— ¡Abuelo, mira! — exclamó Lili pegando la nariz al cristal — ¡Un perrito! Detrás de la verja se ag…

¡Abuelo, mira! exclamó Alba, pegando su naricilla al cristal empañado de la ventana. ¡Un perro!

Detrás de la verja del jardín, un chucho callejero de pelo negro y sucio rondaba inquieto, tan huesudo que las costillas se marcaban bajo el pelaje.

Otra vez ese chucho, gruñó don Julián García, poniéndose sus pantuflas de felpa. Lleva tres días merodeando. ¡Venga, largo de aquí!

Alzó el bastón amenazante. El animal dio un brinco hacia atrás, pero no escapó del todo. Se sentó a unos cinco metros, quieto, con la mirada fija.

¡Abuelo, no la espantes! Alba le agarró la manga con súplica. Seguro que tiene hambre y está congelada de frío

¡Ya tengo suficientes preocupaciones! resopló el anciano. Seguro que me mete pulgas en casa, y a saber qué más. ¡Fuera! ¡Vete!

El perro escondió el rabo y se alejó, cabizbajo. Pero en cuanto don Julián entró, volvió a aparecer

Alba llevaba medio año viviendo con su abuelo. Desde aquel accidente en la autopista donde perdió a sus padres, sólo quedaba ella y Julián, que nunca había tenido paciencia para los niños. Acostumbrado a su silencio, a sus manías, le pesaba la compañía permanente de la niña, que lloraba acusadamente por las noches y preguntaba entre sollozos: «Abuelo, ¿cuándo volverán mamá y papá?»

¿Cómo le explicaba que no volverían jamás? Don Julián sólo gruñía y desviaba la mirada, incómodo. Les costaba el día a día a los dos, pero no tenían otra salida.

Después de comer, mientras él cabeceaba la siesta frente a la tele, Alba se deslizó sigilosamente al patio con un cuenco lleno de restos de lentejas.

Ven aquí, Chispa susurró, arrodillándose. Así te he llamado yo. Es bonito, ¿verdad?

El perro se acercó con cautela y lamió el cuenco hasta dejarlo reluciente, luego se tumbó colocando la cabeza sobre las patas. La miraba con una gratitud profunda y leal.

Eres buena, muy buena le susurraba Alba, acariciándole el lomo.

Desde aquel día, Chispa no se movió de la puerta. Vigilaba la verja, acompañaba a Alba cuando iba al colegio y la esperaba al regreso. Cuando don Julián salía, se oía por toda la calle:

¡Otra vez tú! ¿No tienes otra casa?

Pero Chispa ya sabía: aquel hombre ladraba mucho, pero no mordía.

Don Vicente, el vecino afable, observaba la escena desde su huerto. Una tarde, comentó:

Mira, Julián, mal haces en echarla.

¡Y eso por qué! No quiero perro ni regalado.

¿Y si insinuó el vecino Dios te la ha mandado por algo?

Don Julián resopló con sorna

Pasó una semana. Chispa seguía ahí, acurrucada ante la verja hiciese sol, lluvia o helara.

Alba continuaba sacándole comida a escondidas, y don Julián hacía como quien no ve ni oye.

Abuelo, ¿puede dormir Chispa en el porche? suplicaba la niña en la cena. Allí no pasará tanto frío.

¡He dicho que no! golpeó la mesa el abuelo. ¡En esta casa no entra ningún animal!

Pero si ella

¡Nada de peros! ¡Estoy harto de caprichos!

Alba se mordió el labio y calló. Aquella noche don Julián no conciliaba el sueño. Muy de mañana, espiaba tras la ventana.

Chispa yacía hecha un ovillo en la escarcha. «En cualquier momento se nos va al otro barrio», pensó él. Y, de pronto, sintió una punzada en el pecho.

El sábado, Alba bajó a la laguna, con los patines para deslizarse sobre el hielo. Chispa, fiel, fue tras ella. Alba reía, giraba feliz sobre el hielo, mientras el perro la vigilaba serio desde la orilla.

¡Mira lo que sé hacer! gritó Alba, deslizándose hacia el centro de la laguna.

El hielo tintineó, luego un chasquido. Alba se precipitó al agua.

Era negra, helada. La arrastró bajo el hielo. Braseaba, gritaba, pero sus aullidos se apagaban bajo los chapoteos ateridos.

Chispa se quedó paralizada. De pronto, salió disparada hacia la casa.

