Señor, por favor, no empuje Uf, ¿ese olor viene de usted?
Perdone murmuró el hombre, apartándose con cierta timidez.
Y añadió algo para sí mismo, entre fastidiado y triste. Estaba contando unas monedillas en la mano, igual le faltaba para comprarse algo que quitarse las penas. A Margarita le dio por mirarle la cara con más atención. Curioso no parecía borracho.
Perdone, señor, no quería ser borde le dijo, sintiendo un impulso que no le dejaba irse.
No pasa nada.
El hombre levantó la mirada y, de repente, ella se topó con esos ojos azules como el mar Cantábrico, nítidos, ajenos al paso de los años. Y eso que seguramente eran de la misma edad. Impresionante. Ni de joven había visto unos ojos así.
Margarita, sin pensarlo demasiado, le cogió del brazo y lo apartó de la pequeña cola para pagar en el supermercado.
¿Le ha pasado algo? ¿Quiere ayuda? Intentó no fruncir mucho la nariz.
Por fin supo qué olía: puro sudor, de ese de días acumulados. Él callaba, guardando las monedas en el bolsillo, incómodo para hablar de SUS problemas delante de una desconocida tan bien vestida.
Me llamo Margarita, ¿y usted?
Ignacio.
¿Seguro que no necesita nada? De pronto se sintió como si estuviera forzando la situación.
¿A un vagabundo? Bah, da igual. Él ni la miraba ya, escurría los ojos de esos azules imposibles. Cuando ya iba a irse, él contestó, casi en un susurro:
Trabajo. Lo que busco es trabajo, ¿sabe usted de algo por aquí? Algo de chapuzas, reparaciones, o lo que sea. El pueblo es grande, bueno, pero vamos, que no conozco a nadie. Perdone
Margarita le escuchó en silencio, Ignacio mascullando bajito, avergonzado. Ella reflexionó si era buena idea meter a cualquiera en casa pero justo estaba pensando en cambiar el alicatado del baño y su hijo, que siempre decía que él lo hacía, no tenía tiempo ni ganas.
¿Sabe poner azulejos? le preguntó.
Sí, señora.
¿Cuánto me cobraría por un baño de diez metros cuadrados?
El hombre soltó una especie de gruñido, sorprendido quizás por el tamaño del baño.
Habría que ver lo que usted considere justo.
Ignacio se puso a ello el finde. Lo hizo con pulcritud y maña. Nada más empezar, pidió permiso para ducharse Margarita se lo agradeció en silencio, menos mal que era de natural limpio. Le dejó alguna ropa vieja de su difunto esposo, la suya la lavó. En solo dos días tiró el viejo azulejo, limpió todo, dejó cada herramienta donde estaba, y el domingo por la noche todo brillaba allí nuevo.
A Margarita le ponía un poco nerviosa que terminara ya. Sin casa, un vagabundo, ¿lo dejo pasar otra noche? Pero echarlo de madrugada también le parecía de mal gusto. La noche anterior ni pegó ojo, encerrada atenta por si acaso, pero Ignacio cayó rendido en el sofá del salón.
Revise el trabajo, Margarita la llamó él.
¿Y qué decir? Ni un fallo en todo el alicatado.
Ignacio, ¿y de qué es usted en realidad?
Profesor de física. Licenciado en la Complutense.
¿De Madrid?
Antes era la Universidad Central. Y lo del azulejo todo hombre que se precie sabe arreglar las cosas de casa. O así lo veo yo.
Margarita asintió, sacando el dinero que tenía preparado. No fue tacaña, le pagó lo mismo que a cualquier albañil. Ignacio lo guardó sin mirarlo, se puso sus cosas secas y se calzó.
¡Pero oiga! ¿Se va así de repente?
¿Y qué tengo que hacer? levantando esos ojos imposibles otra vez.
¡Por lo menos cene algo! Se ha pasado el día sin pausa, solo con un té.
