¿Me acuerdo yo? ¡Si no lo puedo olvidar!
Carmen, verás Mira, ¿te acuerdas de mi hija ilegítima, Inés? mi marido hablaba en clave, y yo, la verdad, ya me temía lo peor.
¿Que si me acuerdo? ¡Ay, como para olvidar semejante bombazo! ¿Y ahora qué? me senté en la silla, preparándome para el chaparrón.
No sé ni cómo decírtelo Inés suplica que nos hagamos cargo de su hija, o sea, de mi nieta balbuceaba Paco.
¿Y por qué motivo? ¿Y el marido de Inés? ¿No tenía cosas mejores que hacer? ya me picaba la curiosidad, lo veía venir.
Verás, a Inés le queda poco. El marido nunca existió. Su madre hace años que se casó con un sueco y vive en Estados Unidos, y la relación entre ambas es de culebrón turco: no se hablan. Y eso, que no tiene a nadie. Por eso me pide Paco daba vueltas al asunto como un jamón en la feria.
¿Y entonces? ¿Qué has pensado hacer tú? yo ya tenía mi decisión tomada, por si acaso.
Mujer, que lo quiero hablar contigo, Carmen. Como tú digas, así será por fin Paco se atrevió a mirarme.
¡Qué arte tienes tú! Vamos, que tú en tu mocedad lo diste todo y ahora que recoja yo el marrón y me haga cargo de la niña que tuviste por ahí. Qué bien, oye me hervía la sangre con tanto cuento.
Carmen, ¡si somos familia! Esto hay que decidirlo juntos.
¡Mírale! ¿Y cuando andabas entre faldas, me viniste a consultar, campeón? ¡Si soy tu legítima esposa! se me saltaban las lágrimas y salí corriendo al salón.
Cuando iba al instituto salía con mi compañero Fernando. Pero en cuanto llegó el nuevo, Alejandro, se me olvidó hasta el nombre de mi ex. A Fernando lo mandé al banquillo enseguida. Alejandro empezó a esperarme a la salida, me regalaba flores de los jardines municipales y me daba besos en la mejilla con tanta calor que aquello parecía feria. A la semana me llevó directa a la cama. ¡Y yo ni rechistar! Me enamoré de Alejandro como una quinceañera de telenovela. Acabamos el instituto y a él le tocó la mili. Yo lloré a mares en Atocha cuando se marchó. Le destinaron a otra ciudad.
Durante un año nos mandamos cartas, pero en su permiso volvió y yo estaba que me subía por las paredes de la alegría. Me desvivía por él. Me prometía el oro y el moro:
Carmen, vuelvo en un año y nos casamos. Aunque para mí ya eres mi mujer.
Y con esas palabras, pues yo… derretidita. Así toda la vida: Alejandro me mira como si fuera helado de turrón, y yo me licúo como chocolate en agosto.
Alejandro volvió a la mili y yo me sentía ya su prometida. Después de seis meses recibí una carta con la noticia del siglo: que había encontrado un amor verdadero en el cuartel, y que de boda, nada de nada. Y yo, con una barriga de embarazada y un hijo de Alejandro a punto de llegar.
Vamos, que el novio salió rana. Como decía mi abuela: No te fíes del trigo mientras esté verde.
Cuando nació Juanito, Fernando, el ex, se ofreció a ayudarme. Yo, por pura desesperación, acepté. Sí, tuve mis más y mis menos con él. No pensé que Alejandro volviera jamás.
Pero, de repente, apareció de nuevo. Fernando abrió la puerta y allí estaba Alejandro.
¿Puedo pasar? dijo Alejandro, sorprendido al ver el panorama.
Hombre, pasa, si has venido hasta aquí respondió Fernando a regañadientes.
Juanito, notando el drama, se agarró fuerte a Fernando.
Fernando, llévate al niño a dar una vuelta, por favor yo andaba perdida.
Salieron y me quedé a solas con Alejandro.
¿Es tu marido? preguntó, celoso.
¿A ti qué te importa? ¿A qué vienes? yo, encendida de rabia, sin imaginarme qué buscaba.
Te echaba de menos Veo que tienes tu vida, que ya no me esperaste. Yo me voy. Perdón por interrumpir la fiesta familiar y se iba ya al pasillo cuando le paré.
¡Espera, Alejandro! ¿A qué has venido? ¿A removerme el alma? Fernando me ayuda a sobrellevar la soledad y, por cierto, está criando a tu hijo de dos años aún le podía el amor.
He vuelto para estar contigo, Carmen. ¿Me aceptas? me miraba con ojos de cachorro.
Venga, pasa, que hoy toca cocido madrileño. Se me cayó el alma a los pies, pero más cayó el Aguirre: allí me inundó la felicidad. Al menos ha vuelto, no me ha olvidado. ¿Para qué ponerme estupenda?
Fernando recibió la patada definitiva. A mi Juanito le tocaba tener papá de carne y hueso, no de rebote. Fernando, por su parte, se casó luego con una buena muchacha, madre de dos niños.