Don Julián partía leña. Un ladrido frenético, desgarrado. El perro zarandeando el portón, aullando; rasgaba su pantalón, trataba de arrastrarlo hacia la salida.

¿Te has vuelto loca? masculló desconcertado.

Pero Chispa gemía, tiraba de su manga, los ojos llenos de terror. Entonces, Julián entendió.

¡Alba! gritó, echando a correr tras Chispa.

La perra iba por delante, volviéndose para comprobar que él la seguía, y tiraba hacia la laguna.

Vio el círculo negro en medio del hielo. Unos chapoteos apagados.

¡Aguanta! vociferó don Julián, agarrando una pértiga. ¡Aguanta, pequeña!

Reptó por el hielo, que crujía bajo su peso, y alcanzó la chaqueta de Alba, tirándola hacia la orilla. Chispa no se separó ni un instante ladrando, animando a la niña.

Cuando la sacaron, Alba estaba azul. Don Julián la frotaba con nieve, soplaba su cara, rezaba entre dientes, implorando a todos los santos.

Abuelo susurró Alba por fin. Chispa ¿Dónde está Chispa?

La perra estaba a su lado, temblando como ella, de frío, de miedo.

Está aquí murmuró don Julián, ronco. Aquí.

Desde aquel día algo cambió. Don Julián dejó de gritarle a la perra, aunque tampoco consentía que entrara en casa.

Abuelo, ¿por qué? insistía Alba. ¡Ella me salvó!

Sí, sí Pero no tenemos sitio.

¿Por qué?

¡Porque aquí es mi casa y yo pongo las normas! zanjó, recio.

Se enfadaba consigo mismo. ¿Por qué? No lo sabía. Decía que el orden era el orden. Pero por dentro notaba arañazos en el alma.

Don Vicente se dejó caer una tarde para tomar un té con unas magdalenas.

¿Te has enterado de lo de Alba y el hielo? preguntó cuidadoso el vecino.

Me lo han contado contestó Julián, malhumorado.

Es buena perra. Lista.

Puede.

Eso hay que valorarlo.

Don Julián se encogió:

Está valorada. No la echamos.

Ya no matizó Vicente. ¿Pero dónde pasa las noches con este frío?

En la calle. Para eso es un perro, ¿no?

El vecino negó con la cabeza:

Extraño eres, Julián. Te salva a la nieta, y tú Eso es desagradecido.

¡No le debo nada! se encendió Julián. La alimentamos, la dejamos estar y punto.

Deber o no deber. ¿Y el corazón, qué?

Aquí se quiere a las personas, no a los animales.

Vicente calló. Sabía que era inútil discutir. Pero le miraba con pena.

Aquella ola de frío superó a las anteriores. Las ventiscas azotaban el pueblo de Segovia una tras otra. Julián no daba abasto quitando nieve.

Chispa seguía allí, flaca como un alambre, ojos apagados, custodiando la verja.

Abuelo Alba le tironeaba la manga , mírala, está desfallecida.

Ella quiere quedarse respondía, brusco. Nadie la obliga.

Pero

¡Basta! se impacientó el abuelo. ¡Siempre lo mismo! ¡Me tienes harto con el perro!

Alba, herida, se calló. Ya entrada la noche, cuando don Julián hojeaba el periódico sin ganas, la niña murmuró:

Hoy no he visto a Chispa…

¿Y qué? gruñó sin mirarla.

Todo el día. ¿Y si le ha pasado algo?

Casi mejor. Que se largue.

¡Abuelo! ¿Cómo puedes decir eso?

¿Y cómo quieres que hable? la miró. ¡El perro no es nuestro, Alba! ¡No le debemos nada!

Sí le debemos, bajito replicó la niña. Me salvó. Y ni un rincón caliente para ella.

¡No hay sitio! retumbó Julián. ¡Esto no es un zoo!

Alba rompió a llorar y se encerró. El abuelo quedó paralizado, la prensa por fin leída, pero sin entender una palabra.

Aquella noche el temporal fue terrible, con el viento aullando en las tejas y el cristal temblando. Don Julián dio vueltas sin dormir. «Vaya noche perruna», pensó con rabia, pero no podía apartar la inquietud.

Al amanecer, asomó, taza de té en mano, a la ventana. El jardín inundado de blancura. Junto a la verja, algo negro.

«Basura arrastrada», pensó. Pero sintió el estómago caerle a los pies.

Se calzó, cruzó a duras penas el manto de nieve, y se detuvo.

En el montón blanco yacía Chispa, inmóvil, con sólo las orejas y la punta del rabo asomando bajo la escarcha.

