David conoció a Carmen por primera vez en una fiesta organizada por amigos comunes en Madrid. Desde el primer instante notó algo que le aceleró el corazón, una mezcla explosiva de emoción y flechazo. Su relación avanzó a toda velocidad, aunque el padre de David no terminaba de fiarse. Le advirtió, con tono de sabio de barra de bar, que igual Carmen no era tan sincera como decía y que quizá andaba buscando la manera de forrarse a costa de la fortuna familiar. David, con cierto hastío, le soltó que ni siquiera le había contado a Carmen que era el heredero de una pequeña fortuna, así que esas sospechas le parecían más de novela que de vida real. Aún así, su padre le recomendó que mantuviera el secreto y que probara el amor de Carmen antes de desenfundar la cartera familiar.
David le dio vueltas al asunto durante días y finalmente decidió que podía ser una prueba interesante; al fin y al cabo, no tenía nada que perder salvo su dignidad, que ya estaba acostumbrada a algún que otro tropezón. El caso es que el dúo romántico optó por celebrar una boda austera, casi tan sobria como un café solo, y se mudaron a uno de los muchos pisos del clan de David en Vallecas, pero el más modesto de todos, con muebles de la bisabuela y decoración de vintage auténtico. Los siguientes seis meses fueron de lo más normales: David trabajando y ganando un sueldo más bien del montón, mientras Carmen estiraba el euro como si fuera chicle, haciendo malabares para llegar a fin de mes.
Pasó medio año y David creyó que ya era hora de sincerarse, vivir sin máscaras y, de paso, respirar mejor. Compró un ramo de flores y se preparó para una confesión digna de telenovela. Sin embargo, al llegar a casa, encontró a Carmen en plena faena de maletas. Ella, sin rodeos, le soltó: Cariño, mis amigas sabían de tu fortuna y por eso acepté salir contigo, pero resulta que eres más pobre que una rata de biblioteca. No pienso vivir así, me voy con un hombre que tiene más euros. David se quedó congelado como una estatua de la Plaza Mayor ante semejante revelación. Finalmente, le respondió con un tono más frío que el agua de la Sierra: Tus amigas tenían razón. Solo quería ver si tu amor era real, pero has demostrado que lo único que te interesa es el dinero. Mi padre tenía toda la razón. Carmén suplicó el perdón, pero David se mantuvo tan firme como un roble de El Retiro y no volvió atrás.






