¡Ojalá a todos les “ayudaran” así! – La historia de Polina, su suegra y el precio de la ayuda no sol…

Ojalá a todo el mundo le ayudaran así

Carlota, hoy voy a pasar por casa y te ayudo con los niños.

Mientras trataba de calmar a Rodrigo, que berreaba en mis brazos, sujetaba el móvil entre el cuello y el hombro.

Doña Mercedes, de verdad, muchas gracias, pero nos apañam…

Tono de llamada, llamadas cortadas. Mi suegra ya había colgado.

En el salón oí el estruendo: Hugo había volcado la caja de piezas de construcción, y Lucía chillaba de alegría mientras lanzaba los bloques por todas partes. Rodrigo, acurrucado entre mis brazos, berreaba como si llevara días sin comer, aunque le había dado el biberón hacía menos de media hora…

Miré de reojo a Javier. Sentado en el sofá, concentrado en la pantalla del móvil, finamente fingiendo que estaba muy ocupado en algo.

Has llamado tú a tu madre.

No era pregunta. Era un hecho.

Javier se encogió de hombros, sin apartar los ojos del móvil.

Bueno… sí. Te veo agobiada. Mamá te puede echar una mano…

Quise decirle que podía sola. Que no necesitaba ayuda. Que, desde que nació Rodrigo hacía tres meses, me las había arreglado para mantener la casa relativamente en orden, alimentar a tres críos y dormir, al menos, a ratos. Pero Rodrigo volvió a llorar y me limité a marcharme al dormitorio con él, preparándome por dentro para la llegada de doña Mercedes.

Mi suegra apareció antes de comer, cargada con dos maletas enormes y la cara de quien viene a salvar el Titanic.

¡Ay, Carlota, qué cara tienes, hija! exclamó nada más entrar, inspeccionando todo con la mirada. ¡Y vaya desorden! No te preocupes, ahora que estoy yo, todo va a cambiar.

Al final del primer día ya me arrepentía de no haber echado el candado por dentro.

¿Eso qué es?miró con suspicacia la tabla donde yo cortaba calabacín.

Pisto. Les gusta a los niños.

¿Pisto? repitió con tono horrorizado. No, no, no, no. Javier prefiere cocido, como el que hago yo. Anda, déjalo, ya me ocupo.

Me aparté de la cocina, con el cuchillo en la mano, conteniendo mi disgusto.

A la mañana siguiente, me despertó antes de las siete, aunque Rodrigo no se había dormido hasta las cinco.

¡Carlota! ¡Pero cómo vistes así a los niños! ¿Qué es esto, un circo?

Hugo y Lucía llevaban los petos de colores chillones amarillo y rojo que yo misma les había comprado, para verlos de lejos en el parque.

Están bien vestidos.

¿Bien? ¡Eso lo llamas bien! bufó doña Mercedes sacando de la maleta pantaloncitos grises y jerseys beige. Parecen loros. Y además, hace frío, van a resfriarse. Traje ropa más adecuada.

Es que se sienten cómodos con…

Carlota me interrumpió, erguida con los brazos cruzados y los ojos empañados. He venido a ayudar, y tú, en vez de agradecerlo, todo son pegas. Yo soy mayor, yo crie a Javier, sé lo que conviene. Tú no me valoras, no hay respeto.

Hizo un pequeño drama, llevándose una mano al pecho y dejándose caer en la silla, ofendidísima.

Javier, asomado en la puerta, me miró y murmuró:

No te pongas así. Mamá solo quiere lo mejor. Ojalá recibiera todo el mundo la ayuda que tenemos nosotros.

Me callé. Puse a los mellizos el uniforme triste y agradecí a mi suegra con una sonrisa tensa. Por dentro, algo se partía un poquito más.

Al acabar la semana, el piso era territorio de doña Mercedes. Había cambiado la distribución de la habitación de los niños así está mejor, los horarios ya no eran los de antes, y yo daba de comer a Rodrigo bajo la atenta mirada de mi suegra y sus incesantes correcciones sobre cómo darle el biberón.

Javier, cada media hora, desaparecía al balcón. Miraba la calle con cara de póker, fingiendo que no ve lo que ocurre.

No dormía. Las noches eran eternas, de mirar el techo, incapaz de relajarme, sobresaltada ante cada rumor: ¿Vendría la suegra a comprobar si los nietos dormían en la postura correcta?

Me levantaba hecha polvo, temblándome las manos al preparar el café, que ni siquiera me hacía efecto.

El jueves por la tarde, abrí el armario del bebé y me quedé paralizada. No quedaba ni un envase de leche.

Doña Mercedes dije en la cocina, donde picaba repollo para el enésimo cocido, ¿qué ha pasado con la leche de Rodrigo?

