Mi relación con mi ex acabó en esa sala tan bonita llamada juzgado. No voy a decir quién fue culpable y quién no, porque en una pareja, los dos tienen parte de culpa, aunque uno no quiera reconocerlo.
El caso es que mi segunda esposa decidió buscarse un amante. Un empresario con dinero, que aterrizó hace tiempo en Madrid y, después, abrió una cafetería en el barrio. Al principio intentó esconder el romance, pero al final les faltaba poner una pancarta en la Plaza Mayor. El colmo llegó cuando ella se plantó delante de mí y soltó, así, con toda la cara, que estaba tramitando el divorcio y que quería la mitad del piso. Imagínate lo que esperaba: que yo tuviera un ataque de nervios, tal vez un llanto, pero ese piso lo pagué yo, con mis sudores y mis euros, ni una peseta suya. Solo vivió allí un par de años y ahora tiene el morro de reclamarlo.
Yo, ni me alteré. No intenté disuadirla. Dejé que presentara la demanda y esperé a que el juez le dijera que nanai, y que encima pagara las costas. Ya tenía experiencia, gracias a mi primera esposa, la cosa fue un folletín de tres años de juicios, porque no lográbamos ponernos de acuerdo. Cada vez que nos veíamos en el juzgado, acababa como si fuera una escena de Almodóvar.
Al final, con la primera, la jugada le salió bienme reclamó la mitad de mi patrimonio. Dio con un abogado fino. Y yo terminé sin el piso que heredé de mi padre, más pelado imposible.
Pero con la segunda ya fui más listo. Antes de casarme, tenía ya un piso que reformé yo mismo, pero lo puse a nombre de mi hermano Manuelel único que me inspira confianza. Cuando tocó divorciarme, resulta que no tenía nada a mi nombre. Aprendí la lección: después de mi primer desastre matrimonial, ninguna mujer va a engañarme otra vez, por muy madrileña que sea.





