Examen para adultos — Lucecita, ¿por qué no vienes a celebrar con nosotros el fin del proyecto? —p…

El examen de los adultos

¡Lucía, por qué no vienes con nosotros a celebrar el final del proyecto? preguntó Juanri con una sonrisa y hasta le guiñó un ojo.
Porque, querido mío, hoy tengo una cita contestó, algo sonrojada, Lucía.
¡Vaya sorpresa! Juanri alzó las cejas, realmente alarmado. Conocía a Lucía desde hacía cinco años, madre soltera y siempre le había parecido que no estaba buscando pareja… Aunque, vete tú a saber. A lo mejor siempre lo había hecho y él jamás se dio cuenta. Bueno, pues no te entretenemos más, a ver si te sale redonda la noche le deseó antes de girarse hacia sus compañeros ¿Nos vamos?
Sí.
¡Venga, a por unas cañas!
¡Claro que sí! contestaron los demás y todos pusieron rumbo al bar de la esquina.

Juanri andaba al lado de todos y sonreía, pero en el fondo le recorría una punzada de celos. Aunque, ¿celos de qué? Nunca hubo nada entre él y Lucía, ni lo habría nunca. Cosas laborales y amistad, y ya está.

Qué cosas, pensó Juanri.

* * *

Aquel día llegó a casa más tarde de lo normal, mucho más. En cuanto cruzó la puerta, sus hijos se le echaron encima gritando: ¡¡Papá, papá!!. Detrás venía Marta, su mujer.

¡Juanri, por fin llegas!
Le abrazó y le dio un beso.
Hemos aprovechado y hemos hecho un barco chulísimo con los peques. Y tú siempre liado por ahí, le reprochó Marta, con media sonrisa.
Pues yo no estaba de paseo, estaba ganando euros le soltó, un poco gruñón ¡Y tengo derecho a quedarme en la oficina el tiempo que quiera!
Por supuesto que sí concedió ella.
Y no necesito interrogatorios, que ha sido un día largo añadió Juanri, todavía con el ceño fruncido.

Si le hubieran preguntado en ese instante por qué contestaba así, ni él mismo podría responder. Ni idea. Sólo lo sentía dentro, una necesidad de pinchar.

¿Te ha picado algo esta tarde, cariño? se rió Marta, dándole otro beso.
Y ahí lo entendió Juanri: lo que quería era borrar la sonrisa de su cara, que ella estuviera tan fastidiada como él se sentía ahora mismo.

No, sólo cansado. Anda, calienta la cena intentó sonar normal y, en cuanto Marta fue a la cocina, se sentó en el banco del recibidor y se tapó la cara con las manos.
¿Pero qué me pasa?, se preguntó al borde del susto.

* * *

Unos días después el malhumor ya se le había pasado. Pensó en todo aquello y llegó a la conclusión de que en el fondo, todo ese lío era por haber querido reunir a todo el equipo para celebrar el proyecto. Y que le fastidió que Lucía dijera que no.

Ahora estaban enfrascados en un nuevo reto y Juanri se metió de lleno en él.

* * *

Lucía, igual hoy tienes que quedarte un poco más, me hacen falta los cálculos le pidió un día.

Perdona, pero hoy tengo que ir a ver a mi madre negó ella, firme Para mí es importante. Pero mañana llego antes y te lo dejo todo listo.

Vale, aceptó Juanri hecho.

Aunque en realidad se quedó frío. ¿Y ahora qué? Si el proyecto es lo más importante… ¿No?

¿Está mala tu madre? acabó preguntando.
Sí, bueno, algo así murmuró Lucía, bajando la mirada.

Entiendo asintió él. Cuando es por una madre enferma, vale. A esas cosas no se les da la vuelta.

Pero más tarde se enteró (por los cotilleos del equipo) de que de enferma, nada. Lucía le había dicho eso sólo para salir antes, pero en realidad salía con su chico.

¿Cómo que no ha ido a ver a su madre? se quedó de piedra cuando se lo contaron.

