— ¡Vete de aquí! ¡Te he dicho que te vayas! ¿Qué haces por aquí rondando? — exclamó doña Clotilde, p…

¡Vete de aquí! ¡Te digo que te largues! ¿Qué haces merodeando por aquí? gritó doña Clotilde Menéndez mientras dejaba, haciendo ruido, una gran fuente de empanadillas humeantes sobre la mesa bajo la sombra de su manzano. De un empujón apartó al chiquillo del vecino. ¡Anda, fuera! ¿Es que tu madre no va a empezar nunca a vigilarte? ¡Zángano!

El pobre Antoñito, delgado como una ramita, a quien nadie llamaba por su nombre porque todos ya le conocían por su apodo, lanzó una mirada resignada a la severa vecina y se fue arrastrando los pies hasta el zaguán de su casa.

Aquella casa enorme, dividida en varios pisos, apenas estaba ocupada. En realidad vivían allí dos familias y media: los Gómez, los Sebastián y los Carpintero Lucía con su hijo, Antoñito.

Los Carpintero eran esa media familia, de la que apenas se acordaban los demás, ignorándoles salvo que surgiese alguna emergencia. Lucía nunca fue alguien importante allí, así que nadie quería gastar tiempo en ella.

A Lucía sólo le quedaba Antoñito. Ni marido, ni padre ni madre la acompañaban. Luchaba sola como podía. Recibía miradas de recelo, aunque pocos la molestaban realmente, salvo para reñir a Antoñito, al que apodaban Grillo, por sus largas y flacas piernas y brazos y su enorme cabeza, que nadie sabía cómo se sostenía en ese cuello frágil y delgado.

El Grillo era feúcho, huidizo y terriblemente bondadoso. No podía dejar de consolar a un niño que lloraba, lanzándose a ayudar aunque eso le costaba algún que otro grito de las madres, que no toleraban al Espantapájaros cerca de sus criaturas.

Antoñito no supo durante un tiempo quién era ese Espantapájaros hasta que su madre le regaló un libro sobre una niña llamada Dorita, y entonces comprendió por fin el mote que le daban.

Pero lejos de ofenderse, Antoñito pensó que quienes le llamaban así, al menos habían leído el libro, y sabían que el Espantapájaros era bueno e inteligente y que, al final, llegó a ser el alcalde de una bellísima ciudad.

Lucía, a quien el niño compartió su razonamiento, no quiso quitarle la ilusión. Pensó que no había nada malo en que su hijo creyera en la bondad de las personas, aunque la realidad fuese muy distinta.

Ya habría tiempo para que el mundo mostrase al pequeño toda la maldad que escondía. Que ahora al menos disfrutase de su niñez…

Lucía amaba a su hijo con devoción infinita. Había perdonado al padre de Antoñito su abandono y su traición desde la maternidad. Recibió a su hijo en brazos aún en el hospital, acallando con severidad a la comadrona que murmuraba sobre cómo el niño no había nacido del todo bien.

¡No diga tonterías! ¡Mi hijo es el niño más guapo del mundo!

Mujer, yo no digo que no… Pero inteligente, no va a serlo nunca.

¡Eso ya lo veremos! Lucía acariciaba el rostro del bebé entre sollozos.

Durante dos años recorrió médicos sin descanso, insistiendo hasta lograr que Antoñito recibiera la atención médica que necesitaba. Viajaba a la ciudad, apiñada en un autobús destartalado, abrazando a su pequeño bien abrigado.

Hacía oídos sordos a las miradas compasivas. Si alguien pretendía darle consuelo o consejos, saltaba como una loba:

¡Lleve usted al suyo al hospicio! ¿No? ¡Pues sus consejos me los ahorro! ¡Sé mejor que nadie lo que tengo que hacer!

Antes de los dos años, Antoñito comenzó a engordar y su desarrollo acabó casi a la par de los otros niños. Pero guapo, lo que se dice guapo, no era. Seguía siendo larguirucho, con la cabeza grande algo achatada y los miembros flacos a pesar de los cuidados de Lucía.

