Te cuento, mira, hace unos meses, mi novio y yo encontramos un cuarto en alquiler en Madrid, lo tenía una señora mayor, doña Carmen, y llevamos ya unos ocho meses viviendo con ella.
Compartimos la nevera y siempre me llamaba la atención que sus baldas estaban vacías. Lo único que guardaba era una cazuela con gachas de avena hechas con agua. El jabón era del más barato y sólo lo usaba para lavar la ropa. El aceite igual, de ese que huele raro. En el pasillo tenía unos zapatos remendados más de una vez. Vamos, que la casa rebosaba humildad por todos lados.
Doña Carmen nunca se metía en lo nuestro, pasaba el día entero recogiendo latas por la calle o pegando carteles para ganarse un dinerillo. Y los domingos, su festín eran frutas pasadas que traía de la plaza del mercado.
Se me partía el alma cada vez que la veía así, y cuando algún conocido venía a visitarla, acababa yo llorando de pura rabia de ver la injusticia.
Un día, vino una mujer, tendría unos 45 años, abrió la puerta con llave y preguntó:
¿Tienes ya el dinero preparado?
Sí, hija, aquí lo tienes le respondió la abuela con una voz temblorosa.
Esto no es suficiente. Mañana voy a traer a mi hija.
¿Estos son tus invitados? ¿De quién es esta ropa?
Alquilo una habitación, hija, necesito sobrevivir. Te doy toda mi pensión intentó justificarse doña Carmen.
Pues ahora mismo voy a ver quiénes son tus inquilinos. Dicen por ahí que tienes a unos caraduras y sin más, abrió nuestra puerta.
A ver a quién tenemos aquí
Entró como un elefante en una cacharrería en un espacio que habíamos pagado religiosamente. No me lo podía creer y le solté:
Señora, cierre la puerta al salir, por favor.
¿Tú quién te crees para decirme lo que tengo que hacer? Esta casa es mía. Ahora me vais a pagar a mí, aquí tienes mi número de móvil y el de mi cuenta bancaria dijo plantando dos papeles en la mesa con toda la autoridad. Y como os retraséis con el alquiler, a la calle. ¿Cuándo pagasteis este mes?
Hija, déjalos en paz. He pagado la luz con lo poco que tenía porque si no, me la cortaban. ¿Cómo voy a estar sin luz? la pobre Carmen casi rompe a llorar.
No me aceptes más alquiler de ellos. Que me lo manden a mí, y asunto resuelto. Mañana traigo a mi hija, como te he dicho.
La mujer se fue y la abuela se sentó en la silla del pasillo y rompió a llorar. Me acerqué, la abracé y le dije bajito:
Anda, mujer, no llores, todo va a ir bien.
¿Me haces un poco de té, por favor?
Nunca la había visto con té de verdad, siempre se preparaba unas hojas de frambueso y grosellero que cuelgan en manojos por la cocina.
Aún sollozando, cogió el vaso de infusión y comenzó a contarme su historia:
Crié a mi hija sola, su padre se largó y nunca volvió. Me dejé la piel criándola. Pero salió una mujer altiva, y siempre detrás de algún hombre. Se casó a los 35 y me hizo abuela. Pero su marido es un tacaño y un interesado. Así que empecé a ayudarles económicamente.
El problema es que, con el tiempo, ayudarles se ha convertido en obligación. Se lleva mi pensión, y si no se la doy, no me deja ver a mi nieta. Pensé que si alquilaba una habitación, tendría algo para comer, pero ahora también quiere quedarse ese dinero. ¿En qué fallé criando a mi hija?
La abuela se quedó sin palabras, llorando en silencio. Me dio una pena tremenda.
Ahora quiere que me vaya de aquí. Quiere vender el piso y llevarme a un estudio diminuto en la periferia o a saber si me deja en la calle. Empieza a amenazar con dejarme sin ver a la niña si no cedo. Y yo, por ver a mi nieta, haría cualquier cosa, hasta vender mi casa.
Cuando mi chico, Javier, volvió de la facultad estudia cuarto de Derecho, le pregunté si podía hacer algo para ayudar a la señora.
Nos pusimos manos a la obra: hablamos con vecinos que habían oído los gritos de su hija, conseguimos testigos, los citamos para una posible audiencia. Y también le sugerimos que pidiera informes médicos por si a la hija se le ocurría decir cosas raras en el juzgado.
Ganamos el caso, tía. Ahora la abuela puede ver legalmente a su nieta: un par de horas cada dos semanas. Y ya no tienen cómo chantajearla con la pensión. Empezó a comer carne, las frutas frescas son ya habituales en su mesa. Nosotros le ayudamos de vez en cuando con arreglos en casa, nada grande, pero pintar o quitar ese papel pintado viejísimo sí sabemos hacerlo.
Nos está tan agradecida que ya ni nos deja pagar el alquiler del cuarto. Y aún así, como podemos, se lo dejamos ahí sin que se entere.
Te digo una cosa: ¿cómo puede alguien tratar así a su propia madre? Quitarle la pensión, ignorar lo que come una mujer que te dio la vida. Menuda falta de vergüenza.
Cuidad a vuestros padres, de verdad. Si estamos aquí es solo gracias a ellos.