Que sí va, pero con su novio soltó Carmen, que miraba por la ventana Mira…

Juanri se asomó y vio salir a Lucía por la puerta del edificio, un chico la esperaba con una sonrisa. Se tomaron de la mano, subieron juntos al coche y se marcharon.

Y ahí le volvió esa punzada de celos, pero esta vez lo devoraba entero.

¡Vaya! Que sí… ¡que ha encontrado pareja de verdad!, se le cruzó por la cabeza.

Bueno, pues nada forzó la voz para que sonara indiferente A las seis se termina la jornada, así que quien tenga que irse, que se vaya.

Volvió a sentarse en su mesa, intentando concentrarse, sólo que por más que lo intentaba, no salía de ese nudo en el estómago.

* * *

Pasaban los días y Juanri estaba cada vez más inquieto. No entendía qué le pasaba. Al principio era esa inquietud rara, una especie de cosquilleo: si oía la voz de Lucía o le saltaba un mensaje suyo, el corazón le palpitaba como si tuviera quince años. Igual que le ocurría cuando empezó a salir con Marta.

¿Me estoy enamorando?, pensó asustado, sintiéndose ridículo y a la vez aterrado. Por eso lo ignoraba, como si fuera un bicho raro. No pegaba a sus cuarenta años. Tenía familia. Quiere a su mujer. Bueno, mejor dicho la respeta, le tiene cariño, gratitud. Pero ¿amor? Ese amor loco, el de juventud, ese ya se había esfumado. Aunque quizá eso sea hasta normal

Pero con Lucía, la cosa crecía. Se empezó a dar cuenta de cosas absurdas: que se ponía recto al verla entrar, como queriendo que lo notara. Que buscaba excusas para preguntarle cosas, hablar con ella. Y luego volvía a repasar mentalmente cada frase, cada gesto.

Un día se sorprendió pensando: ¿Y si la hubiera conocido antes? ¿Antes de los niños? Y ahí casi le da un vuelco al corazón, porque supo que sí. Que habría llegado a buscar una justificación, poco a poco, para marcharse. Habría dejado todo atrás sólo por la posibilidad de probar con ella.

Eso le hizo sentir una culpa brutal. Se le vino encima como un chapuzón de agua helada.

Miró la foto de su familia que tenía en la mesa: Marta, los peques, todos sonrientes en la playa. Todo correcto. Todo en orden. ¿Entonces por qué sentía que vivía una vida que no era la suya?

No encontraba respuesta. No entendía por qué entonces, por qué Lucía, si llevaban tres años trabajando juntos. ¿Por qué ahora no puede dejar de pensar en ella?

Sentía que su mundo se tambaleaba. Sus valores, lo que siempre le anclaba, se resquebrajaban. Sabía que no quería fallarle a nadie, no quería perder a sus hijos, ni destruir lo que tenía, pero tampoco era capaz de arrancarse lo que sentía.

* * *

Aquella mañana se despertó pronto, aún era de noche salvo una línea de luz colándose por la persiana. Juanri se quedó mirando al techo.

No conseguía sacar a Lucía de la cabeza. Ni un minuto. Incluso allí, en el calor familiar, parecía tenerla clavada como una astilla dentro.

Recordó el día anterior. Lucía se marchó una vez más temprano, otra vez con ese chico. Y cada vez que la veía irse sentía que algo dentro de él se rompía.

Me estoy perdiendo pensó y si sigo así, lo pierdo todo. No de golpe, pero sí poco a poco. Me volveré frío. Hostil. Un extraño para Marta, para mis hijos… para mí. Sabía que luego no habría vuelta atrás.

Se levantó, se vistió y se hizo un café. Se apoyó en la ventana, mirando la calle, desierta y gris. Y ahí decidió dar un giro.

* * *

¿Cómo? ¿Que te cambias de departamento? Los compañeros se agolpaban a su alrededor. Incluso Lucía.

Así es. Hay un lío en el otro departamento y voy a echarles una mano anunció Juanri.

¿Entonces es temporal?
Temporal, sí confirmó, aunque dentro supiera que no había nada más permanente que lo temporal.