Ella se privaba de todo para darle lo mejor al niño. Eso se notaba: Antoñito apenas daba ya quehacer a los médicos y sólo le sorprendía ver cómo aquella madre delicada y menuda abrazaba con tanto amor a su Grillo.

¡Cuántas madres como tú hay, Lucía! Mira, el niño parecía destinado a la discapacidad, ¡y ahora mírale! ¡Es un campeón! ¡Muy avispado!

¡Mi hijo es exactamente así!

¡No hablamos de él, Lucía! ¡Hablamos de ti! ¡Qué fuerza tienes!

Lucía se encogía de hombros, sin entender qué mérito tenía en lo que consideraba su obligación.

¿Acaso una madre no debe querer y cuidar a su hijo? ¿Dónde está el logro? Para ella sólo hacía lo correcto.

Cuando llegó el momento de ir al colegio, Antoñito ya leía solo, escribía y sumaba, aunque tartamudeaba ligeramente, lo que a veces anulaba sus virtudes.

¡Basta, Antonio! Gracias solía cortarle la maestra, cediendo el turno de lectura a otro alumno.

Luego, en la sala de profesores, se quejaba: el niño sería perfecto, si no fuese porque leerle o escucharle junto a la pizarra es imposible. Por suerte, al segundo curso la maestra se casó y se fue de excedencia. Entonces llegó doña María del Carmen.

Doña María era veterana, pero conservaba la energía de sus comienzos y quería de veras a los niños. Pronto supo lo que tenía entre manos con el Grillo, habló con Lucía y la encaminó a un buen logopeda, mientras pedía a Antoñito que entregara sus tareas por escrito.

¡Pero qué bien escribes! ¡Da gusto leerte! decía María del Carmen.

El niño florecía con cada elogio y la maestra leía en voz alta sus textos, recalcando su talento.

Lucía lloraba de gratitud, dispuesta a besar las manos que tanto amparo ofrecían disimuladamente a su hijo, pero María Carmen cortó en seco cualquier intento de agradecimiento.

¡Pero, mujer! ¡Es mi trabajo! ¡Su hijo es maravilloso! ¡Todo irá bien, ya lo verá!

Antoñito llegaba al colegio saltando, haciendo reír a los vecinos.

¡Ahí va nuestro Grillo! ¡Pues nada, nos toca el relevo! ¡Madre mía, qué faena de la naturaleza! ¿Para qué dejarle vivir así?

Lucía sabía lo que se decía de ellos. Pero no le gustaba discutir; pensaba que, si a alguien le falta corazón, nada puede hacerse para humanizarlo. Mejor dedicar el tiempo a cosas útiles, como cuidar su hogar o plantar otra rosa en la entrada.

El gran patio, florecido bajo cada ventana y con un pequeño huerto trasero, nadie lo dividía. Había una regla no escrita: la parte junto al portal era la de cada piso. El trocito de Lucía era el más bonito, con sus rosas y un gran arbusto de lilas. Los peldaños los embaldosó con restos de mosaicos que le suplicó al director de la casa de cultura durante unas obras.

¡Déme esos restos! irrumpió ella un día.

¿Qué quieres, mujer? se asombró el director.

¡Las baldosas! ¡Regálamelas!

El director se rió, pero al final cedió.

Lucía, usando una carretilla, pasó la tarde entre cachos de mosaico, eligiendo aquellos que le servían para su idea. Volvió por el pueblo empujando la carretilla, donde se sentaba orgulloso su Grillo.

Las vecinas cuchicheaban: ¿Pero para qué querrá esa porquería? Pero, al poco, se asombraron al ver el mosaico que Lucía compuso: todo el pueblo fue a admirar aquel zaguán, verdadero capricho de arte popular.

Verdaderamente Menudo trabajo…

Lucía no prestaba atención. Su mejor premio fueron las palabras de su hijo:

Mamá, qué bonito

Antoñito recorría con el dedo el intrincado dibujo de las baldosas, embobado de felicidad, y Lucía volvía a llorar.