Pasaron unos años. Alejandro nunca llegó a querer a Juanito como un padre de verdad. A él le parecía un hijo ajeno, convencido de que era de Fernando.
Alejandro nunca sintió a Juanito como suyo. Yo lo notaba. Además, Alejandro siempre fue un picaflor. Iba de flor en flor, y yo sufría lo mío, pero me lo tragaba a cucharadas pequeñas.
Para consolarme pensaba: el que quiere siempre se queda en la inopia. No tenía que inventar excusas; yo simplemente le quería. Alejandro era mi sol. De vez en cuando quería mandarlo todo a paseo, pero por las noches, en la almohada, me arrepentía. ¿Y dónde iba yo a encontrar otro igual? Y además, si él sin mí, se perdería. Yo era su amante, su esposa y su madre, todo en uno.
Alejandro se quedó huérfano de madre con catorce años. Murió mientras dormía. Igual por eso, anda toda la vida buscando mimos por ahí. Siempre le perdoné todo, y encima le daba pena. Una vez tuvimos una bronca gorda y lo eché de casa. Alejandro cogió el petate y se fue a casa de unos parientes.
Pasó un mes y ni me acordaba del motivo de la pelea. Pero él no volvía. No me quedó más remedio que ir a casa de la tía, que se sorprendió de verme:
Carmen, ¿a qué vienes? Si Alejandro ha dicho que ya os habéis divorciado. Ahora sale con otra.
Por la tía supe la dirección de la susodicha y me planté en su casa.
¡Buenas! ¿Está Alejandro? ¿Puede salir un momento? intenté ser educada.
La muchacha se río con sorna y me cerró la puerta en las narices. Me fui sin rechistar.
Alejandro volvió al año. Y la chica ya tenía una hija: Inés. Siempre me he culpado de haberlo echado de casa aquel día. Igual sin eso, no aparece la recogedora de camisas y no hay hija ilegítima. Desde entonces, me dediqué a mimar más a Alejandro, mimarle como nunca.
Nunca hablamos abiertamente de Inés. Parecía que, si nombrábamos el tema, nuestra familia se desmontaría como un castillo de naipes. Mejor silencio, no vaya a ser que se desborde el incendio.
Hombre, que Alejandro tuviera una hija fuera de casa ¿A quién no le pasa? ¡Que no se dejen camelar por las busconas, y punto!
Así seguimos con los años. Alejandro se volvió más casero, tranquilo, hogareño. Las aventuras quedaron atrás. Ahora pasa el día entre el salón, el sofá y el telediario. Nuestro hijo se casó joven y nos dio tres nietos.
Y zas: años después, apareció Inés, su hija extraoficial, pidiendo que acogiéramos a su pequeña.
Ahí sí que me lo tuve que pensar. ¿Cómo explicarle a Juanito que de la nada tiene una hermanastra desconocida? Él no sabe nada de las andanzas de su padre.
Por supuesto, hicimos los papeles y nos hicimos cargo de Lucía, una niña de cinco años. Inés falleció, la vida la llevó pronto, con treinta. Toda tumba acaba cubierta de hierba, pero la vida sigue.
Alejandro se armó de valor y fue a hablar con Juanito como hombre. Nuestro hijo, escuchó el confesionario del padre y sentenció:
Papá, mamá, lo que pasó, pasado está. Yo no juzgo. Pero la niña es de la familia, tenemos que acogerla.
Alejandro y yo suspiramos de alivio. Nos ha salido buen hijo, de los que tienen corazón.
Lucía ahora tiene dieciséis años. Adora a su abuelo Alejandro, le cuenta sus secretos; a mí me llama abuela y dice que, de joven, seguro era igualita que ella. Yo, sin rechistar, le digo que por supuestoUna tarde, mientras tomábamos chocolate con churros, Lucía preguntó:
Abuela, ¿tú alguna vez te has arrepentido de algo?
La miré, sintiendo el peso de todos los años y todas las historias que habíamos tejido, unas con hilos de oro, otras con remiendos mal hechos. Sonreí, cogí su mano y respondí:
Cariño, uno siempre se arrepiente de no haber querido más. Por eso, cuando la vida te regale una familia de retales, dale un abrazo y átala fuerte, que a veces el amor viene de donde menos lo esperas.
Desde el sofá, Alejandro soltó una carcajada y levantó su taza brindando en el aire:
¡Por los líos de familia, que al final son lo único que merece la pena!
Y allí estábamos: con nuestras cicatrices, nuestros secretos y nuestras segundas oportunidades. Mientras Lucía y yo reíamos, me di cuenta de que, pese a todo, la vida me había dado justo la familia que necesitaba. Y en ese maremagnum de pasados y presentes, comprendí que la felicidad como una buena masa de churros nunca sale perfecta a la primera, pero siempre se disfruta mejor en compañía.





