sus manos. Quiso decir: No somos un club, somos un coro, pero las palabras no le encontraban la boca. Francisco les recogió sin discutir y salieron a la calle.

Ya ves dijo Rosario. Qué vergüenza.

Eso dolía más que lo de váyanse a casa. Porque venía de dentro.

No es vergüenza rebateó Mercedes. Es cantar.

Cantamos repitió Rosario, pero molestamos.

Carmen caminaba junto a ellas sintiendo cómo se le balanceaba el alma, muy fina, muy frágil. Entendía a Rosario: también ella echaba de menos el local, con su orden y su espacio, el sitio donde nadie les decía que sobraban. Ahora, esa habitación había desaparecido y sentía que le quitan un trozo de vida.

De pronto, don Francisco se paró en la boca de un paso subterráneo.

Aquí mismo dijo.

¿Aquí? Mercedes miró alrededor: gente yendo y viniendo, bolsas, prisas. Un chaval tocaba la guitarra tirando de una pequeña altavoz.

La acústica es buena dijo él. Aquí nadie manda.

A Carmen le sudaban las manos. Se avergonzaba anticipadamente, como en los festivales del cole, al olvidar la letra. Pero Francisco ya estaba de pie junto a la pared, alzando una mano.

Sólo una, para probar.

Comenzaron bajito, tanteando el aire. El paso resonaba delicioso, devolvía el sonido cálido y las voces se hicieron densas. La gente primero pasaba de largo, unos sonrientes, otros evitando mirar. Una niña se paró y tiró de su madre.

Mira, mamá, abuelas cantando.

La madre pensaba llevársela, pero se quedó mirando, el gesto por fin relajado.

No todos fueron tan amables. Un hombre con chaqueta y bolsa gritó:

¿Qué hacéis aquí, montando el número? Esto no es para conciertos.

No bloqueamos el paso contestó Francisco, sin bajar la mano.

Me da igual, vayan a cantar a su casa.

Carmen notó el temblor de su barbilla. Siguió cantando, pero la voz se le hizo fina como un hilo. Miraba el suelo de baldosas y pensaba: Si me paro ahora, no volveré a empezar. Se agarró a la voz común como a una barandilla.

Al terminar, alguien aplaudió. Primero una persona, luego otra. No era como en un teatro, era una especie de agradecimiento porque, por un momento, la prisa se había llenado de música.

¿Veis? triunfó Mercedes.

Sí dijo Rosario, muy seria.

A la semana ya sabían en qué rincón no molestaban, a qué hora pasaba menos gente. Probaron en el parque, con abuelos andando y madres con carritos. Hasta en el centro de salud, mientras esperaban. Allí era duro: gente nerviosa, toses, quejas por los turnos. Pero una vez, cantando bajito, una mujer con el brazo vendado murmuró:

Gracias. Me habéis distraído de la analítica.

Carmen se lo apuntó como victoria íntima.

Don Francisco le llamaba canta donde estés. No era un lema, sólo la explicación de por qué seguían yendo, aunque fuera a un rincón del barrio.

No lo hacemos sólo por nosotros dijo, mientras Carmen intentaba abrir una botella tras una de esas tardes en el parque. Él lo hizo por ella, un gesto tan humano que casi le entraron ganas de llorar.

¿Por quién entonces? preguntó Rosario.

Para que la ciudad no olvide que tiene alma respondió Francisco. Y para que nosotros tampoco lo olvidemos.

Palabras sencillas, pero que a Carmen le llegaron muy hondo. Recordó cómo, tras morir su marido, le costaba hasta llamar por teléfono, como si ya no hiciera falta tener voz. Y ahora sí, la voz importaba, y no sólo a ella.

El primer conflicto gordo llegó en un sitio raro. Un centro comercial, en la cafetería del segundo piso. Francisco había hablado con el dueño y les dijo: Cantad, no me importa. A la gente le gustará. Fueron, apilaron sillas y mesas, Carmen colgó el abrigo y se sentó con la carpeta sobre las rodillas.

Las dos primeras canciones bien. Incluso algunos grababan o asomaban la sonrisa. Carmen, por un momento, se sintió de nuevo en sala, no en la calle. Y entonces vino el de seguridad.

¿Quién ha autorizado esto? preguntó, voz de funcionario.

El dueño respondió Francisco. Hablamos con él.

Aquí hay normas. Nada de eventos sin permiso de dirección. Han protestado. Dicen que hay ruido.

Estamos bajito defendió Mercedes.

Me da igual. Me dicen que cortéis.

Carmen vio que Rosario se ponía blanca. Empezó a recoger notas.

Ya lo dije murmuró. Qué vergüenza.

No digas eso susurró Carmen, sorprendida de estar hablándole a Rosario. No hacemos nada malo.

Molestamos insistió. No quiero que nos vean como gente desubicada.

Francisco estaba entre los dos bandos, como de muro a muro.

Mira propuso, cantamos una más y nos vamos. Sin líos.

Nada, hay que irse ya sentenció el vigilante.

El dueño salió del mostrador, desconcertado:

Yo lo dije de buena fe

Os pueden multar apostilló el vigilante.

A Carmen le subió la vieja rabia seca, mezclada con otro cansancio: el de pelear siempre por poder existir.

Recogieron en silencio. El murmullo de carpetas y sillas pesaba como piedras. Carmen cogió el abrigo, se lo puso, abrochando botones para tener las manos ocupadas. En la salida, alguien sentado comentó: Qué pena. Era bonito. Ese qué pena la abrigó.

