TE CUENTO UNA NOCHEVIEJA DIFERENTE
Mira, te cuento lo que me pasó aquella Nochevieja. Resulta que aquel 31 de diciembre yo, Carmen Sánchez, no tenía ninguna gana de volver a casa. El día en la oficina fue más corto por ser fin de año y todas mis compañeras, todas mujeres, salieron volando hacia sus familias, sus maridos, y sus hijos, cargadas hasta arriba de bolsas de naranjas y con una botella de cava, regalo de nuestro jefe, Don Antonio Ortega.
A mí, en casa, nadie me esperaba. Ni pareja, ni niños, ni tenía sentido ponerme a preparar una ensaladilla rusa para nadie. Miré el montón de naranjas en la bolsa transparente encima de mi mesa y me entró una nostalgia… Nada, que no me apetecía volver. Así que me puse con el informe pendiente.
En esas, aparece Don Antonio, el único hombre de la oficina y jefe indiscutible, todo resoplando con la bufanda y el abrigo medio abierto.
¡Uy! ¿Y tú qué haces aquí sola? ¡Que me he olvidado el regalo de mi mujer! y corrió a su despacho.
A los cinco minutos volvió a asomar la cabeza.
Carmen, ¿por qué sigues aquí? ¿No vas a casa?
Pues En casa también voy a estar sola, Don Antonio.
El jefe, que estaba lista para salir corriendo a casa de su mujer, se quedó clavado en la puerta, luego se sentó a mi mesa y me miró serio unos segundos.
Anda ya, Carmen me dice. ¡Que es Nochevieja! ¡No puedes estar ahí con esa cara larga! ¡Es un día de fiesta, alegría! Mira, con esa cara vas a estar sola mucho tiempo, una mujer debe sonreír más. Venga, deja los papeles un rato.
Empezó a recoger mis cosas colocándolas en un montón.
No te preocupes, Carmen. Yo me voy ya, tú cierra el despacho, ¿vale?
Sí, sí, vaya tranquilo.
Vale, pues que tengas buena entrada de año.
En fin, suspiré otra vez. Quedarme en la oficina era absurdo; mejor me iba, ¿no?
¿Y si pido una pizza?, pensé, aunque, ¿seguirán abiertas las pizzerías a estas horas?.
Al primer sitio no contestaron. Probé otro y una chica muy maja me dijo que cerraban a las seis y de paso me felicita el año, y eran ya las seis y cinco. Marcó un último número, por probar. Y, mira por dónde, me cogieron el pedido.
Recogí mis papeles, me puse el abrigo, cogí la bolsa de naranjas y la botella de cava y salí a la calle.
¡Y vaya si mereció la pena! El aire frío de invierno me espabiló, el suelo crujía bajo las botas y todas las luces y guirnaldas de Madrid estaban a tope, a todo color, con la gente corriendo a casa, bolsas en mano, otros apurados por el último regalo en pleno supermercado…
No sé cómo, pero me llené del ambiente de fiesta y sentí ganas de celebrar yo también.
A ver, mujer, anímate, me dije, y entré decidida a un supermercado abierto.
En un rato, estaba en mi cocina de Lavapiés vaciando las bolsas.
A ver si me da tiempo a cocer las patatas antes de las uvas, pensaba.
Puse la tele, colgué una guirnalda nueva en la ventana y la enchufé: una serpiente de luces de colores comenzó a parpadear alegremente. Hice un bailecito tonto con los brazos en alto y me puse a preparar mi propio banquete de Nochevieja.
¡Pues claro! Para mí misma, que me lo merezco.
Mientras las patatas se enfriaban en la terraza, preparé unas tostaditas con salmón y hasta con un poco de huevas, como me gusta. De las bandejas de embutido que pillé en el súper, hice una fuente decorada con hojas de lechuga. Queso en cubitos, piña, naranjas del jefe.
En media hora la ensaladilla estaba lista y las alitas de pollo chisporroteaban en la sartén. Saqué la mesita auxiliar, puse un mantel bonito y fui colocando mucha comida, platos, cubiertos, copa y vaso como si viniesen invitados. Me alejé para mirar el conjunto, intentando verlo todo perfecto.
A las once y media fui a por el cava, pero entonces sonó el portero automático.
¿Carmen? Traigo la pizza.
¡Ay, la pizza! ¡Pase, por favor! le dije abriendo la puerta.
¿Cuánto le debo? pregunté al chico que traía la caja.
Nada, es un regalo. Sonrió de verdad, una sonrisa sincera.
¿Cómo que regalo? ¿Seguro? ¿No le van a descontar el dinero?
Tranquila, es por la entrega tardía, me lo permiten. De verdad, quédese la pizza.