«Ya no hay nada que hacer», imaginó el anciano. Y de repente notó que algo se le rompía por dentro.

Se agachó, quitó nieve. Chispa estaba apenas viva, respirando con dificultad. Los ojos cerrados.

Ay, criatura murmuró el viejo. ¿Por qué no te fuiste?

La perra se estremeció, reconociéndole. Intentó levantar la cabeza, sin fuerza.

Julián dudó sólo un instante y la tomó en brazos.

Era ligera, hecha de huesos, pero aún cálida. Viva.

Aguanta, boba murmuraba, abriéndose paso hasta la casa. Aguanta.

La llevó al recibidor, luego a la cocina, y la puso sobre una manta junto a la estufa.

¿Abuelo? Alba apareció en la puerta, en pijama. ¿Qué pasa?

Bah balbuceó , estaba ahí fuera tiritando. Que entre un rato y se temple.

Alba corrió a Chispa.

¿Vive? ¿Abuelo, está viva?

Sí, sí Prepárale leche, bien caliente.

¡Voy! Alba corrió a la cocina.

Y el abuelo, de cuclillas junto a Chispa, la acariciaba y se preguntaba en voz queda: «¿Qué clase de hombre soy? Casi la dejo morir. Y aquí sigue, confiada»

La perra abrió los ojos, miró a Julián con una gratitud infinita. Y al abuelo se le encogió el pecho.

¡Ya está la leche! Alba dejó el cuenco al lado.

Chispa logró erguir la cabeza y lamió despacio, un sorbo, luego otro. El abuelo y la nieta la observaban, radiantes como si asistieran a un milagro.

A mediodía, Chispa ya se sentaba sola. Al atardecer, caminaba por la cocina sobre patas trémulas. El abuelo disimulaba, pero al verla le sacaba los mejores trozos del cocido, le echaba otra manta, le acariciaba la cabeza de reojo.

«Ya no la echará», pensaba Alba. Lo sabe la niña. Ya no podrá.

Al día siguiente, Julián despertó temprano. Chispa dormía entre la manta, junto a la estufa, mirándole.

¿Qué, estás mejor? le susurró mientras se vestía. Ya lo creo.

La perra movió el rabo, despacio, insegura.

Después del desayuno, don Julián salió al patio, observó la vieja caseta de madera junto al cobertizo. Llevaba años vacía.

¡Alba! llamó hacia la casa. ¡Ven un momento!

Ella apareció enseguida, Chispa a su lado. El perro ya no rehuyó la mirada del anciano.

Mira señaló la caseta , el techo está hecho polvo, hay goteras. Habría que arreglarlo.

¿Para qué, abuelo? preguntó Alba, desconcertada.

¿Cómo que para qué? refunfuñó. Es un desperdicio no usarla. Vamos, ayúdame.

Sacó tablas, martillo y clavos del cobertizo y se puso manos a la obra, maldiciendo las tablas torcidas o los clavos rebeldes.

Chispa vigilaba a distancia pero comprendía perfectamente para quién era aquella remodelación.

Antes del almuerzo, la caseta lucía tejado nuevo. Julián metió una manta vieja, colocó recipientes para agua y comida.

Ya está suspiró . Listo.

Abuelo balbuceó Alba , ¿es para Chispa?

¿Yo qué sé? bufó, limpiándose el sudor. Aquí no entra en casa, pero fuera debe vivir como Dios manda como un perro, quiero decir.

Alba lo abrazó, exultante:

¡Gracias, abuelo! ¡Gracias!

Vale, vale No te emociones mucho. Y recuerda temporal, ¿eh? Hasta que le salgan dueños.

Pero sabía perfectamente que no pensaba buscarle ninguno. Ni falta que hacía.

En ese momento apareció don Vicente, observó la caseta, a la perra y a Alba, feliz. Sonrió con picardía:

¿Ves, Julián? Ya te lo decía: las vueltas de la vida.

Déjate de sermones masculló el abuelo. Me ha dado pena, y punto. Nada más.

Es lo que tiene un buen corazón respondió Vicente , aunque lo escondas al fondo.

El viejo quiso replicar, pero se calló. Miró a Chispa olfateando su casa nueva y a Alba acariciándola. Comprendió aunque incompleto y extraño, aquello era ahora una familia.

Bueno, Chispa dijo al fin, en voz queda . Ahora esta también es tu casa.

La perra le miró largamente antes de tumbarse junto a la puerta, para no perder de vista el umbral donde vivían ya sus humanos.

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