Mira, te voy a contar algo que me pasó y aún me resulta increíble. Conocí a mi marido en la universidad, ahí en Madrid. Los dos teníamos 18 años y éramos unos críos todavía, recién llegados a la universidad y con mil sueños. Recuerdo cómo me llamó la atención desde el primer momento: era fuerte, muy inteligente y, por encima de todo, buena persona. Al principio éramos solo amigos, pero pronto me di cuenta de que lo que sentía por él iba mucho más allá. Al cabo de unos meses, empezamos a salir juntos. A día de hoy, todavía guardo muchísimo cariño a esa época; de verdad, los años de universidad fueron los mejores de mi vida.
Un año después, Fernando así se llama mi marido me pidió matrimonio. No teníamos un duro para montar una boda de esas enormes, así que hicimos algo sencillo solo con la familia más cercana. Verás, no cambiaba esa boda pequeña y familiar por nada del mundo.
En segundo de carrera, Fernando empezó a trabajar para ayudarnos un poco. Al principio vivíamos en una residencia de estudiantes, soñar con un piso propio parecía una utopía, pero ambos sabíamos que tarde o temprano lo íbamos a conseguir. Mira por dónde, tuve la suerte de heredar algo de dinero de mi abuela materna cuando falleció. Fernando, por su lado, había logrado ahorrar unos cuantos euros currando. Juntando todo, nos pudimos permitir la entrada para una hipoteca y nos compramos un piso de dos habitaciones cerca de Chamberí, porque ya estábamos pensando en formar una familia en el futuro.
Vivimos juntos diez años y, aunque lo intentamos, no tuvimos hijos. Hace unos años a Fernando le surgió un problema gordo en el trabajo: la empresa pasó por un mal momento y el dueño, ni corto ni perezoso, le echó a él toda la culpa. Como era el jefe de contabilidad, acabó pringando por unas deudas y unas movidas de contabilidad en B del jefe. Total, después de un juicio super injusto, le condenaron nada menos que a cuatro años de cárcel. Luchamos todo lo que pudimos, buscamos abogados, pero no hubo manera. Los papeles estaban hechos de tal forma que siempre parecía que el responsable era Fernando, cuando en realidad él solo seguía las órdenes de su jefe.
No te puedes imaginar lo difícil que fue. Intenté estar a su lado y apoyarle siempre, pero un año después recibí yo el golpe: mi suegra se plantó en mi casa y me soltó que tenía que largarme. Me echó la culpa de lo que le había pasado a Fernando y encima me dijo que el piso lo había pagado él con su dinero y que yo no tenía ningún derecho sobre él. No supe ni qué decir, porque no me esperaba para nada que pudiera ser tan dura conmigo.
Resulta que, antes de todo el lío judicial, Fernando le firmó un poder a su madre. Y usando ese poder, logró sacar un extracto del banco que supuestamente demuestra que las cuotas de la hipoteca salieron solo de la tarjeta de Fernando. Mi suegra insiste en que esos papeles son suficientes para que un juez diga que yo no tengo nada que ver con el piso. Estoy hecha un lío, sinceramente; no sé muy bien qué hacer ahora…