Me di cuenta que aún llevaba la botella de cava sin abrir.
Espere, sujétame esto le di la botella mientras recogía la caja. La meto en la cocina rápido.
No pareces repartidor dije cuando regresé.
Porque no lo soy me respondió con otra sonrisa. Soy el dueño de la pizzería. Hoy he dejado salir antes a mi gente para que celebraran en familia, y yo mismo he hecho los últimos envíos. Vi tu pedido pendiente y pensé mujer sola en Nochevieja Nadie me espera en casa y bueno, me lié.
¡Madre, que son menos diez! ¡Abre el cava, hombre! Que tenemos que brindar antes de las campanadas.
Ya voy, ¿tienes copas?
En lo que fui a por las copas, oí el pop del corcho.
¡Por el año que se va!
¡Por el que se va! y brindamos y nos lo echamos casi de un trago.
Uy, esto ¡Pero si eres conductor! caí de golpe.
Sí, cierto siguió riendo.
¿Y ahora cómo vuelves a casa?
Pues no vuelvo sonrió de oreja a oreja.
Ni hay taxis que te salven, ¿eh?
Para nada.
Pues hala, fuera zapatos y entra, que vamos a celebrar el año nuevo como Dios manda.
¡Qué acogedor tienes esto!
Sirve más cava, rápido, que ya sale el presidente.
¡Feliz año, Carmen! Por cierto, soy Diego.
¡Feliz año, Diego! Prueba la ensaladilla, he cocinado yo todo. Aunque solo tengo un tenedor… Bueno, come del bol, como en casa.
No paraba de hablar de lo animada que me sentía, igual porque Diego era simpático y parecía todo tan sencillo cerca de él.
Del bol está hasta más rico. Carmen, ¿te queda pan? ¡Estoy famélico!
Por supuesto.
Cuando volví con pan, Diego ya tenía una alita en cada mano.
Perdón, estaba tan rico que no pude resistirme me dijo a bocados. Carmen, cocinas de maravilla.
¡Menos mal que viniste! Esto sola lo iba a tirar todo.
Nada de eso, te ayudo a acabarlo.
Y mira, me entró el hambre de golpe: comimos la ensaladilla a cucharadas, brindamos, vimos el cotillón en la tele entre risas y cháchara sobre nada.
Nos hemos terminado el cava
Tranquila, tengo más en el coche. ¡Voy!
Nada de ir solo, voy contigo dije yo.
Qué bien se está fuera abrí los brazos, con el aire madrileño fresco.
Saltaban fuegos artificiales en el cielo.
Carmen, ¿por qué no te casas conmigo? No ahora, claro, pero el año siguiente, cuando me conozcas mejor.
¿Eso esperas que me lo tome en serio?
Por supuesto.
Pues lo pensaré Pero por ahora, ¿seguimos la fiesta?
Y allí estábamos: Diego sacó una bolsa del coche y volvimos los dos a casa, listos para comernos el resto de la noche.
Esta noche sí que la vamos a recordarY así, entre risas, bocados robados y brindis improvisados desde el portal hasta la cocina, la Nochevieja se fue fundiendo en una madrugada lenta y cálida, tan inesperada como perfecta. Madrid, lejos de estar vacía para mí, se llenó de luces, de deseos nuevos, hasta de planes disparatados que brotaban entre nosotros como las burbujas doradas de la copa.
Al final, cuando los fuegos artificiales cesaron y los últimos petardos retumbaban lejanos, Diego y yo nos quedamos en silencio en el pequeño balcón, compartiendo una manta y la ciudad extendiéndose a nuestros pies. Yo me reí recordando a mi jefe y sus naranjas, pensando que nunca habría imaginado terminar así la noche, con compañía, con promesas al aire, con esa tristeza dulce de saber que la soledad era una estación pasajera.
Carmen susurró Diego, con voz baja y seria, casi un secreto. No he tenido nunca una nochevieja tan buena.
Yo tampoco, Diego.
Las campanas lejanas sonaron una vez más, casi como un eco tardío, y sentí, de pronto, que el año tenía un sabor nuevo, que los días por venir eran, por fin, territorio inexplorado y brillante. Le acepté la mano, cálida en la mía, y supe que, al menos esa noche, mi mesa nunca más estaría puesta para una sola persona.
Y así fue como en la Nochevieja más impropia sin familia, sin pareja, sin planes ni expectativas encontré, entre naranjas, cava y pizza, la promesa de un Año Nuevo distinto. Porque a veces, la vida te sorprende justo cuando crees que todo sigue igual.
Y esa noche brindé, más que nunca, por todo lo que estaba por llegar.





