Dicen que los niños son felicidad. Lo mismo ocurre con los nietos. Por supuesto, estoy de acuerdo, pero sólo cuando no son demasiados y uno tiene los medios para sostenerlos. Mi esposa y yo tenemos una hija, Lucía. Como suele pasar, cuando tenía diecinueve años, nos dejó atónitos con la noticia de que estaba embarazada y que iba a tener un bebé. Y no uno, sino dos: dio a luz mellizos. Se casó poco después.
Fue como si todo se nos viniera encima de golpe. Una madre joven, dos niños pequeños. Su marido, Alejandro, también joven y apenas ganaba lo suficiente. Fuimos nosotros quienes principalmente los manteníamos. Mi esposa y yo tuvimos que buscar otro trabajo para poder sostener a los hijos y los nietos.
Durante un tiempo vivieron en nuestra casa aquí en Madrid. Yo salía por la mañana a mis dos empleos y por las noches no paraba de atender a los mellizos para que Lucía pudiera descansar un poco. Era normal que mi salud empezara a resentirse.
Así estuvimos casi tres años, hasta que, cuando todo parecía estar un poco más asentado y los niños ya correteaban por la casa, Lucía me llama para decirme que está embarazada otra vez. Se lo dije claramente: sería mejor que no siguiera adelante, porque ya nos costaba mucho criar a dos. Pero, terca como siempre, insistió en traer a ese nuevo bebé al mundo. Lo hizo y volvimos a lo mismo: otra boca más que alimentar, de nuevo necesitaban dinero y ayuda. Mi esposa y yo volvimos a trabajar sin descanso. Aunque Alejandro había empezado a ganar un poco más, ¿cómo iba a mantener a cinco personas él solo?
Mi esposa sufrió un ictus y yo empecé a notar pinchazos en el corazón. Ahí me di cuenta de que ya no podíamos soportar tanta carga. Se lo dije a mi hija: que ahora debían arreglárselas como pudieran. Pero entonces vino el golpe definitivo: me confesó que estaba embarazada de su cuarto hijo.
Me quedé sin palabras. ¿En qué pensaban? Parece que siempre contaban con que su madre y yo estaríamos ahí para mantenerlos eternamente. Pero ya no podemos hacerlo. No sé qué hacer. Y tampoco quiero que la gente piense mal de nosotros por no ayudar a nuestra única hija, pero, sinceramente, ya hemos dado todo lo que podíamos.
Hoy he aprendido la importancia de poner límites, aunque duela, y reconocer que cuidar de los demás no puede hacerse a costa de nuestra propia salud. Aunque la familia sea lo más importante, uno también debe cuidar de sí mismo.






