Paredes Sutiles

Paredes delgadas

Se despertaba antes de que sonara el despertador, incluso antes de que el móvil empezara a vibrar con su breve melodía. A los cuarenta y dos años el cuerpo la arrinconaba a las seis de la mañana, sin pedir permiso, ni siquiera los fines de semana. Yacía mirando el rectángulo opaco de la ventana, tras la cual el cielo invernal se extendía gris sobre las fachadas de nueve plantas, escuchando los ruidos de la casa.

El edificio vivía con su habitual, algo cansado, zumbido. En algún sitio se cerraba una puerta, alguien crujía los escalones, desde el piso de arriba el balón de un niño golpeaba el suelo con un sonido sordo. Las tuberías dentro de la pared suspiraban y murmuraban. Todo eso le resultaba tan familiar como la propia respiración. Sabía quién salía a trabajar a cada hora, quién ponía música, quién regañaba al perro del patio.

Se llamaba Crisanta Fernández. Vivía en un piso de dos habitaciones en el quinto piso del mismo bloque donde había pasado su adolescencia escolar. Primero con sus padres, luego con su marido y su hijo, y ahora casi sola de nuevo. Antonio, su esposo, se había marchado tres años atrás con una compañera de contabilidad; su hijo, Sergio, estudiaba en un instituto técnico del barrio vecino y dormía alternadamente en su casa o en la de amigos. El piso estaba lleno de cosas sin lujo: un sofá viejo, un armario empotrado, una cocina de melamina comprada a plazos y siempre algún plato sin lavar en el fregadero.

Crisanta era enfermera jefe en el centro de salud del municipio. De la parada de autobús al trabajo había dos minutos en bus o quince caminando, siempre que no hubiera hielo en la calle. Le gustaba pasearse por los patios medio vacíos de la madrugada, cuando salían de sus edificios gente con chaquetas abrigadas, bolsas y termos. El pueblo pequeño llevaba un ritmo pausado. Todos se conocían o al menos creían conocerse.

Ese orden también la acompañaba en la clínica. Allí conocía a todos: quién fingía para conseguir una baja, quién temía los análisis extra, quién llegaba con quejas sobre el médico y quién se avergonzaba de preguntar de más. Sabía hablar con calma, convencer, y a veces poner a cada uno en su sitio con firmeza. Confiaban en ella. Esa confianza le daba una sensación de utilidad, pero al final del día llegaba a casa hecha polvo, se sentaba al escritorio de la cocina, ponía la tetera y miraba largamente por la ventana el patio negro donde parpadeaban faroles.

Las reglas en su pueblo eran simples. No meterse en lo ajeno. No inmiscuirse. «Cada uno con su familia, que se arregle solo», le habían repetido desde niña. La vecina de arriba aguantaba a su marido beodo hasta que él falleció de un infarto. En otro portal un hombre gritaba a su madre con tal violencia que todo el patio escuchaba y la gente solo asentía con la cabeza. Llamar a la policía era cosa rara. No se hacía.

Los primeros gritos detrás de la pared los oyó a finales de otoño, cuando ya se había oscurecido a las cinco. Estaba en la cocina con una taza de té, hojeando las noticias en el móvil, cuando percibió voces elevadas del piso contiguo. Al principio pensó que venía del televisor. Luego, una voz femenina, aguda y cortante, estalló:

¡Silencio, el niño está durmiendo!

Un hombre respondió con tono grave, entre dientes, sin que se entendieran las palabras. Después se oyó un estruendo, como si algo pesado golpeara la pared. Crisanta se estremeció, dejó la taza sobre la mesa y se quedó inmóvil. El corazón le latía con fuerza. Reconocía a esa familia solo de vista. Una mujer joven con un niño de unos cinco años, un hombre alto y ancha de hombros, siempre con la chaqueta de trabajo y una bolsa al hombro. Se habían mudado hacía medio año, se habían saludado en el ascensor que siempre se atascaba y nada más.

