La madre de María no pudo soportar esta pérdida y se refugió en el alcohol, olvidándose de la existencia de su hija.

Te cuento una historia que me viene a la cabeza y siempre me toca un poco el corazón. Es sobre Martín, que de pequeño, en quinto de primaria, siempre había admirado a su vecina más joven, Lucía. Lucía era una niña encantadora, con sus trenzas largas y doradas y esa carita llena de pecas que llenaba de luz toda la calle en Salamanca donde vivían. Siempre iba con ella de vuelta a casa, la acompañaba porque había chavales por el barrio que se dedicaban a molestar a los pequeños y él quería protegerla.

Pero la vida de Lucía cambió de golpe cuando su padre cayó enfermo y, tras una dura batalla, falleció. La madre de Lucía no pudo encajar ese golpe y empezó a refugiarse en el alcohol, dejando a Lucía bastante desatendida. A veces incluso se olvidaba de darle de comer. Al final, Lucía dejó de ir al colegio. Al principio Martín pensó que estaba mala, pero cuando las semanas se convirtieron en meses y la veía cada vez menos, se empezó a preocupar de verdad. Le contó a su madre lo que pasaba y le preguntó por Lucía.

La madre de Martín, siempre tierna, le explicó: Hijo, Lucía está en un centro de acogida. Para Martín fue un golpe tremendo, se sintió triste pensando que quizá no volvería a verla jamás. Pasaron los años y, ya de adulto, Martín regresó a Salamanca después de terminar el servicio militar.

Un día, sin buscarlo, se cruzó con Lucía. Ella paseaba agarrada de la mano de su marido, y su tripa de embarazada se notaba bajo el abrigo. Estaba claramente en la recta final del embarazo. Pero aquel encuentro fue breve y no volvieron a verse en años.

Cuatro años después, volvieron a coincidir. Lucía regresó a Salamanca, pero ahora era madre soltera: su marido había muerto trágicamente en una pelea en la calle, después de perder la batalla contra su adicción a la bebida. Lucía se quedó sola al cuidado de su pequeño hijo. Cada vez que Martín la miraba, sentía algo muy fuerte por dentro, como si la vida les hubiese unido para siempre. Lucía y su hijo necesitaban apoyo, y Martín sabía que tenía un papel importante que cumplir en sus vidas. Y, la verdad, así fue.

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La madre de María no pudo soportar esta pérdida y se refugió en el alcohol, olvidándose de la existencia de su hija.