Ver con mis propios ojos Tras una terrible tragedia, la pérdida en un accidente de su marido y de s…

Ver para creer

Tras la trágica pérdida de su marido y su hija de seis años en un accidente, Milagros pasó mucho tiempo sumida en la tristeza. Estuvo casi medio año internada en una clínica; no quería ver a nadie y solo permitía la presencia de su madre, Ramona, que la acompañaba cada día con infinita paciencia. Un día, Ramona soltó la bomba:

Milagritos, el negocio de tu marido se está yendo a pique. Apenas sobrevive y Gonzalo no da abasto. Me ha llamado varias veces, a ver si te convencía de volver a la empresa. Menos mal que Gonzalo es un chico legal, pero…

Milagros, adormecida por la pena, pareció despertar un poco tras escuchar esas palabras.

Sí, mamá, tienes razón. Mejor hará que ocupe la cabeza en algo. Seguro que a mi Pablo le haría ilusión que siguiera con su empresa. Al menos algo aprendí en todo este tiempo, como si se lo hubiera olido el pobre y quiso que supiera de su trabajo.

Milagros regresó a la oficina y consiguió enderezar el tambaleante negocio familiar. Los números volvieron a salir, pero a Milagros le seguía faltando su niña como el aire.

Hija, ¿por qué no acoges a una niña del orfanato? Escoge una que haya tenido todavía menos suerte que tú. Le cambiarás la vida, y de paso, te salvarás tú misma.

Después de mucho pensarlo, reconoció que su madre tenía razón. Así que Milagros puso rumbo a la Casa Cuna, aun sabiendo que por mucho que quisiera, nadie podría reemplazar a su niña.

Ana Belén apenas veía nada desde que nació. Sus padres, con sus dos carreras universitarias y su afán de ir siempre de dignos por la vida, salieron corriendo en cuanto escucharon el diagnóstico. Vamos, que el miedo y la cobardía no entienden de títulos.

Así terminó Ana Belén en la Casa Cuna. Allí le pusieron ese nombre y allí aprendió a distinguir sombras del mundo, a leer con sus dedos y a enamorarse de los cuentos y la idea de una hada madrina.

Cuando estaba a punto de cumplir siete años, se le apareció una hada vestida de rojo, guapa, elegante, adinerada… y desdichada perdida. Ana Belén no podía verla pero supo enseguida que era buena gente. La directora del centro, curiosa, preguntó a Milagros por qué quería adoptar justo a una niña con discapacidad.

Milagros no se explicó demasiado. Solo dijo que podía y quería ayudar.

La cuidadora le trajo a Ana Belén de la mano. Milagros apenas la vio, supo que era suya: un ángel rubio de ojos azules, hermosos y absolutamente perdidos en la nada.

¿Quién es? preguntó Milagros, con la mirada pegada en la niña.

Es nuestra Ana Belén, una joyita respondió la cuidadora.

Pues mía también, no hay duda sentenció Milagros.

Pronto se convirtieron en inseparables. Se necesitaban más que el agua en agosto. La vida de Milagros encontró nuevo sentido con Ana Belén en casa. Consultó a oftalmólogos y le dieron algo de esperanza: una operación podría devolverse parte de la vista, aunque tendría que usar gafas de por vida.

La operación se realizó justo antes de que Ana Belén empezara el colegio. El resultado, regular; aún veía poco. Los médicos recomendaron esperar a que fuera más mayor para otra intervención. Milagros no separó su vida de la de su hija. Hombres, ni uno quiso mirar: todo era para Ana Belén.

Con el tiempo, Ana Belén se convirtió en una jovencita de una hermosura de esas que hacen tropezar por la calle. Se licenció en la universidad, trabajaba ya en la empresa familiar. Su madre, siempre ojo avizor, temía que cualquier aprovechado viniera con el anillo en una mano y la otra en la caja registradora. Y si se olía algo raro, saltaba como un vendedor de cupones ante un billete de cien euros.

Y el amor le llegó a Ana Belén. Milagros conoció a Lucas y, como no vio nada extraño, dio vía libre a la relación. Al poco, él le pidió matrimonio. Ya estaban inmersos en preparativos bodiles, y seis meses después de la boda sería la última operación de Ana para intentar curar la vista.

Lucas era tierno y atento, aunque a Milagros a veces le olía a sobreactuado. Ella misma se decía que no era para tanto. El caso es que uno de esos días fueron al restaurante de las afueras donde celebrarían la boda, para ultimar la decoración del salón. Hora muerta, apenas nadie allí.

Sentados a la mesa, Lucas dejó el móvil junto a la copa, pero de repente saltó la alarma del coche y salió disparado a la calle. Ana Belén se quedó sola. De repente el teléfono de Lucas empezó a sonar y sonar. Al principio dudó, pero al final lo cogió. Lo que oyó la dejó helada: la voz de la madre de Lucas, la mismísima señora Inés Rubio, berreando por el auricular.