Fuera, Rosario dijo:

No vuelvo. Lo siento.

Mercedes saltó:

Claro, a la primera de cambio

Mercedes la frenó Francisco, ahora no.

Carmen vio a Rosario irse rumbo a la parada, pequeña, encogida. Quiso seguirla, pero se quedó quieta. Sabía que cada uno tiene su límite.

Esa noche Carmen se quedó en la cocina con el té frío. Le retumbaba dónde está el sitio. Se dio cuenta de que todos esos días no estaban buscando la sala, sino la seguridad de volver a tener un lugar sin miedo. Y sospechó que a lo mejor, más que espacio, necesitaban un modo de seguir, pese a todo.

Al día siguiente la llamó Francisco:

Carmen, ¿puedes venir a la biblioteca infantil, la de la calle paralela? Hay nueva encargada; necesitamos a alguien que explique que no molestaremos.

Carmen fue. En la biblioteca había luz, dibujos de críos en las paredes y un piano antiguo pero bien cuidado. La encargada, con corte de pelo moderno, los escuchó.

Por las tardes está vacío comentó. Sólo una condición: no muy alto y una vez al mes, un ensayo abierto a todos, sin escenario, sin líos.

De acuerdo aceptó Carmen, sintiendo que algo se le acomodaba por dentro.

Una cosa más. añadió la bibliotecaria Mi madre tiene su edad y siempre dice que no hay sitio para ella. Dígale que venga.

Carmen salió andando despacio, pero no de cansancio, sino porque por fin podía ir sin prisas.

Don Francisco citó al coro en el parque para dar la noticia. Faltó sólo Rosario. Mercedes escuchaba sin despegar los labios, como temiendo alegrarse.

No es el centro cultural dijo Francisco, pero es un sitio. Y tenemos plan: ensayo abierto al mes, resto para nosotras.

¿Y si nos vetan otra vez? preguntó alguien.

Buscaremos de nuevo prometió. Ya no tenemos miedo.

Carmen levantó la mano:

¿Y Rosario?

Francisco suspiró.

La llamo yo, pero mejor que lo hagáis vosotras también.

Carmen la llamó esa noche. Hubo un silencio largo. Rosario al fin dijo:

Sólo no quiero que me miren como si

¿Como si tuvieras vida? le cortó Carmen. Que miren. No pedimos limosna. Cantamos.

Se oyó al otro lado la respiración.

Me lo pensaré murmuró Rosario.

La primera tarde en la biblioteca infantil, arrancaron despacito. El piano estaba algo desafinado, pero Francisco dijo que así se escucha mejor al grupo. Carmen se sentó junto a la ventana, carpeta en el regazo. Veía pasar a niños tirando de sus padres, a una anciana que asomaba y dudaba en entrar.

Le sonrió con la mirada, la mujer se atrevió y se sentó en la esquina.

El día del ensayo abierto no se anunció a bombo y platillo: solo papel en la puerta y en el chat del barrio. Coro 55+ canta en la biblioteca. Se puede escuchar. Carmen temía que no viniera nadie. Pero esa tarde había jaleo: amigos, niños, hasta el bibliotecario exigente apareció para oírles. Incluso el chico del metro con guitarra entró a mirar.

No era concierto. Francisco lo dejó claro:

Sólo vamos a cantar lo que tengamos entre manos. Si alguien quiere unirse, adelante.

Carmen reconoció a Rosario de pie, con el abrigo puesto, aún lista para huir. Se acercó y le tomó la manga.

Quítate el abrigo, aquí hace calor.

Prefiero escuchar dijo Rosario.

Escucha desde dentro le sonrió y le ofreció su carpeta. Aquí tienes tu voz.

Rosario miró la carpeta como si fuera un puente arriesgado, pero se sentó.

Al empezar a cantar, Carmen sintió que esa sala, aunque pequeña, ya era suya. No porque se la dieran, sino porque llevaban dentro su rutina de respirar juntas. Nadie miraba con distancia, algunos tarareaban, otros cerraban los ojos. Hubo un momento de desajuste, el piano falló, y Francisco sonrió en vez de parar. Carmen supo entonces que no necesitaba perfección para sentirse en casa.

Acabaron, nadie gritó bravo. Varias personas se acercaron a dar las gracias. Un niño preguntó:

¿Puedo unirme?

Mercedes se rió:

Aún no, pero ven a escuchar.

La bibliotecaria vino a Francisco:

Os reservo la sala los miércoles y viernes por la tarde. Y en mayo, la fiesta del barrio es aquí mismo, podéis cantar en el patio, sin escenario.

Francisco asintió y Carmen vio cómo, por un instante, la emoción le temblaba en la boca. Se giró fingiendo ajustar las partituras.

Cuando recogieron, Carmen revisó que no faltase ni un papel. Rosario se le acercó.

Yo se quedó en silencio.

Has venido le dijo Carmen.

He venido repitió Rosario, y de repente le sonrió, tímida, como si probara ser feliz. Y sabes, no me da vergüenza.

Carmen asintió. Salió a la calle igual que siempre: coches, tiendas, prisas. Pero dentro sonaba otra cosa: no alto, no para todo el mundo, pero como una certeza, de que si tienes voz y hay quien respira contigo, siempre encuentras dónde. Aunque haya que inventarlo cada vez, incluso con el aire.

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