Lo verdaderamente importante La temperatura de Lera subió de golpe. El termómetro marcó 40,5 y, cas…

Lo más importante

La fiebre de Clara subió de manera vertiginosa. El termómetro marcó 40,5 grados cuando de repente comenzaron las convulsiones. El cuerpecito de la niña se arqueó de forma tan brusca que Inés se quedó helada, sin poder creer lo que veía. Solo un segundo de estupor, porque después corrió hacia su hija, intentando a duras penas que no le temblaran las manos.

Clara comenzó a ahogarse en su propia espuma, la respiración era irregular, como si algo la asfixiara desde dentro.

Inés trataba de abrirle la boca; los dedos le resbalaban, no respondían, pero por fin lo consiguió. De golpe, la niña se aflojó y cayó en una especie de trance, en el más absoluto desmayo. Nadie podría decir cuánto duró: cinco minutos, o quizá diez, pero el tiempo no se contaba en segundos, sino en latidos ensordecedores en las sienes de Inés.

Vigilaba el movimiento de la lengua para que no bloqueara el aire, sostenía la cabeza de Clara mientras las convulsiones la sacudían con la violencia de un rayo.

Inés no veía nada más: solo una cosa importaba. Clara tenía que volver a respirar. Clara tenía que volver.

Gritaba: a la cocina, a las paredes, a la nada, al cielo. Le gritaba al teléfono llamando al 112, mencionando el nombre de su hija de una forma tan desgarradora que parecía que con su voz, a puro grito, luchara por aferrarla a la vida.

Cuando marcó a Raúl, sollozando y entre hipidos, solo pudo sacar fuerzas para decir:

Clara Clara casi se muere

Pero en el otro lado, Raúl escuchó otra palabra breve y terrorífica: muerta.

Se llevó la mano al pecho; el dolor fue tan agudo, como si una daga al rojo vivo se le clavara de repente. Las piernas no le sostuvieron y se fue hundiendo poco a poco del sillón al suelo, como un hombre en el que, de pronto, se apaga todo: las fuerzas, los pensamientos, el futuro…

Intentaban levantarle, sostenerle por los codos; le ofrecían agua, gotas, caricias dulces en la espalda; todos musitaban palabras de consuelo, pero aquellas palabras se estrellaban contra su desesperación, igual que las olas se rompen en la roca.

Raúl era incapaz de recomponerse. Los dedos se le agitaban, temblorosos, el vaso tintineaba contra sus dientes, y solo lograba articular frases a medias, como un mecanismo averiado:

S-se… m-mu… ri…ó… C-Clara… m-muerta…

Los labios le palidecieron, la respiración era un jadeo, y las manos parecían pertenecerle a otro.

Don Julián, su jefe, no perdió un instante. Lo agarró bien por los brazos y casi arrastrándolo lo metió en ese enorme todoterreno negro. La puerta se cerró con un portazo que retumbó en el interior del coche.

¿A dónde? gritó casi en la cara de Raúl, intentando que le escuchase.

Pero él estaba ido, con los ojos abiertos de par en par, perdidos, sin entender. Pasaron segundos sin parpadear, atrapado entre la realidad y una pesadilla.

Al hospital… Infantil… municipal… exhaló Raúl al fin, con palabras arrancadas del miedo, del dolor, del abismo de la garganta.

El hospital estaba lejos; demasiado lejos para alguien que acaba de escuchar la palabra más temida de su vida.

Don Julián pisó a fondo. El todoterreno saltaba de carril en carril; los semáforos se convertían en manchas absurdas: rojo, verde ¡qué más daba!

En un cruce, un coche negro y brillante apareció a su lado como surgido de la nada.

Unos centímetros les separaron de la tragedia. Don Julián giró el volante, el coche derrapó lateralmente y las ruedas chirriaron, lanzando chispas bajo el freno.

El otro coche pasó rozando, dejando tras de sí olor a goma quemada y la certidumbre de que la muerte acababa de pasar a su lado, casi tocándoles.

Raúl ni lo notó.

Las lágrimas caían sin tregua. Encogido en el asiento, sostenía el puño contra los labios para que no se le escapara un grito desgarrador.

Y entonces estalló el recuerdo, como si alguien encendiera, por un instante, el proyector de la memoria.

Clara tenía tres años. Una amigdalitis tan fuerte que el termómetro daba cifras que helaban la sangre. Llegó el SAMUR, pusieron una inyección, recomendaron supositorios.

La pequeña Clarita, en su pijama de conejitos, estaba de pie sobre la cama, ardiendo de fiebre y bañada en lágrimas. Inés llevaba más de media hora intentando convencerla. Clara hipaba, se frotaba los ojos, rendida al final, y murmuró con tristeza:

Vale, pon el supositorio… pero que no lo enciendas.

