Hace muchos años, en una fría mañana de invierno, Rodrigo patinaba sobre el lago helado de la sierra de Guadarrama. Mientras disfrutaba de la tranquilidad, se percató de que tres ciervos intentaban desesperadamente escapar de la superficie resbaladiza del hielo. Con decidido ánimo, Rodrigo tomó el pico de hielo que llevaba y se aproximó con cautela para socorrer a los animales.
Aunque la tarea fue ardua, con esfuerzo logró que los tres ciervos regresaran a zona firme, lejos del peligro. Aquella escena, llena de humanidad, fue comentada por todos en el pueblo, y muchos alabaron la bondad de Rodrigo por su gesto noble. Quizá, pensábamos entonces, los ciervos serían más prudentes la próxima vez que el frío transformara el lago en cristal.
Rodrigo se deslizó con esmero hacia los ciervos y les fue orientando hacia el hielo más grueso, empujándolos delicadamente hasta que pudieron caminar con seguridad. Por fortuna, su ayuda fue suficiente para que los tres animales llegaran a salvo antes de que el hielo pudiera romperse. ¡Qué acto tan admirable!
Con gran cuidado, Rodrigo se acercó aún más y ató un extremo de su cuerda al cuello de uno de los ciervos, tirando para guiarlo hasta la orilla. Nunca supimos cuánta suerte tuvo al encontrar a aquellos animales silvestres en el lago helado; si Rodrigo no hubiera salido a patinar aquella mañana, quizá los ciervos habrían perecido.
Una vez en tierra firme, Rodrigo soltó la cuerda y se quedó observando cómo los ciervos se internaban en el bosque serrano, mientras las gentes del lugar recordaban su gesto como ejemplo de generosidad.







