Diario personal.
Me casé con 20 años, y a los 22 di a luz a mi único hijo. Nunca sentí especial cariño por los niños, y cuando nació mi hijo, mi marido y yo decidimos dejarlo al cuidado de la abuela materna. Cada mes le enviábamos algo de dinero, unos cuantos euros, y vivíamos a nuestro aire. Dos años después, la abuela falleció y tuvimos que traer al niño de vuelta a casa. La verdad es que sentí rabia hacia él; lo mandé a la guardería para verlo lo menos posible, y luego al colegio infantil. En la escuela, los demás niños se burlaban de él.
No sabía ni leer ni escribir, y los profesores intentaron llamar a sus padres, pero yo nunca tenía tiempo para meterme en esos asuntos. Un día, mi marido fue finalmente al colegio. Los profesores aprovecharon la oportunidad y le contaron todo sobre las travesuras del niño. Al volver de la reunión de padres, su padre lo castigó, dándole unos azotes con el cinturón. Cuando terminó el colegio, lo mandé a trabajar a una fábrica. Allí conoció a la que sería su esposa. La dirección de la fábrica les cedió un pequeño piso. Cuando llegaron los nietos, tampoco sentí especial interés por ellos.
De vez en cuando, en algún día señalado, les enviaba un billete de 50 euros para que tuvieran algún capricho. Llegó el momento de mi jubilación, y quise celebrarlo por todo lo alto. Decidí que sería en casa de mi hijo, así que le mandé un mensaje: Te he enviado algo de dinero a la tarjeta. Ve con María y comprad comida y algún detalle, y celebramos mi jubilación en vuestra casa. Claro, mamá. Mi hijo y su mujer mandaron a sus hijos al pueblo para que no molestaran, y se pusieron a preparar todo para la fiesta. Cuando todo estuvo listo, llegué y me sentí satisfecha. Bueno, chicos, ahora id a la cocina.
Los invitados van a llegar y hay que atenderles, luego ya nos sentaremos juntos cuando se marchen. Mi hijo y mi nuera obedecieron y se encerraron en la cocina. Los invitados comieron, bebieron y bailaron hasta la madrugada, y cuando ya se habían ido todos, fui a la cocina y dije: Queda un trozo de tarta, repartidlo entre vosotros. Yo me encuentro mal, nos vamos a casa, que no puedo quedarme. Mi hijo se sintió muy herido. Una semana después, le llamé: Hijo, me ingresan en el hospital para una operación. Tráeme algunas cosas, te envío una lista. No, mamá, nos vamos de vacaciones con María. Lo sabes, llama a papá. Adiós. Finalmente comprendí que el mundo no giraba alrededor de mí.