Los gritos cesaron tan repentinamente como habían comenzado. Crisanta se quedó un rato más, escuchando. Silencio. Intentó volver a las noticias, pero las letras se le escurrían. En la cabeza resonaban fragmentos de conversaciones de la clínica: «Pues grita, ¿y qué? No le pega», «Se la buscó, con esa», «En casa ajena oscuridad total». Apagó la luz de la cocina y subió a su habitación. Encendió la tele, subió el volumen. Era lo más habitual, lo que hacía la mayoría.

Una semana después se topó con la vecina en la escalera. Salía del piso con una bolsa de basura. Tenía la cara pálida y bajo el ojo izquierdo una sombra amarillentaazulada, como de falta de sueño. El pelo recogido en un moño desordenado. El niño se aferraba a su chaqueta y jugueteaba con la cremallera.

Buenos días dijo Crisanta, sin apartar la vista del manchón bajo el ojo.

Hola respondió la mujer, desviando ligeramente la cara.

Crisanta sintió la boca reseca. Quiso preguntar: «¿Es él?», pero la lengua no se lo permitió. En vez de eso, sonrió tímidamente al niño:

¿Cómo te llamas?

Sergio gruñó él, escondiéndose tras su madre.

¿Acaban de mudarse? indagó Crisanta, aunque ya lo sabía.

Sí, en verano la mujer forzó una sonrisa breve. Yo soy Ana.

El nombre sonó como un eco apagado, como si atravesara algodón. Crisanta asintió y los dejó pasar. En la escalera olía a col rizada cocida y a detergente. El ascensor se abrió con su chirrido habitual, Ana entró, el niño tras ella. Bajaron.

Esa misma tarde los gritos volvieron, más fuertes. Primero un rugido masculino, luego el sollozo de Ana, después el llanto fino del niño. Crisanta estaba en el sofá con un libro, pero hacía ya mucho que no leía. El pecho se le encogía, las manos sudaban. Se levantó, se acercó a la pared y apoyó la oreja. Solo se escuchaban fragmentos:

te lo dije

Yo no tomé

Mientes, puta

Se oyó un golpe seco. El niño chilló y después el llanto se truncó como si lo hubieran tapado con una almohada o lo hubieran arrastrado a otra habitación.

Crisanta se apartó de la pared. La idea de llamar a la policía surgió, pero el dedo se detuvo en el móvil. ¿Y si vienen y preguntan quién llamó? ¿Y si él se entera? Un hombre corpulento y furioso, que podría esperar en la escalera. Ella estaba sola, su hijo no estaba en casa esa noche. Y, ¿y si solo era una pelea que se calmaría y ella quedaría como la vecina entrometida?

Se paseó por la habitación como animal en jaula. Los gritos subían y bajaban. Finalmente la puerta se cerró con fuerza y se escucharon pasos pesados descendiendo. El hombre se fue. Luego un sollozo apagado y susurros. Crisanta nunca marcó.

Al día siguiente, en la clínica, escuchaba con más atención las conversaciones ajenas de lo habitual. En la recepción dos mujeres hablaban del vecino que había golpeado a su esposa hasta que la llevó a urgencias. En el consultorio una joven enfermera comentaba que su vecina «se lo buscó» y que «la aguanta». Crisanta permanecía en silencio, aplicando inyecciones y rellenando fichas.

Esa noche llamó a su hermana, que vivía en una casa en las afueras del municipio y criaba a dos hijos mientras trabajaba en una tienda.

Tenemos vecinos empezó Crisanta, temblando la voz. Gritan, se pelean, el niño es pequeño.

¿Y qué? suspiró la hermana. ¿Qué vas a hacer?

Pensé en llamar a la policía.

No te metas, dijo la hermana cansada. Vives sola. La gente se mete en cada cosa. El guardia del barrio contó que una anciana llamó y después su hijo la demandó por calumnias. ¿Quieres eso?