No eran muchas las alegrías del niño: una caricia, un postre especial, un elogio en el cole. Rara vez tenía amigos: era más lento que los otros, prefería leer que correr tras un balón. Las niñas jamás se le acercaban. Y la que montaba en cólera era doña Clotilde la abuela con tres nietas de cinco, siete y doce años.

¡Ni se te ocurra acercarte! le amenazaba, agitando el puño. ¡No eres buen partido!

Nadie sabía qué rumiaba esa cabeza encrespada de permanente, pero Lucía advirtió a su hijo que se alejara de Clotilde y sus nietas.

Para qué darle un disgusto. Y si se pone enferma…

El Grillo lo aceptó y nunca se cruzaba con la vecina. Aquel día, cuando Clotilde preparaba la fiesta, pasó a lo lejos, sin intención de molestar.

¡Válgame Dios, mis pecados! murmuraba Clotilde, cubriendo las empanadillas con un paño bordado. Y luego dirán que soy tacaña ¡Toma, para ti! Y que no te vea. Hoy hay fiesta. Quédate tranquilo hasta que venga tu madre, ¿entendido?

Antoñito asintió, agradecido, y se fue. Clotilde tenía otras cosas en la cabeza: los hijos, los nietos, la familia, el ajetreo de la celebración. Era el cumpleaños de su nieta pequeña, Mariluz, la preferida. Y el enclenque Grillo no pintaba nada allí.

No fuera que asustara a la chiquillería, pensó Clotilde, recordando cómo había intentado disuadir a Lucía años atrás de seguir adelante con el embarazo.

¿Dónde vas, Lucía? ¡Déjalo! No podrás darle nada. Se perderá por ahí…

¿Me has visto borracha alguna vez? saltaba Lucía, siempre con respuesta.

Eso no quiere decir nada; con la miseria que tienes, sólo hay un futuro. Porque tus padres no te dieron nada, y el niño tampoco tendrá nada No sabes lo que es ser madre, nadie te enseñó. Mejor librarte de esa carga mientras puedas.

Lucía rompió relaciones entonces. Paseaba orgullosa, con su barriga desgarbada y gigante, y ni miraba a Clotilde.

¡Ay, qué necia eres! Si sólo quiero ayudarte le decía la otra moviendo la cabeza.

¡Tu ayuda apesta y yo tengo náuseas! replicaba Lucía acariciándose el vientre. No tengas miedo, tesoro, nadie te hará daño.

De lo que sufrió el Grillo en sus casi ocho años, nunca contó nada a su madre. No quería hacerle daño. Si le herían, buscaba un rincón donde llorar en silencio. Sabía que Lucía sufriría más que él. Las ofensas se le escurrían como agua; a los pocos minutos ni las recordaba, sólo sentía lástima por aquellos adultos que no entendían nada.

Sin rabias, todo es más fácil

A Clotilde ya no le tenía miedo, aunque tampoco cariño. Cuando la vieja lo amenazaba con un dedo y una palabra afilada, él huía lejos de aquellos ojos duros y aquella lengua como navaja. Si Clotilde le preguntase, se sorprendería: el Grillo la compadecía de todo corazón. Le daba pena aquella mujer, perdiendo los minutos de vida en enfados inútiles.

Minutos que Antoñito valoraba más que cualquier moneda del mundo: nada hay más valioso que el tiempo. Todo, menos el tiempo, se puede recuperar.

Tic-tac, dice el reloj.

Y se acabó

Se va el minuto, se escapa. No vuelve ni se compra con ningún billete de pesetas, ni se da a cambio de papel de bombón dorado.

Pero los adultos, ¿qué sabrán?

Sentado en la ventana de su cuarto, Antoñito masticaba su empanadilla mirando a las niñas de Clotilde y otros niños jugar por el prado junto al pozo. Mariluz, la del vestido rosa, corría de un lado a otro, mariposa entre los risueños, y él no se cansaba de mirarla, imaginando que era una princesa de cuento.

Los adultos celebraban a lo grande en el porche de Clotilde, mientras la chiquillería jugaba cerca y enseguida corrieron tras la pelota hacia el pozo, donde había más espacio.