Esa porquería la he tirado ni se dignó a mirarme. Todo química. Le he comprado una buena.

Señaló una lata en la mesa.

Era la marca barata que, hacía un mes, le dio alergia a Rodrigo, cubriéndolo de manchas rojas.

A Rodrigo le da alergia esa leche.

¡Tonterías! contestó bruscamente. Las alergias salen porque no alimentas bien al niño, algo hiciste mal. Ahora, que lo hago yo, verás cómo no pasa nada.

Me quedé mirando la lata. A mi suegra, cortando a su aire. Pensé en Javier, fijo que otra vez en el balcón. Algo se rompió del todo por dentro, muy suavemente.

En menos de una hora, estaba yo con los tres peques, Rodrigo entre mis brazos, Lucía y Hugo a mi lado, en aquel taxi con solo una mochila, lo imprescindible y los monos de colores que rescaté del fondo del armario, debajo de la ropa adecuada.

Al llegar a casa de mi madre, rompí a llorar en el umbral.

Mamá, no puedo más. Simplemente no puedo.

Ella me abrazó, me sentó en la cocina y me sirvió una taza de té. Me acariciaba la cabeza mientras yo sollozaba, lágrimas cayendo en la taza.

No pasa nada, cariño. Os quedáis conmigo el tiempo que haga falta.

El móvil empezó a vibrar a las once y no paró hasta pasada las tres.

¿Se puede saber qué haces? gritaba Javier por teléfono. ¡Mamá está hecha polvo, solo quería ayudarte! ¡Nos ayudaba mucho y tú…!

¡Solo quiero vivir en paz! susurré para no despertar a los niños. ¡Ha tirado la leche! ¡La leche de Rodrigo! ¡Y la que ha comprado le da alergia!

¡Bah, siempre exageras! Mamá sabe más que tú, para eso es mayor.

Pues que viva contigo entonces.

Eres una desagradecida histérica contestó. Sin mi madre estarías perdida. Vuelve a casa ahora mismo.

No volveré mientras siga ella.

Silencio, y luego, cortó la llamada.

A la mañana siguiente me fui al registro civil y solicité el divorcio.

Tres días después regresé a por las cosas, sola: mi madre se quedó con los niños. Doña Mercedes me esperaba en la entrada.

Carlota, ¿cómo puedes hacer esto? Quitarle los niños a su padre, separarlos de su abuela… ¡Es cruel, inhumano! ¡He dado todo por vosotros! ¡Ojalá a todos les ayudaran como yo os he ayudado!

Me paré delante, mirándola. Esa mujer que destrozó mi rutina bajo la excusa de ayudar, que tiró la leche apropiada y compró la barata, que reorganizó la casa, cambió la ropa y me echó de mi propia vida.

Sobrevivirán. No les va a pasar nada me oí decir, con un tono frío, extraño.

Ella se apartó bruscamente, boquiabierta. Javier salió corriendo y me agarró del brazo.

¿Vas a seguir portándote así con mi madre?

Me solté, lo miré. Era un hombre hecho y derecho… pero seguía corriendo a su madre a la mínima.

No me toques.

Salí, recogí lo que quedaba, metí todo en la maleta y no miré atrás.

El divorcio fue oficial dos meses después. Javier llamó unas semanas, después desistió. Doña Mercedes me mandó un mensaje larguísimo acusándome de romper la familia y arruinarles la vida. Ni lo terminé de leer, simplemente lo borré.

En casa de mi madre estábamos estrechos, pero en calma. Por la noche me desvelaba a cuidar a Rodrigo, mecía a mi hijo mientras miraba la ciudad en penumbra desde la ventana. De día, paseaba con los mellizos, les daba pisto y los vestía de colores vivos.

A los seis meses, Hugo y Lucía empezaron la guardería. Yo encontré un trabajo remoto, corrigiendo textos por las noches cuando los niños dormían. No era un lujo, pero alcanzaba para lo necesario.

Las tardes eran el mejor momento: sentados en el sofá, con Rodrigo dormido en la cuna y los mellizos exigiendo cuentos, yo les leía historias, cambiando la voz en cada personaje. Lucía reía a carcajadas, Hugo escuchaba muy serio.

En esos ratos, apoyada en el respaldo del sofá, mirándoles, comprendía que hice lo correcto. Se avecinaban años difíciles criando sola a tres niños. Iba a ser duro y, a veces, solitario y hasta aterrador. Pero era lo correcto.

La lección que aprendí, con dolor, es clara: La mejor ayuda es la que se da con respeto. Si no puedes elegir cómo te ayudan, mejor apáñatelas solo. Y pocas cosas dan más paz que saber que, aunque sola, por fin tienes tu vida en tus propias manos.

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MagistrUm
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