En un principio pensó en dejar el trabajo. Pero sería absurdo: tenía buen sueldo, un puesto de responsabilidad, estaba bien valorado. Así que pidió traslado al otro departamento, aunque fuera sólo dos meses. Era la única manera de romper ese bucle en el que cada palabra y cada mirada de Lucía le dejaban temblando por dentro.

No quería convertirse en ese tipo de hombre capaz de perderlo todo por un arrebato. Ni justificarse con aquello de bueno, al final soy humano. Sabía que el dolor pasaría con el tiempo.

Esa noche, le dijo a Marta:
Quiero pasar más tiempo contigo y con los niños. No me apetece estar siempre desaparecido por el curro.
Ella le miró sorprendida.
¿En serio?
Sí. Siento que me estoy perdiendo muchas cosas. Con los peques. Contigo.

Marta no dijo nada, sólo sonrió, de esa forma tan suya que siempre le calaba hondo.

Empezó a acompañar a los niños al parque, a recogerlos del cole, a implicarse en los festivales o partidos a los que antes iba a regañadientes. Hablaba con Marta de verdad. De su día, de lo que pensaba, de lo que le inquietaba. Y escuchaba también a Marta.

A veces pensaba: ¿Por qué no hacía esto antes? ¿Por qué lo veía como un sacrificio y no como una oportunidad de conocer a la persona que tengo al lado?

No dejó de pensar en Lucía, no del todo. Esas ideas seguían ahí, de fondo. Pero ya no le dolían. A veces la veía de lejos en el trabajo, y sentía como un pellizco, pero nada más. Era sólo el recordatorio de que pudo escoger otro camino, y que eligió la familia. Y sentía agradecimiento.

* * *

¡Juanki! ¡Juanri!

Juanri iba por el pasillo del Corte Inglés hacia la sección de juguetes cuando escuchó que le llamaban. Se giró y vio a Lucía.

¡Hombre, Lucía! ¡Cuánto tiempo! Todo el mundo preguntando cuándo volvías. Ya hace un año que no te dejas caer por allí.
Juanri sonrió, sintió alegría genuina, pero nada de dolor por dentro.

Me alegro mucho de verte, Lucía.
¿Todo bien? preguntó ella.
Sí, bueno más que bien contestó él, y notó que decía la verdad.

¿Por qué no volviste al equipo? insistió ella.
Necesitaba un cambio resumió ¿Y tú?

Yo… pues me he casado. Es buen tipo. De verdad. Mi hija le ha cogido mucho cariño.
Juanri asintió. No sentía celos. Sólo una extraña alegría, como al ver a un amigo de otra vida.

Me alegro mucho le dijo sinceramente.

Charlaron un rato sobre la empresa, viejos conocidos del trabajo. Nadie propuso ir a tomar algo. Los dos sabían que ahí terminaba su historia juntos. O que, si comenzaba algo nuevo, no iba a ser entre ellos.

Al despedirse, Juanri fue a por su regalo. Salió, se montó en el coche y de repente se dio cuenta: ya no sentía nada por Lucía. Ni dolor, ni ese nervio, ni ganas de tirarlo todo. Nada.

Miró al semáforo, a la gente cruzando, a los niños de la mano, y por primera vez en mucho tiempo se sintió justo donde tenía que estar.

No era una vida de película, ni un cuento de hadas. Pero sí era la suya. Real. Compleja. Pero suya.

* * *

Lucía y Marta estaban juntas junto a la cinta de correr, en el gimnasio de siempre. Hacía tiempo que coincidían en clases de pilates y se habían hecho buenas compañeras.

¿Qué tal la charla? le preguntó Marta.
Lucía se encogió de hombros.
Nada especial. Me deseó felicidad Así que, has ganado tú dijo, sonriendo Tienes un marido increíble.
Lo sé respondió Marta, guiñándole un ojo con complicidad. Y siempre lo supe.

Ambas se miraron y rieron suavemente, satisfechas con la vida.

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MagistrUm
Examen para adultos — Lucecita, ¿por qué no vienes a celebrar con nosotros el fin del proyecto? —p…