Antoñito, que lo vio todo desde la ventana del dormitorio de su madre, que tenía mejor vista, contemplaba el partido, batiendo palmas, feliz de verlos divertirse hasta que empezó a anochecer.

Algunos niños regresaban ya a los padres; otros inventaban nuevos juegos. Sólo Mariluz, la del vestido rosa, se quedaba rezagada cerca del pozo viejo. El Grillo recordó bien la advertencia de Lucía:

Ni se te ocurra acercarte, hijo. Ese pozo está podrido. Nadie lo usa, pero aún tiene agua, hijo. Si te caes, quién te oye ¿Has entendido?

Sí, mamá, no me acercaré.

Pero cuando Mariluz resbaló por el filo y desapareció de su vista, Antoñito no se dio cuenta al instante; miraba a otro grupo alejarse. Buscó el destello rosa… y se le heló el alma: Mariluz no estaba.

Salió disparado al portal, y sólo una mirada bastó para comprobar que la niña tampoco estaba con los adultos cantando.

Nunca sabría decir por qué no pidió ayuda. Bajó sin pensar las escaleras y se lanzó al prado tras la casa, ignorando los gritos indignados de Clotilde:

¡Te he dicho que te quedes en casa!

Los niños apenas notaban la ausencia de Mariluz. Sólo el Grillo, llegando al borde del pozo y viendo un destello en el fondo, gritó:

¡Arrímate a la pared!

Sin pensar en nada más, se deslizó por el brocal, se aferró lo mejor que pudo y se precipitó en la oscuridad.

Sabía que Mariluz no sabía nadar. Muchas veces lo había visto en la playa del río, chapoteando cerca de Clotilde, que intentaba que la niña aprendiese a flotar.

Pero Mariluz no aprendía y, de paso, Clotilde había inculcado cierto miedo hacia el Grillo. Aun así, cuando la niña se aferró a sus hombros delgados, él le susurró:

¡Tranquila! Estoy contigo la asió como enseñó su madre. Agárrate. Yo gritaré.

Las manos resbalaban en la pared del pozo, Mariluz quería hundirse, pero Antoñito logró aún gritar con las pocas fuerzas que le quedaban:

¡Socorro!

No podía saber que el grupo del prado ya había desaparecido, ni si le quedaban fuerzas hasta que un adulto viniese. Solo sabía una cosa: esa niña con su vestido rosa tenía que vivir. Porque en el mundo no hay tanta belleza, como tampoco hay minutos de sobra.

El grito tardó en oírse.

Clotilde buscaba a su nieta para presumir ante todos con la gran fuente de asado de oca, pero al no verla se llevó las manos al pecho:

¿Dónde está Mariluz?

Los invitados, ya animados por el vino, no la entendían, pero cuando Clotilde dejó caer la bandeja y chilló con un grito desgarrador, todo el pueblo se sobresaltó.

Antoñito aún logró gritar dos veces más, cada vez más débil:

¡Mamá!

Y Lucía, que volvía cargada de su faena, aceleró el paso sin saber por qué, olvidando hasta comprar pan. Pasó de largo la tienda, no saludó a las vecinas que murmuraban en el zaguán y corrió hacia su casa, presentiendo que no podía perder ni un minuto.

Entró en el patio justo cuando Clotilde, llevándose la mano al corazón, se desplomaba en los escalones de Lucía. Apenas entendiendo nada, Lucía corrió al prado trasero, donde casi siempre jugaba el Grillo, y consiguió escuchar la voz de su hijo.

¡Aquí, mamá!

No tuvo que dudar ni un segundo: el pozo. Hacía años que pedía taparlo, y nadie le hacía caso. Su valla improvisada servía de poco, pero sólo ella se preocupaba.

No hubo tiempo para pensar. Lucía corrió de vuelta a la casa, agarró la cuerda del tendedero y salió volando otra vez:

¡Ayudadme! ¡Sujetad esto!

