Cómo tener un piso propio en España puede convertirse en un obstáculo para casarme

Hoy cumplo treinta años y no puedo evitar reflexionar sobre todo lo que he conseguido por mi cuenta. Logré comprarme un piso de dos habitaciones en el centro de Madrid, algo de lo que estoy profundamente orgullosa. Vivo sola, y aunque por ahora no he encontrado a la persona con la que compartir mi vida, tengo claro el motivo de mis dificultades sentimentales: poseo mi propio piso. En los tiempos que corren, no es fácil ser una mujer independiente y a la vez mantener la feminidad; siento que los hombres se dividen en dos grupos muy claros.

El primer grupo es el de aquellos que, al enterarse de que tengo mi propio piso, simplemente lo ven como la solución a todos sus problemas: “¿Tienes tu propio piso? Perfecto, así puedo mudarme contigo y no me preocupo de nada”. Este tipo de hombre no busca construirse un futuro profesional ambicioso; piensa que, como yo ya tengo resuelto el tema de la vivienda, no necesita aspirar a un coche nuevo, ni plantearse metas mayores. Le basta con mi estabilidad, aceptando formar una familia y tener hijos, siempre y cuando nada cambie en su zona de confort. Pero, sinceramente, cuando hablo con este tipo de hombres, acabo sintiendo que encajan más en el rol de hijos que en el de pareja. Son como niños a los que hay que cuidar, mimar y alimentar, teniendo siempre presente el miedo de que, si no lo haces, puedan marcharse. No deseo este tipo de felicidad; preferiría dedicarme a mis aficiones, mi tranquilidad y, si acaso, tener un gato que me acompañe.

El segundo grupo es el que directamente rechaza mudarse conmigo por orgullo o inseguridad. “¿Tienes piso propio? Yo prefiero quedarme con mis padres o irnos al pueblo, y podríamos vender tu piso y comprar otro juntos”, me plantean a menudo. Esta última opción me fascina especialmente He estado años ahorrando para comprar el piso, y de repente me sugieren venderlo para meterme en una hipoteca común durante décadas. Ni siquiera insinúan que podrían pagarla ellos; como ven que tengo un buen salario y lo pago yo, pues ellos aportarían “lo que puedan”. ¿Y si algún día quiero pedir una excedencia por maternidad? Por lo visto, primero hay que terminar la hipoteca, y si para entonces ya he pasado los cuarenta, tampoco importa. Lo fundamental es no molestar al marido con mis preocupaciones, para que viva siempre en paz.

Cada vez pienso más que sería más sencillo adoptar a un niño de tres años que encontrar a un hombre que no tenga miedo de construir una vida conmigo. Tengo la sensación de que, incluso si me casara, acabaría resolviendo todo sola, manteniéndome y, quizá, aprendiendo a quererme yo sola. ¿Para qué quiero entonces a un hombre a mi lado?

Ahora mismo, soy la dueña de mi propio espacio y de mi vida. He reformado el piso como me gusta, tengo todo el sitio que necesito para mis cosas y mis pasatiempos. Claro que en ocasiones me ronda el deseo de formar una familia, de tener un compañero, pero las realidades diarias destruyen rápidamente ese sueño. Recuerdo especialmente una situación que me pasó hace poco.

Me ilusioné con un chico al que conocía desde hacía tiempo, y parecía que él también sentía algo por mí. Una tarde estábamos viendo una película en mi piso y nos apeteció pizza. Pensé que tal vez él podría hacerse cargo de este pequeño detalle. Y sí, lo hizo: fue a recibir al repartidor, le pagó la pizza con el dinero que le había dado yo. En ese momento comprendí que cualquier simpatía o química se había esfumado.

Quizá la culpa sea también mía. Mis amigas dicen que jamás debí ofrecerme a pagar la pizza, pero yo sólo quería comprobar si la aceptaría o no. Para mí no era cuestión de dinero. Lo que me duele no son los euros; es la sensación de que ni siquiera en los aspectos más básicos pueden corresponder o demostrar verdadera iniciativa.

En definitiva, la vida me ha enseñado que no necesito a nadie para ser feliz. Soy dueña de mi casa, mi dinero y mi tiempo. Pero, a veces, me gustaría no sentirme tan sola en medio de todo esto.

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