Hijo, ya tengo el plan perfecto para deshacernos rapidito de la cegata esa. Una amiga mía de la agencia de viajes me guarda dos plazas. Tras la boda, te vas con la pava esa a la Sierra, me dices que te mueres por ver la nieve. A ver, solo ella y tú. Busca el modo de que la ilusa resbale y se dé un piñazo bueno. Luego te largas y llamas a la policía para decir que tu mujer se ha perdido. Montas el numerito, lloriqueas, que la busquen… Cuando la encuentren, lo primero que pensarán es que fue un accidente. Encima, en el extranjero nadie va a investigar mucho más… Con lo buen actor que eres, seguro que cuela. Siendo tú, hasta su madre te creería. Como se recupere y la operen, ya no hay forma de quitártela de encima. Es demasiada pasta para perderla, hijo. Así que ya sabes, muévete.

La señora colgó y Ana Belén casi tiró el móvil del susto.

O sea, que quieren matarme. Y Lucas, probablemente, también está metido en esto pensó aterrorizada.

Un minuto antes era una feliz prometida; ahora, de repente, veía a la familia adoptiva maquinando su final. Lucas, ajeno a la conversación de su madre, volvió y anunció:

La dichosa alarma, igual era un gato… En fin, no he visto nada raro. En ese momento volvió a sonar el móvil. Sí, sí, dime, Rober… Vale, ahora voy para allá.

Vete a la oficina dijo Ana Belén intentando parecer calmada. Yo espero aquí a mi madre, así aprovechamos y hablamos todas juntas.

Bueno, pues me marcho, que Rober anda con prisa…

Se marchó mientras Ana Belén se desmoronaba a lágrima viva. Llamó de inmediato a Milagros.

Mamá, ven YA al restaurante… trató de fingir tranquilidad, pero no le salió.

¿Qué ha pasado, niña? Tienes una voz rarísima… Voy enseguida.

Lágrima va, lágrima viene, hasta la administradora del restaurante, Patricia, se acercó a ver qué pasaba.

¿Estás bien, Ana? ¿Dónde ha ido Lucas? Si estabais…

Nada, Patricia, ahora viene mi madre. Es solo un malentendido. Lucas tuvo que salir pitando al trabajo.

¿Quieres un té? Te veo mala cara insistió Patricia, y Ana Belén asintió.

Milagros, que ya sabía que su hija y Lucas andaban ultimando detalles, llegó al restaurante en un visto y no visto.

Hija, casi me da un infarto de la preocupación en el coche.

Mamá… y rompió a llorar, quieren matarme.

¿Quiénes? preguntó Milagros, palideciendo.

Lucas y su madre. Mamá, lo he escuchado yo misma. Lucas se fue fuera por la alarma del coche y dejó su móvil en la mesa; llamó ella y contesté yo. Ni cuenta se dio la señora de que hablaba conmigo. Hablaba del viaje ese para deshacerse de mí. Rápido colgué. Nadie sospecha que lo sé. Y Lucas tuvo que irse porque le llamaron desde el trabajo.

Milagros se quedó petrificada. ¿De verdad se habrían equivocado tanto con Lucas? Empezaron a pensar cómo proceder cuando sonó el teléfono, era Lucas.

¿Qué tal, Anita? ¿Llegó tu madre al final? ¿Os gustó el salón?

Milagros cogió el móvil de su hija.

Mira, Lucas. Qué suerte hemos tenido de enterarnos de tus planes. De tus viajes, de todo… Así que escucha muy atento: si este móvil lo lleva la policía, verán todo lo grabado, incluso lo que hayas borrado. ¿Me entiendes, campeón?

Lucas, tras unos segundos de silencio, contestó:

Lo entiendo. Pero fue mi madre, no yo…

Tienes menos dignidad que un político en campaña. Anda, vete a pastar. Adiós, Lucas.

Al día siguiente, Lucas puso pies en polvorosa. Echó la culpa a su madre por liarla, se largó con su pasaporte y el dinero. La madre también desapareció del mapa, aterrizó en casa de una amiga del norte.

Un auténtico shock fue ver todo esto con sus propios ojos, por mucho que apenas pudiera ver.

En la clínica oftalmológica a la que iban cada semana, finalmente llegó la segunda operación de Ana Belén, con Milagros pegada a su lado. Todavía con el vendaje, la sacaba a tomar el sol al parque de la esquina. El doctor Alejandro Morales, joven y atento, se desvivía con Ana Belén. El cirujano era todo un profesional y no le quitaba ojo. Alejandro, rubio y de ojos grises, se ponía colorado cada vez que ella le sonreía y a Milagros eso le hacía gracia. Cuando llegó el día de desvelar el resultado, el doctor le llevó un ramo de rosas gigantes.

El susto de su vida fue cuando, al quitar las vendas, vio absolutamente todo: el ramo, el parque… y, sobre todo, a Alejandro, que se parecía peligrosamente más a un príncipe de novela romántica que a un médico normal.

¡Madre mía, ahora sí que lo veo todo! lloró de felicidad, mientras Alejandro no sabía cómo consolarla.

Tendría que depender de las gafas, pero eso era un problema pequeño comparado con todo lo pasado.

Con el tiempo, la boda de Ana Belén y Alejandro fue de las que salen en las revistas. Al año nació una hija preciosa con los ojos de papá. Ana Belén, por fin, era inmensamente feliz: tenía a su lado a un hombre que no la cambiaría ni por todo el oro de la Bolsa de Madrid.

Gracias por llegar hasta aquí, por tu apoyo y, si te animas, suscríbete para la siguiente entrega. ¡Suerte!

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