Ignacio dudó un segundo, pero aceptó con una sonrisa. Cenaron un poco de merluza, aunque Margarita solía evitar la cena. Pero la charla era tan agradable Ignacio era educado, bueno hablando, muy inteligente, pero a la vez como un alma perdida todavía. Ese poso de tristeza no se iba ni a base de risas ni con buen trato. Había heridas que requerían tiempo.
Ignacio, ¿qué le ha pasado? Perdone la indiscreción
Tardó en responder:
Mire, si empiezo, sonará a película, heroicidad absurda, o a mentiras. Escuché tantas historias así durante estos ocho años pero lo mío fue real. ¿Para qué removerlo?
Me sigue chocando que alguien como usted esté pasando por esto
Él la miró, tan serio que no apartó la vista hasta que, sin querer, los dos se levantaron casi al tiempo y tropezaron en el pasillo. Y ahí sucedió lo inesperado. Margarita jamás se pensó que con cincuenta y tres años podría surgir esa electricidad, ese fuego tan vivo, tan intenso como ardor juvenil.
Después Ignacio le contó que, ocho años atrás, intentó salvar a un alumno un chaval muy brillante, pero de familia difícil, metido en malas compañías. El chico no podía salir de aquel ambiente, así que Ignacio, como su tutor, fue a plantar cara al jefe de la banda, un crío sin escrúpulos de veintidós años. Apenas intercambiaron palabras, le atacaron, pero Ignacio llevaba años practicando judo. Los vapuleó sin problema, aunque el cabecilla cayó mal contra la pared y murió. Ignacio llamó él mismo a la policía y a la ambulancia, convencido de que solo podrían acusarle de defensa propia. Pero le cayeron doce años. Salió cuatro años antes por buena conducta.
También en la cárcel vive gente, ya ve usted.
Al regresar, no le esperaba nadie. Su madre murió antes terminando en casa de un hermano y su cuñada le dejó claro: Aquí no quiero exconvictos. Su mujer le había pedido el divorcio y rehecho su vida. Así que entró en Madrid, pero desde entonces la suerte no le acompañó. Nadie quería contratarle tras ocho años en prisión. Iba pidiendo chapuzas por barrios, pero la reacción era o de desconfianza o de rechazo. Terminó durmiendo donde podía, un amigo le había acogido un tiempo, hasta que amablemente le pidió que se buscara la vida.
¿Hace mucho de eso? preguntó Margarita mirando la brasa del cigarrillo que fumaba Ignacio, el último de una cajetilla que ella guardaba para ocasiones.
Casi dos semanas ya…
Iba a comprar tabaco, pero ella no le dejó. Margarita ni quería pensar cómo era eso de vivir así, sin rumbo, sin techo.
En la penumbra era más sencillo sincerarse. Aquel día hubo lo que tenía que haber. Ya daba igual callárselo.
¿Tienes DNI?
Claro sonrió. Pero no tengo padrón. Ahí está el quid de casi todo.
Ignacio se quedó. Y no les fue mal. Margarita le empadronó provisionalmente, él consiguió curro no era lo suyo, pero, bueno, de dependiente en una ferretería y los fines de semana de profe particular. Poco a poco, iba sumando alumnos. Vivieron dos meses y pico en paz, hasta que apareció el hijo de Margarita. Nada más llegar evaluó el panorama y la sacó del salón para hablar con ella fuera.
Mamá, tienes que echar a ese hombre.
¿Quéee? Margarita alucinó con la exigencia.
Siempre se habían dado espacio sus vidas.
Te lo digo en serio: no te conviene un muerto de hambre. ¿No ves que te está usando? No tiene dónde ir. ¡Abre los ojos!
Margarita le soltó una bofetada.
¡No te atrevas! ¡No te metas!
Mamá, no olvides que soy tu heredero. No pienso repartir con ningún advenedizo. Como te cases le tocaría parte.
¿Y tú por qué me das por muerta? ofendida y dolida a la vez.
