Mamá salió de casa y no volvió jamás. Su hijo la esperó despierto hasta el amanecer.

13 de mayo

A veces me pregunto por qué la vida pone pruebas tan difíciles a los que apenas empiezan a entender algo del mundo. Llevo toda la vida recordando solo a mi madre, desde que era un bebé. Siempre estuvo a mi lado, era mi única familia. Mi padre nos dejó antes siquiera de que yo naciera. No tengo recuerdos de él, ni siquiera fotos.

Ayer por la noche me prometí a mí mismo que sería valiente y la esperaría hasta que regresara a casa. Apenas tengo cinco años, pero en ese momento sentí que debía portarme como un niño mayor. Pasó una hora, luego dos, y mamá seguía sin aparecer. Lloré en silencio y fui al dormitorio por si acaso estaba allí, dormida o leyendo como solía hacer. Pero la habitación estaba vacía. Hasta sus zapatos, aquellos que tanto me gustaban, habían desaparecido con ella.

Un escalofrío de miedo empezó a recorrerme el cuerpo. Desde esa sensación desagradable en el estómago sabía que algo no iba bien. Me metí en la cama y lloré hasta quedarme dormido.

Cuando me desperté, los primeros rayos de sol entraban tímidamente por la ventana de mi habitación. Me incorporé de un salto y fui directo al salón, convencido de que seguro la encontraría desayunando o preparando mi bocadillo. Pero no estaba. Tampoco me atreví a ir a casa del vecino, ese tío desagradable y siempre borracho del tercer piso del portal, de quien mamá me había dicho que mejor ni acercarme. Decía que no era buena gente y que le daban miedo hasta los niños.

Salí a la calle decidido a buscarla, convencido de que la vería por la plaza del barrio o comprando en la panadería. Sentía que, si caminaba lo suficiente, la encontraría. Pero la gente me pasaba de largo, nadie me preguntaba nada ni parecía fijarse en el niño pequeño que iba solo por la acera. Empecé a sentir cansancio y me senté en un banco del parque donde solía jugar. Allí estaba sentada una anciana de aspecto amable. Me senté al lado y, sin poder evitarlo, las lágrimas volvieron a salir. Ella me miró con preocupación.

¿Qué te pasa, pequeñín? me preguntó suavemente.

Me dijo que volviera a casa, pensando quizá que estaba desobedeciendo. Me regaló una manzana, diciendo que era para que no tuviera hambre. Pero mi búsqueda no terminó allí. Seguí vagando por las calles, sintiéndome muy solo.

A medida que avanzaba el día, sentía cómo el mundo de los adultos era un lugar frío y distante. Nadie tenía tiempo para un niño perdido. Y poco a poco, el cansancio me fue venciendo hasta quedarme dormido en el parque, al abrigo de un arbusto.

Al despertar era de noche y el frío se colaba por mis ropas. Tenía hambre y un miedo extraño en el pecho. Alguien llamó a la policía. No entendía mucho de lo que sucedía, pero pronto me llevaron a la comisaría. Luego me entregaron a una señora a la que llamaban tía, una mujer desconocida para mí.

¡Quiero a mi mamá! lloré, con la esperanza de verla aparecer en cualquier momento.

La mujer me llevó a una habitación donde no estaba mi madre. Luego apareció otra trabajadora social que me ayudó a cambiarme de ropa y me llevó de la mano a otro sitio. Acabé en una sala donde había otros niños como yo. Me senté junto a la pared, mareado, incapaz de asimilar lo que pasaba.

Ahora lo entiendo, aunque me cueste aceptarlo: mi madre está lejos, muy lejos. Puede que ya nunca vuelva a verla.

P.S. Solo mucho después supe lo que ocurrió. Mamá fue atropellada por un coche aquella noche. Murió al salir de casa. Ahora lo escribo aquí, como una carta para ella, que nunca leerá. Pero necesito tener algo suyo, aunque solo sean mis recuerdos y estas palabras.

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Mamá salió de casa y no volvió jamás. Su hijo la esperó despierto hasta el amanecer.