Por suerte, uno de los yernos de Clotilde estaba lo bastante sobrio como para entender lo que pedía. En un suspiro le anudó la cuerda a Lucía, que había atado un lazo en la cintura.

¡Vamos, yo te sujeto!

Mariluz fue la primera en ser rescatada. Se colgó del cuello de Lucía, se abrazó a ella y se aferró tanto con los brazos como con las piernas. A Lucía le temblaban las manos de espanto.

El Grillo no aparecía entre la oscuridad y el agua helada.

Entonces ella rezó a gritos, como aquel día en el hospital, cuando su hijo no quería nacer y sólo el cielo podía escucharla.

¡Dios mío, no me lo quites!

Buscaba a tientas bajo el agua, donde cada segundo era una bofetada crepitante de miedo y desesperación, pero no podía, no podía detenerse.

¡Por favor…!

Algo flaco y mojado rozó su mano. Lucía arrancó el tesoro del pozo, temiendo que su hijo no respirase. Chilló:

¡Tira!

Y subiendo por fin hacia la luz, oyó un susurro ahogado:

Mamá…

Antoñito, tras casi dos semanas en el hospital, volvió a casa como un héroe.

A Mariluz la dieron de alta antes; había tragado agua, se asustó mucho, pero sólo le quedaron un par de arañazos y el vestido destrozado.

Antoñito tuvo peor suerte: la muñeca rota dolía, costaba respirar unos días, pero tenía a su madre cerca, el miedo pasó y la vista de Mariluz, que venía a visitarle junto a sus padres, le reconfortaba. Sólo deseaba volver a casa, acompañado de sus libros y su querido gato.

¡Ay, hijo mío! ¡Si no llegas a estar tú… lloriqueaba Clotilde, abrazando a Antoñito ya recuperado y bronceado. ¡Yo… lo que quieras!

¿Para qué, señora? el niño se encogió de hombros. Sólo hice lo que había que hacer. ¿No soy un hombre?

Clotilde, sin saber qué responder, volvió a abrazarlo. No sabía que ese chico larguirucho, apodado Grillo, sería años más tarde el que conduciría un camión lleno de heridos bajo la metralla, y luego haría todo lo posible por aliviar el dolor de quienes, al igual que él, un día llamaron a su madre…

Y cuando le preguntaron por qué lo hacía, pese a haber recibido tanto desprecio, el Grillo respondió:

Soy médico. Es lo que hay que hacer. Vivir, eso es lo correcto.

***

Queridos lectores,

El amor de una madre no conoce límites.

Lucía, pese a las dificultades y los prejuicios del vecindario, amó a su hijo con todo su ser. Su entrega y fe permitieron que aquel niño, rechazado por muchos, creciera bueno y capaz. Una muestra de la fuerza insuperable del amor materno.

El verdadero héroe reside en el corazón. Antoñito, el feo, fue el que salvó la vida de una niña sin dudarlo. Su verdadero valor, su bondad y su coraje fueron lo que definieron quién era. Esta historia nos recuerda que la grandeza está en lo que hacemos, no en nuestra apariencia.

Los vecinos que despreciaron a Lucía y su hijo tuvieron que reconocer su valía al presenciar el heroísmo de Antoñito. Así, los prejuicios se deshacen ante el ejemplo, y la lección más importante es saber perdonar, no guardar rencor y actuar con rectitud, incluso con quienes no lo hicieron contigo. Como dijo el Grillo: Soy médico. Es lo que hay que hacer. Vivir, eso es lo correcto.

Esta historia nos anima a recordar que la bondad y la compasión vencen siempre a la indiferencia y la crueldad, y que la belleza verdadera es la del alma.

Y ahora os invitamos a una reflexión:

¿Creéis que la bondad, pese a todo, acaba siempre floreciendo y cambiando el mundo para bien? ¿Habéis vivido alguna vez situaciones en las que la apariencia engañó y fue la calidad humana lo que marcó la diferencia?

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— ¡Vete de aquí! ¡Te he dicho que te vayas! ¿Qué haces por aquí rondando? — exclamó doña Clotilde, p…