Raúl estuvo a punto de caerse al suelo de la risa. Habían ido hacía poco a la iglesia, y la niña recordaba que las velas se encienden.

Don Julián sacó el coche a la Gran Vía, iluminada de luces de la tarde, fría como una hoja de cuchillo.

La memoria, caprichosa, le golpeó con otra imagen.

Un par de semanas después, Clarita escaló hasta lo alto del enorme armario ropero. Una mona pequeña, traviesa y ágil. Se subió casi hasta el techo, chillando con orgullo desde allí arriba.

Y de pronto, el armario empezó a inclinarse. Un estruendo sordo; el mueble cayó. Inés gritó, Raúl corrió, pero llegó tarde. El golpe fue un trueno en la casa.

Clara sobrevivió: con moratones, lágrimas, susto y una tableta de chocolate gigante con la que intentaron ahogar su llanto.

Pero al ver el chocolate, la niña se transformó como si alguien hubiera pulsado un botón invisible. Dejó de llorar, se secó la nariz con la manga y preguntó:

¿Puedo dos de una vez?

El chocolate era su botón de emergencia para la felicidad.

Raúl pensó entonces que si en los hospitales repartieran chocolate, la humanidad habría inventado la vida eterna hace mucho.

Después…

La casa en silencio, la lámpara tenue encendida.

Inés le dijo:

Mañana vamos a misa, pondremos una vela por la salud.

Y Clara, seria como nunca, preguntó:

¿En el culo, como los supositorios?

Inés escondió la cara entre las manos, y la niña les observaba seria, como diciendo: «A ver, ¿de qué os reís ahora?».

En ese coche, aquella frase tan absurda le atravesó el corazón.

Porque era en esas tonterías donde latía de verdad su vida.

Su vida.

El jefe logró conducir hasta el hospital. Pararon de golpe, como si el coche temiera perder un solo segundo.

Clarita está viva fue lo primero que oyó Raúl, la han llevado directamente a reanimación, los médicos llevan horas sin decir nada.

Dejaron pasar a Inés. A Raúl solo le quedaba esperar y rezar…

——

Era la una de la madrugada, en ese instante en que el mundo parece detenerse, y uno se siente más solo que nunca. Raúl alzó la vista y distinguió una ventana del segundo piso, donde su hija peleaba por sobrevivir.

En la ventana, como en una película angustiosa, apareció Inés. Estaba inmóvil, los brazos caídos, la mirada fija, profunda, dirigiéndose a través del cristal, justo hacia él. No movía el teléfono, ni hacía gesto alguno, ni siquiera inspiraba.

Raúl agitó la mano, como si pudiera espantar el miedo con ese gesto. La llamó, pero no contestó. Solo seguía ahí, mirándolo como una sombra, como un espectro del amor que teme desvanecerse si se mueve.

Entonces, su móvil sonó. Corto y seco.

Solo dijeron:

Pase.

Y colgaron.

El pavor le cayó encima tan espeso que el aire se volvió miel. Trató de levantarse: las piernas no respondían. El cuerpo rehusaba obedecer, como si el suelo le retuviera para evitarle escuchar lo peor.

Sabía que tenía que entrar, pero el miedo lo paralizaba.

Justo entonces, de la puerta apareció una enfermera. Joven, agotada, con unos zuecos gastados. Se dirigió hacia él.

Raúl la miró, y por dentro todo se derrumbó.

Todo. Fin. Ahora ella iba a hablar.

La enfermera se inclinó un poco y le dijo bajito, pero clara, con el tono con que se dan sentencias pero sentencias buenas:

Vivirá. El peligro ha pasado…

Y el mundo se volvió a tambalear.

Los labios le temblaban, ajenos, sin fuerza, como si no le pertenecieran. Se quedó sentado, queriendo decir algo, aunque fuera un gracias, o un “Dios mío”, o solo respirar bien. Pero solo se movían las comisuras, las manos temblaban, y el rostro se le llenaba de lágrimas cálidas y vivas.

—–

Desde aquella noche, muchas cosas dejaron de ser importantes para Raúl.

Ya no temía perder el trabajo. Ni hacer el ridículo, ni parecer vulnerable.

Solo le sostenía de verdad el recuerdo de esa noche. Saber que el mundo podía romperse en un segundo. Que una persona, por la que eres capaz de mover montañas, puede esfumarse con demasiada facilidad…

Todo lo demás perdió peso.

Como si el mundo de Antes y el de Después quedaran divididos por una fina línea de miedo.

Todos los demás temores se disiparon, como el ruido innecesario antes del verdadero silencio.

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MagistrUm
Lo verdaderamente importante La temperatura de Lera subió de golpe. El termómetro marcó 40,5 y, cas…