Un día estaba buscando unos documentos y, cuando por fin los encontré, mi vista se posó sobre los papeles relativos a nuestro piso. Algo en ellos me sorprendió y me puso muy nervioso, porque

Tío, te voy a contar lo que me ha pasado, porque todavía estoy en shock y no termino de creérmelo. Los padres de Lucía, ya sabes, mi mujer, nos regalaron un piso por nuestra boda. Un regalazo, literalmente nos entregaron las llaves, súper formales, diciendo que ya era nuestro, que éramos los dueños. Eso sí, el piso era nuevo, lo compraron directamente de obra, vamos, sin nada hecho dentro.
La madre de Lucía soltó la típica, que como ellos ponían el piso, pues mis padres podrían echar una mano con la reforma y amueblarlo y eso. Te cuento que mis padres ya nos habían dado una buena cantidad de dinero antes, pero aun así dijeron que ayudaban con la reforma. Mi padre es albañil, así que nos pusimos manos a la obra nada más casarnos. Él compró casi todo, yo me pasaba ahí dándole fuerte al bricolaje y Lucía venía a ayudar de vez en cuando. Hasta mi suegro se pasaba y arrimaba un poco el hombro cuando podía.
Decidimos no alquilar nada hasta terminar la reforma para ahorrar unos euros y mientras tanto nos fuimos a vivir con los padres de Lucía. Todo parecía bien, hasta que un día, buscando unos papeles, me encontré los documentos del piso. Y ahí, colega, me llevé un susto de los gordos: ¡Resulta que la dueña del piso es mi suegra!
Esa noche, iba con mi padre a comprar material para el baño, pero le pedí aplazarlo. Tenía que asimilar lo que había encontrado y hablarlo con calma, porque me dejó tocado.
Cuando ya estábamos todos en casa, fui directo al grano:
¿Por qué es mi suegra la dueña del piso? ¿Por qué no Lucía?, le pregunté a mi padre.
Mi suegra, con toda la tranquilidad, va y me suelta:
¡Ay, de verdad, qué inocente eres! Es para no herir a nuestra Lucía, hijo.
Y yo:
¿Entonces? ¿Por qué?
Porque os podéis divorciar y vas a querer quedarte con la mitad del piso, ¿no lo ves?
Yo flipando, le digo:
¿Pero no se supone que es nuestro? ¿Entonces es justo que mi padre y yo estemos dejando una pasta en la reforma, casi media vivienda, y ahora resulta que ni tu hija ni yo somos dueños ni de una pared? ¡Pero si acabamos de casarnos! ¿Por qué piensas en divorcio ya?
Lucía entonces se queda callada y dice bajito:
Mamá, te pedí por favor que el piso estuviera a mi nombre…
Ahí me doy cuenta de que Lucía sabía del tema y me enfadé aún más:
Entonces, ¿lo sabías y no me dijiste nada?
Ella, medio apurada, me dice:
Sabía algo, pero le pedí a mamá mil veces que pusiera el piso a mi nombre…
Total, que menudo comienzo de vida matrimonial, ¿no? Arrancamos con una mentira bien gorda. Desde entonces me vine unos días a casa de mis padres y Lucía está intentando hablar conmigo, pero yo necesito tiempo para digerir todo esto porque me parece increíble la jugada. No esperaba esa falta de confianza, aunque a lo mejor es que esto lo hacen todos los padres no sé, amigo, pero ¿tú qué harías en mi lugar?

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MagistrUm
Un día estaba buscando unos documentos y, cuando por fin los encontré, mi vista se posó sobre los papeles relativos a nuestro piso. Algo en ellos me sorprendió y me puso muy nervioso, porque