La abuela cuidadosa
Carmen Fernández, una mujer llena de energía y con carácter, que ya ha pasado de los sesenta, un día le soltó a su nieta:
¡Isabel! He esperado mucho, pero mi paciencia se ha agotado. ¿Me vas a dejar morir tranquila de una vez?
Isabel, una morena menudita y experta en arte, se quedó pasmada ante semejante pregunta.
¿Cuándo te vas a casar? Para poder irme en paz, sabiendo que has encarrilado tu vida. Que ya tienes casi 27, siguió la abuela Y yo, ¿para qué crees que me fui todo el verano a la casa de campo de esa vieja loca de la señora Vega, soportando sus veinte historias diarias de hemorroides durante tres meses? Para que tú pudieras ponerte a buscar pareja. ¡Pero ni te has molestado en conocer a nadie!
Abuela, ¿y cuándo y dónde voy a conocer a alguien? Trabajo, inglés, la tesis… Y en el museo donde trabajo, el único soltero es Don Ricardo Palacios, que tú ya conoces.
Sí, Don Ricardo… ¡Eso no es ni de lejos un pez en el mar, es más bien una gamba medio muerta! suspiró Carmen con resignación.
Al día siguiente llamó a la vieja señora Vega y se enteró de que su nieta había conocido a su futuro marido en una discoteca.
Pero claro, Isabel no va a discotecas, así que Carmen decidió que tendría que explorar por su cuenta si ahí había candidatos decentes para su nieta, o buscar otros lugares donde puedan estar.
Carmen averiguó que las mujeres entran gratis a las discotecas entre las nueve y las doce de la noche, y sin perder el tiempo, esa misma noche se plantó allí, diciéndole a Isabel que se iba a dar una vuelta antes de dormir.
Dejó al portero con la boca cerrada y, aprovechando a ese mismo portero, se sentó en un taburete alto en la barra, inspeccionando el ambiente con severidad. Todo el club se puso nervioso, como cuando el director en una reunión de padres ve a un grupo de niños con latas de cerveza en el patio.
¿Le gusta el local, señora, se siente a gusto? preguntó el camarero con timidez, ofreciéndole una bebida. Un cóctel sin alcohol, cortesía de la casa.
No, esto no tiene ni pies ni cabeza contestó Carmen. Aquí una chica decente no tiene nada que buscar. Por cierto, podríais permitiros ponerle una gotas de coñac a este cóctel. Y ese pelirrojo de ahí, ¿tiene problemas de cadera o así se baila ahora?
Antes de Reyes, Carmen se hartó de ir a conciertos de rock, espectáculos de fuego, recitales tristísimos de cantautores, competiciones de BMX extremo, torneos de mus y, ya del todo desesperada, a un taller de poetas jóvenes. Los poetas casi acaban con ella. Mejor no tentar más la suerte.
Mira, Isabelita, te entiendo. En mis tiempos yo pude elegir entre tu abuelo y una docena más que tampoco eran nada despreciables. Hasta la señora Vega tuvo su elección, aunque toda su vida se quedó colada por tu abuelo. Pero ahora, los chicos jóvenes, ¡qué flojitos son, hija, no hay nada que mirar!
En marzo, Carmen se acercó a visitar a la señora Vega y decidió parar a ver a Isabel en el museo. Al acercarse, resbaló y se cayó, por suerte no en las escaleras. Un militar corrió a ayudarla a levantarse. Carmen, apoyándose en el brazo del buen hombre, se comprobó que no tenía nada roto, y entonces le dijo:
Señor comandante, veo que es usted tanquista. Mi difunto marido comandaba un regimiento de tanques. Dígame, ¿tiene usted una hora libre?
El comandante, pensando que tendría que cargar con la abuela hasta su casa y maldiciendo su buen corazón, asintió resignado.
Perfecto. Dígame, ¿ha estado usted alguna vez en este museo histórico? ¿No? Pues debería. Es muy recomendable. Pase ahora mismo y pida que la guía sea Isabel Fernández. Es una guía maravillosa, se lo aseguro.
El comandante ni entendió del todo cómo acabó dentro del museo. Era como si la abuela le hubiera hipnotizado…
***
Hace poco, Carmen le susurró a su bisnieto Mateo, mientras dormía:
Tú, mi sol, mi pequeño osito, pronto irás al cole, tu papá terminará la academia militar y tu mamá, por fin, la tesis doctoral… Así ya podré marcharme tranquila, pero… ¿vas a crecer tú solo, pajarito mío? ¡No, te hace falta una hermanita! Y cuando nazca tu hermanita, luego irá ella al cole, después… Bueno, ya veremos después…






