En la reunión familiar me atreví a decir que puedo valerme por mí mismo. Mis padres se ofendieron por mis palabras y ahora me exigen que me marche del piso de mi padre.

Jamás se me habría pasado por la cabeza que algún día acabaría repartiendo el patrimonio familiar a gritos con mis padres y mi hermano, en una pelea digna de tertulia de sobremesa tras una boda. Ya tengo una edad aunque con veinte años me considero ya todo un adulto hecho y derecho pero es que mi hermano apenas tiene catorce. ¿Para qué demonios necesita él un piso? ¡Si todavía no sabe ni atarse los cordones sin mirar y está más verde que un melón de Villaconejos!

Mis padres también lo ven como un crío, igual que yo, claro: el chaval aún está en la ESO y yo, por lo menos, estoy ya en la universidad, trabajando y todo, aunque viviendo en el piso que heredó mi padre de los abuelos. Fue todo un detalle que me dejaran quedarme, después de decirles que buscaba libertad y pensaba alquilarme un cuchitril, pero no veas lo cómodo que me sentí cuando me lo ofrecieron.

La verdad es que fue un regalazo por su parte, tanto que hasta empecé a apañarlo poco a poco, confiando en que algún día acabaría siendo mío. Pero la paz familiar duró lo que dura un caramelo a la puerta de un colegio: un día discutí con mi padre, y ya ni me acuerdo de por qué, pero le sentó como un pepino que le dijese que me las arreglo solo sin ayuda de nadie.

Total, que entonces se montó un Consejo Familiar de esos, con reunión incluida en el salón y caras largas, y mis padres me dijeron que si tan independiente soy, pues arreando, que deje el piso, que lo van a poner en alquiler y que, de todas formas, ese piso no es solo mío, que mi hermano también cuenta y punto. Que no hay nada que decidir, que el pisito es cuestión de todos.

Yo no entiendo el drama, la verdad. Si yo me puedo quedar con uno y mi hermano con el de mis padres (cuando tenga edad de afeitarse, digo yo), aquí todo el mundo sale ganando. Pero no: han soltado la idea de venderlo todo, sacar un dinerillo unos cuantos miles de euros, porque las casas en Madrid no bajan de precio ni con agua hirviendo y que cada uno se apañe comprándose un pisito nuevo.

A mí me parece una soberana tontería. ¿Para qué meterse en líos de inmobiliarias, pagar al notario, dar vueltas en el Registro de la Propiedad que es peor que pedir cita para el médico de cabecera si ya hay dos pisos estupendos donde vivir?

Pero lo que más me deja patidifusa es que mis padres están dispuestos a ponerme en la calle solo porque me consideran independiente. Un aplauso, vamos.

Supongo que se les pasará la rabieta, se enfríe el asunto y volvamos a la normalidad, aunque yo no pienso ser el primero en agachar la cabeza. Su postura no tiene ni pies ni cabeza, y mi hermano les sigue el juego porque es un niñato aún. Al final, nos están enfrentando para que el día de mañana, cuando seamos mayores, acabemos vendiendo todos los pisos y ellos se queden tan panchos. ¡Si es que me entra la risa por no llorar!

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MagistrUm
En la reunión familiar me atreví a decir que puedo valerme por mí mismo. Mis padres se ofendieron por mis palabras y ahora me exigen que me marche del piso de mi padre.