El invierno había cubierto el patio de Javier con un manto blanco, suave y denso. Su perro leal, Rómulo, un impresionante pastor alemán, se comportaba de un modo que Javier nunca había visto.
En vez de refugiarse en la caseta amplia que Javier le había construido con tanto esmero el pasado verano, Rómulo insistía en dormir fuera, tumbado directamente sobre la nieve. Javier miraba preocupado desde la ventana del salón y sentía el corazón apretado: Rómulo jamás había actuado así.
Cada madrugada, al salir para darle los buenos días, Javier notaba la tensión en la mirada de su perro. Cada vez que intentaba acercarse a la caseta, Rómulo se interponía entre él y la entrada, gruñendo quedamente y mirándole suplicante, como si murmurase: Por favor, no entres ahí. Ese comportamiento, tan extraño tras tantos años de amistad, no le dejaba descansar ¿qué ocultaba su mejor amigo?
Decidido a desvelar el misterio, Javier ideó una pequeña estrategia: atrajo a Rómulo a la cocina con un trozo de solomillo jugoso y aromático. Mientras Rómulo, encerrado en la casa, ladraba desesperado tras la puerta de cristal, Javier se aproximó a la caseta y, agachándose, asomó con cautela la cabeza al interior. El corazón se le paró en seco cuando, acostumbrándose la vista a la penumbra, descubrió una figura que le heló la sangre
Dentro, enroscado en una manta raída, temblaba un gatito diminuto sucio, aterido, apenas respirando. Sus ojos luchaban por abrirse y el pequeño cuerpo no dejaba de tiritar. Rómulo debía de haberlo encontrado en alguna parte y, en vez de espantarlo o dejarlo a su suerte, le había dado refugio. Dormía fuera solo para no asustarle y vigilaba la entrada como si en esa caseta guardase el mayor de los tesoros.
Javier contuvo el aliento, se arrodilló y, con extrema suavidad, recogió en brazos a la criatura. En ese mismo instante, Rómulo irrumpió corriendo hacia él y se pegó a su costado ni gruñendo ni imponiéndose, sino velando con ternura, listo para protegerle.
Eres un buen perro, Rómulo susurró Javier, estrechando al minino junto al pecho. Mejor que muchos hombres.
Desde aquel día, en el patio de Javier ya no vivían solo dos amigos. Eran tres. Y la caseta, construida con tanto cariño, recuperó su sentido: una pequeña casa para almas rescatadas.