Crisanta se quedó callada. Una ola de impotencia y rabia le invadió. La hermana siguió:

Si ella quiere, se irá. No puedes salvar a una familia ajena.

Después de la llamada, Crisanta se quedó sentada en la cocina a oscuras. Desde la escalera llegaban voces: subían, bajaban, el edificio respiraba a través de sus delgadas paredes, y le parecía oír también pensamientos ajenos: «No te metas», «Quédate callada», «Vive tu vida».

Los escándalos de los vecinos se volvieron habituales. No todos los días, pero al menos una vez a la semana. A veces eran susurros, otras sones que resonaban por todo el portal. Crisanta observaba cómo reaccionaban los demás: algunos subían el volumen de la tele, otros apresuraban el paso por la escalera, pero nadie hablaba.

Una tarde, al volver del trabajo, se cruzó con Ana en el portal. La mujer buscaba las llaves en su bolso. Llevaba una bufanda, pero bajo ella se notaba una franja rojiza que se metía bajo el cuello.

¿Hace frío? preguntó Crisanta, deteniéndose.

Nada respondió Ana, sonriendo, aunque los labios temblaban. El niño se resfrió otra vez.

¿Y su marido? exclamó Crisanta antes de poder detenerse.

Ana se quedó un segundo en silencio, luego desvió la mirada.

Está de guardia dijo brevemente. Hace turnos de vigilancia.

Crisanta sabía que no era cierto. La noche anterior había escuchado su voz tras la pared, el golpe de sus botas en el pasillo. Pero calló.

Si empezó a decir, pero se tragó la frase. «Si qué?», ¿llamar? ¿ir? No lo sabía.

Gracias dijo Ana, como si hubiera entendido todo. Yo se quedó callada, buscó las llaves y se apresuró a cerrar la puerta.

Esa misma noche, un grito agudo la despertó. Saltó de la cama, el corazón a mil. De nuevo había una riña al otro lado de la pared. El hombre gritaba con tal fuerza que sus palabras se oían claras:

¡¿Cuántas veces tienes que trabajar y ella no hace nada! ¿Dónde está el dinero?

No lo tomé exclamó la voz de Ana. Tal vez lo gastaste tú

Se oyó otro golpe, luego otro. El niño gimió. Crisanta ya no aguantó más. Agarró el móvil y marcó el 112. Los dedos temblaban.

Servicios de emergencia, ¿cómo puedo ayudarle?

En mi edificio tragó saliva. Los vecinos se pelean. El hombre golpea a su esposa, hay un niño pequeño. Piso 34, quinto piso.

El operador pidió la dirección y el apellido. Su voz era cansada, pero sin sarcasmo. Dijo que enviaban una patrulla. Crisanta colgó y se quedó inmóvil, como si las paredes se hubieran afinado aún más.

Veinte minutos después se escuchó la sirena en el patio. Zapatos pesados retumbaban por la escalera. Crisanta miró por la mirilla. Dos policías en uniforme oscuro tocaron la puerta del vecino. Los gritos habían cesado, solo se oía un sollozo.

¡Abrid, policía!

La puerta chirrió. El hombre apareció en el umbral, la cara roja, la mandíbula apretada.

¿Qué ocurre? preguntó uno de los agentes.

Nada, respondió el otro. Solo hemos discutido. Ya está todo bajo control.

Los vecinos se quejan del ruido añadió el segundo. ¿Hay una esposa en casa?

Silencio. Entonces la voz temblorosa de Ana se escuchó desde dentro:

Aquí estoy.

¿Os está golpeando? preguntó el agente.

No, respondió Ana rápidamente. Solo hemos tenido una discusión.

Crisanta sintió que su pecho se encogía. Sabía que esa respuesta era cierta, pero le dolía más. Los policías anotaron algo en sus libretas, lanzaron una advertencia y se marcharon. El hombre cerró la puerta de golpe.

