Sofía llevaba meses sospechando que su marido, Javier, tenía más grietas en su fidelidad que la muralla de Ávila tras una tormenta. Demasiadas reuniones de trabajo, viajes largos a por materiales y un surtido de aromas en la ropa que no cuadraban ni con la colonia ni con el suavizante. Durante un tiempo aguantó, mirando todo con el rabillo del ojo y la ceja levantada, hasta que decidió contratar a un detective privado uno de esos de gabardina que parecen salidos de una novela negra, pero que en este caso solo llevaba una chaqueta de Zara.
Apenas dos días después, al alba, recibió un mensaje tan escueto como inquietante: una dirección perdida de la mano de Dios en la provincia de Segovia, y una sola línea: Vaya cuanto antes. Es imprescindible. Tiene que verlo usted misma.
Allá fue Sofía, conduciendo hora y pico desde Madrid, mientras el asfalto se iba cambiando por caminos de tierra y las farolas por árboles retorcidos. El corazón le retumbaba más fuerte que los tambores de la Semana Santa. En su cabeza sólo podía imaginarse una casita de campo, el coche de Javier aparcado y la sombra de una supuesta amante esperándola tras las cortinas.
Pero la realidad tenía otro plan. Entre los pinares, apareció una vieja construcción de ladrillo, más cerca de un almacén abandonado que de una guarida de amantes. Ni coches, ni risas, ni perfumes sospechosos: sólo las cigarras y el silbido de un viento bastante melodramático.
Sofía agarró el móvil, lista para llamar al detective o a la Guardia Civil, si la cosa se ponía fea. Se acercó a la puerta, que estaba, cómo no, entreabierta, como si algún personaje de novela barata acabara de entrar apresuradamente.
Pero lo que encontró al otro lado no era ni de lejos lo que había imaginado. Y ahí casi le patina la tortilla del susto.
Empujó la puerta, que chilló con ese tonito desagradable de película de terror de sobremesa. Dentro, el ambiente estaba más húmedo que una bodega de vino en Ribera del Duero. Entre polvo y trastos, al fondo, descubrió una especie de panel de madera fuera de sitio. Curiosa (y temblando como una gelatina) lo tocó; y aquello, para sorpresa de Sofía, se deslizó suavemente.
Allí estaba: una habitación diminuta, paredes mugrientas y, en un colchón viejo, sentada una mujer viva, aunque tan delgada y pálida como la Virgen de los Dolores el Viernes Santo. Tenía una cadena en el tobillo y los ojos tristes.
Sofía se congeló. La mujer levantó la cabeza, dolorida, y susurró:
¿Tú eres la esposa? No tendrías que haber venido. Él dijo que nunca te enterarías de nada.
¿Quién? atinó a preguntar Sofía, ya con la garganta seca como la meseta en agosto.
La otra bajó la vista y murmuró:
Tu marido. Me tiene aquí desde hace siete meses. Me dijo que buscaba reemplazo.
Entonces Sofía se fijó en un plato medio lleno de sopa aún caliente sobre el suelo. Alguien había estado ahí hacía nada. Y, justo en ese momento, tras ella resonaron pasos: la policía, llamada por el detective, llegaba para destapar ese drama digno de serie de Telecinco.