No me obligues a hacer algo feo. No voy a dejarte tranquila. Si te buscas un hombre de verdad, con solvencia, no te digo nada. Pero así
¿Ahora para ti la decencia se mide en euros? ¿A ti así te he criado?
Mamá te lo he dicho. En una semana vuelvo, y espero que ya se haya ido. Luego no llores.
Margarita entró en casa mordiéndose las lágrimas.
¿Es policía? preguntó Ignacio.
Perdón por no avisarte
No tenías por qué.
Es fiscal, y muy bueno, pero demasiado protector.
¿Y qué vas a hacer?
No sabía qué contestar. Su hijo, cuando amenazaba, iba en serio. ¿Y si le metía en un lío gordo? Hasta podía encontrar la manera de devolver a Ignacio a la cárcel. ¿Cómo estar segura? Menudo atolladero.
Ya viene la primavera dijo Ignacio. ¿Tienes algo claro? Deja, te lo cuento yo.
Ella asintió en silencio, mordiéndose los labios. Perder a Ignacio no quería, pero ponerle en peligro tampoco. Menudo dilema.
Tengo unos ahorros. Aquí no llegan ni para una parcela, pero más allá, a veinte kilómetros sí. Montamos un refugio y empiezo a construir. Sigo con las clases y trabajo, y entre tanto, levanto la casa para los dos. ¿Qué te parece?
Margarita se quedó muda. Él se empezó a preocupar.
Sé que estás acostumbrada a algunas comodidades, pero va a ser temporal. Ya lo verás.
Ignacio, yo también tengo guardado. Puedo ayudar con la obra dijo en voz baja.
No te lo pediría jamás.
¡Pues no me lo pides! ¡Te lo ofrezco yo! Es para los dos.
Ignacio le abrazó la cabeza con las manos, la atrajo y le besó la coronilla. Margarita sintió esa paz y ese amor que nunca vio posible a su edad.
Hicieron los papeles rápido. Ignacio insistía en que la propiedad fuera de Margarita, pero ella se negó.
Yo ya tengo piso. Solo porque nos echaron de allí no quiere decir que no tenga nada. ¡Tú sí que no tienes nada! No me líes, y además ¡tengo heredero! le dijo con sorna, recordando la charla con su hijo.
Montaron un módulo prefabricado, echaron electricidad, e Ignacio, arremangado, empezó a construir el hogar. El dinero se les fue acabando y él intensificó las clases particulares. Montó su rincón del profesor en una esquina del módulo para que ni se notara que daba clases desde una caseta. Todo lo que ahorraban iba al ladrillo y cemento, lento pero seguro. Las noches de verano las pasaban sobre una manta al raso, mirando las estrellas.
¿Qué sientes? preguntaba Ignacio.
Un renacer decía Margarita.
¡Eso lo sientes tú! Yo solo siento quererte cada día más.
Y ella sí que lo sentía, claro que sí.
Un día, Margarita fue a su antiguo piso a por ropa de abrigo para el otoño. Allí estaba su hijo Damián, fumando en la cocina.
Hola, hijo, solo vengo un momento. ¿Tú qué tal?
Él miró a su madre distinta: más feliz, más guapa, más ligera.
¿Por qué nunca estás en casa?
Ya no vivo aquí. Solo vengo a por cosas.
Damián, de golpe, la vio distinta. Y no era solo por fuera estaba ilusionada, realmente feliz.
Cuando terminemos la casa, te invito. Pero ahora, me voy, que estamos con el porche.
Margarita llenó dos bolsas, le dio un beso en la mejilla y salió disparada.
Mamá, ¿qué te pasa? preguntó Damián sin entender.
Ella se giró en el umbral y le sonrió de oreja a oreja:
¡Un segundo aire, Dami! Y amor, sobre todo amor. ¡Hasta luego, cariñete! rió y salió.
Tenía prisa, hoy tocaba seguir levantando la casa.





