Cuando cumplí 69 años, por fin recibí una cantidad que llevaba años esperando. Era mi dinero. Ganado con esfuerzo. Unos ahorros que cualquiera guardaría como oro en paño. Yo ya tenía planes: arreglar el tejado de la casa, guardar algo para los días difíciles y darme un pequeño capricho después de toda una vida trabajando.
Pero bastó que la familia se enterara y mi sobrino apareció en la puerta encantador, sonriente, con esa labia tan suya. Me contó lo de un negocio seguro, de una oportunidad de oro, de que solo necesitaba un pequeño empujón para salir adelante. Hablaba tan bonito, tan convencido, que acabé creyéndole.
Recuerdo cómo me prometió que en seis meses me devolvería todo con intereses. Que era estable, rápido, seguro. Que no era como los demás, que habían acabado mal. Y yo, pensando que le ayudaba y, además, podía sacar algo, le di el dinero.
Sin papeles. Sin firmas. Solo su palabra.
Pensé: Es mi sobrino, nunca me fallaría.
A esta edad aún crees que la familia tiene honor.
Qué ingenua fui.
Pasaron seis meses nada.
Me decía que el negocio iba bien, pero que hiciera falta un poco más de paciencia.
Al octavo mes, dejó de cogerme el teléfono.
Al décimo me enteré, por terceros, de que gastaba sin control como si no debiera nada a nadie.
Cuando volví a buscarle, se ofendió.
Me hablaba cortante, me acusaba de no confiar en él, de agobiarle, de dejarle mal delante de los demás. Fue entonces cuando sospeché que algo iba mal aunque aún esperaba que un día recapacitara.
Lo peor no vino de él, sino de los demás.
De mis propios hermanos.
Se pusieron de su parte.
Me decían:
Deja de agobiarle.
El dinero te lo devolverá.
Está haciendo lo que puede.
Después llegaron los comentarios que era una tacaña, que para qué quiero tanto, a mi edad, que era exagerado aferrarme a una cantidad. Al final dejaron de hablarme.
Yo, con casi setenta años, tratada como una criminal, solo por pedir lo mío.
Un día me planté y hablé claro con él. Sin rodeos.
Se puso agresivo.
Me soltó que le estaba presionando.
Me amenazó con que, si seguía reclamando el dinero, no volvería a pisar mi casa.
Como si eso fuese a destrozarme.
Le miré y pensé en todo:
En cómo siempre le abrí la puerta.
En la confianza que puse en él.
En las veces que le defendí cuando otros le llamaban irresponsable.
Y él sin pizca de vergüenza se permite enfadarse porque le pido lo que es mío.
Han pasado tres años.
Tres.
A veces me dicen que lo deje que a mi edad lo mejor es vivir tranquila.
Otros me aconsejan no rendirme porque si callas, te pisan todavía más.
Yo estoy en medio.
Sin firma, sin papel.
Solo esa palabra la suya que él rompió sin arrepentimiento alguno.
Y cada vez que pido mi dinero, la familia se enfada.
Me miran como si fuera un castigo, como si la mala fuera yo, como si fuera un problema.
Pero la verdad es sencilla:
No he pedido nunca nada ajeno.
Solo pido lo que es mío.