Unos minutos después el timbre del portal resonó de nuevo. Crisanta se sobresaltó; el sonido era más agudo. Miró por la mirilla. Un vecino, con la chaqueta desabrochada, la cara roja, los ojos entrecerrados.

Ábreme, hablemos dijo, como si supiera que la estaba mirando.

Crisanta no se movió. El corazón le latía en la garganta. El hombre se acercó a la mirilla, sus labios se torcieron.

¿Crees que no sé quién llamó? sisió. Sólo hay dos pisos aquí. No te preocupes, hablaremos.

Se quedó allí un momento, luego escupió saliva y se marchó a su apartamento, dejando la puerta abierta. Se sentó en la silla del pasillo, temblando.

Al día siguiente, en la clínica, sentía que todos la miraban más de lo necesario. En la recepción alguien susurró: «Escuché que la vecina de Crisanta llamó a la policía». Los rumores en un pueblo pequeño vuelan rápido.

A la hora de la comida, la jefa de enfermería, una mujer de cincuenta años con el pelo perfectamente recogido, la llamó a su despacho.

Crisanta, ven a verme un momento.

Dentro cerró la puerta y se sentó frente a ella.

Me ha llamado el departamento de recursos humanos empezó la jefa, sin mirarla a los ojos. Hay una queja de que tú como que causas escándalos en tu casa.

¿Qué escándalos? sentía que la ira subía a su garganta. Llamé a la policía porque el vecino golpea a su esposa.

Lo entiendo suspiró la jefa. Pero eres profesional de la salud. La gente te ve. Nuestra reputación ya está en la cuerda floja. No queremos mezclar lo laboral con lo personal. Hay recortes, cualquier queja es motivo para actuar.

No son mis cosas dijo Crisanta, más bajo. Hay un niño.

La jefa se encogió de hombros.

Haz lo que creas conveniente, pero ten en cuenta que cualquier denuncia puede ser utilizada contra ti.

Crisanta salió del despacho con las piernas como gelatina. Se sentó en la sala de procedimientos, observó sus manos llenas de pequeñas cicatrices de aguja y escuchó en su cabeza la frase: «cualquier denuncia es motivo».

Esa noche volvió a oír voces tras la pared, pero ahora era un debate contenido, no gritos. El hombre hablaba bajo, pero su tono llevaba amenaza.

Si vuelve a venir, sabré que eres tú dijo.

No había llamado susurró Ana.

Crisanta se quedó en la cocina, escuchando, sintiendo cómo su interior se revolvía. Parecía que ella se había convertido en parte de aquella escena, aunque solo a través de la pared. Su decisión de llamar a la policía ahora flotaba sobre Ana como una piedra pesada.

Al día siguiente, al volver del trabajo, se detuvo frente al tablón de avisos del portal. Entre anuncios de ventanas de PVC y la venta de un garaje, colgaba un volante del Servicio de Protección de Menores: «Si conoce casos de maltrato infantil, llame al 116111». Crisanta quedó mirando el papel largo tiempo. Entonces sacó el móvil, tomó foto del número y lo guardó.

Solo dos días después volvió a llamar. Primero intentó convencerse de que todo se calmaría, que él temería a la policía y se pondría a tono. Pero otra noche, una pelea donde el niño lloraba como si le arrancaran la garganta, rompió esa ilusión.

Protección de menores, escucha dijo la voz femenina del otro lado, seria y ligeramente cansada.

Quiero denunciar balbuceó Crisanta. En mi edificio, el hombre grita al niño, no lo he visto golpear, pero hay peleas, la policía ya ha venido.

Le preguntaron la dirección, los nombres, la edad del niño. Solo sabía que se llamaba Sergio y que tenía unos cinco añosAl fin, Crisanta cerró la puerta, tomó una taza de té y, entre risas y susurros del edificio, decidió que la mejor receta para sobrevivir era mezclar valentía con un buen humor.

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