Hoy he cumplido cincuenta y siete años. Llevo más de treinta años casada legalmente con mi marido, y durante todo este tiempo he hecho su colada, cocinado sus comidas y creado ese ambiente cálido y hogareño que siempre he creído esencial para nuestra familia. Juntos tenemos dos hijos, a quienes he criado y educado personalmente en colegios de Madrid. Toda mi vida me he sentido como una ardilla dando vueltas en su rueda; siempre trabajando en varios empleos a la vez y aceptando cualquier trabajo ocasional que podría encontrar todo para que a nuestros hijos no les faltara de nada y pudieran vestir tan bien como los demás niños.
A lo largo de nuestro matrimonio, mi marido jamás ha sido un trabajador incansable; y, tras jubilarse, se instaló en casa y dejó de trabajar por completo. Yo, en cambio, continúo yendo a la oficina, ayudo a mis hijos con mis nietos y hago todas las tareas domésticas.
He pedido mil veces a mi marido que busque algún empleo, aunque sea de vigilante, pero él dice que estamos perfectamente sin su sueldo extra. Y él no es tonto, come de lo mejor sin remordimientos. A duras penas me da tiempo a cocinar algo para mí. Hay días que vuelvo agotada a casa y descubro que él ya se ha comido todo lo bueno, dejándome solo la sopa.
Hace poco charlaba con una amiga sobre este tema, y me aconsejó que cocinara separado: para él, usando productos baratos; para mí, con ingredientes de calidad. Así que llegué a casa y le solté a mi marido que el médico me había puesto a dieta, por lo que debía respetar mis comidas.
Ahora guardo mis caprichos en el armario; mientras él se va al trastero, me preparo un té y me como unas pastas a escondidas. Los embutidos y el queso los escondo en el frigorífico donde él no los encontrará, y cuando nadie me ve, me los disfruto tranquilamente. Me salva el hecho de tener dos neveras: en una guardamos los alimentos habituales, y en la otra, las conservas y mi pequeño tesoro de delicatessen.
Ya se sabe cómo son los hombres: ¡no ven nada! Compro pechuga de pavo de calidad para mí y me hago albóndigas al vapor, para él compro carne de cerdo que ya lleva tiempo y, con especias, ni se da cuenta. A él le compro pasta barata, la de céntimos, y para mí compro la de trigo duro, aunque cueste más euros.
No veo nada malo en mi forma de actuar; no pienso que esté haciendo algo incorrecto. Si él quiere comer bien, que busque un trabajo y no se limite a tumbarse sin hacer nada. Pienso que, a nuestra edad, divorciarse sería una tontería: ya ha pasado casi toda nuestra vida, tenemos una casa juntos, y no tiene sentido venderla y repartir el dinero después de tantos años.




