Diario de Mariana
Llevo en el hogar de niños desde que tenía cinco años. Nunca llegué a entender del todo por qué acabé aquí; tan solo recuerdo que un día mi abuela no se despertó y mi madre nunca regresó. Después vinieron esas manos desconocidas, aquellas paredes pintadas de un blanco hospitalario y ese olor eterno a col cocida que parece incrustado en los ladrillos. Al principio lloraba todas las noches, pero luego simplemente dejé de hacerlo. Aprendí a existir, a estudiar en silencio, con esmero, como si por mi esfuerzo un día me fueran a recompensar con algo verdadero.
De todas las estancias, mi favorita ha sido siempre el gimnasio. Es grande, con un suelo de madera que cruje y ventanas altas cubiertas de polvo, pero tiene algo mágico. Comparado con mi pequeña habitación número ocho, compartida con otras tres chicas, el gimnasio es como un palacio de cuento. Cuando el balón naranja rebotaba firme marcando el ritmo, era fácil olvidar todas las penas. Y si conseguía encestarlo, rozaba una felicidad casi auténtica. Casi, porque la felicidad total solo existe en familia, o eso pensábamos todos los niños, que manteníamos reservada una esquina del corazón para el día en que pudiéramos reír y alegrarnos con ellos.
Era ágil, saltaba alto, el balón obedecía a mis manos. La educadora, doña Carmen Valero, me dijo un día: «Tienes alma de deportista, Mariana. Esta tarde llamaré a un entrenador conocido, quizá puedas unirte a una sección de baloncesto de verdad.»
Y así fue.
Desde los doce empecé a ir a los entrenamientos. Primero me eligieron para el equipo del barrio, después para el de la ciudad. En la final de la competición provincial, fui la mejor jugadora, sumando 32 puntos para mi equipo.
El presidente del comité deportivo me entregó la medalla, diciendo: «Enhorabuena, muchacha. Tienes mucho futuro.» Casi se me escapan las lágrimas por esas palabras, aunque él lo atribuyó a la simple alegría infantil. Más tarde, al verme salir sola bajo la noche desde el gimnasio, me llamó:
Mariana, ¿por qué nadie viene a recogerte? ¿Dónde vives tú?
En el Hogar de Niños número tres, a cuatro paradas en tranvía de aquí.
Perdona, Mariana, no lo sabía. Soy Francisco Romero. Ven, te acerco en coche.
Era la primera vez en mi vida que viajaba en coche, sintiéndome extrañamente bien.
¿Quién se ocupa de ti allí?
Doña Carmen Valero, la educadora.
¿Me la presentarás?
Claro, aunque no estará hasta mañana por la mañana.
Bien, mañana hablaré con ella.
Me intrigaba qué querría hablar este señor tan serio con la profesora, pero no me atreví a preguntarlo.
Al día siguiente, tras las clases, doña Carmen me llamó a su despacho. Me explicó que don Francisco le había preguntado si necesitaba algo Mariana Ruiz. Ella respondió que en el hogar tenía de todo, salvo quizá un abrigo nuevo.
Le conté que creces muy rápido y ya no te valen los talles de niña. Toca comprar ropa de mujer. Preguntó tu talla y, mira dijo colocando un paquete de papel en la mesa, venga, vamos a probarlo.
Me quedé de piedra cuando descubrió un abrigo blanco inmaculado, con cinturón estrecho y botones color ámbar. Era tan bonito y diferente de todo lo que había llevado nunca que ni siquiera pude articular palabra. Lo más importante: era completamente nuevo, sin iniciales marcadas en la etiqueta, como solía suceder en la ropa del almacén.
¡Madre mía, Marianita, semejante abrigo solo lo he visto en las actrices del cine! Menudo regalo, hija. Venga, póntelo y da una vuelta.
Casi sin darme cuenta, sentí el frescor del forro, seguido de un calor agradable, como si alguien me abrazara fuerte. Me vi gracias al espejo, ruborizada y sonriendo de forma insólita, enfundada en mi elegante abrigo que se ajustaba perfectamente a mi cuerpo deportivo. La falda vieja y la camiseta roja no pegaban nada, pero eran detalles insignificantes, no me estropeaban la ilusión.
¡Y eso no es todo! dijo doña Carmen, tan feliz como yo. Mira, toma esto.
Me pasó un papel doblado, adornado con el dibujo de una exploradora.
¿Qué es eso, Carmen?
Tu plaza para el campamento de verano Juventud. Irás la primera quincena; aquello es precioso. Otro regalo de don Francisco, que Dios le bendiga.
Aquella noche no podía dormir. Los recuerdos bailaban en mi mente como imágenes de una televisión en color: la victoria, la medalla, el paseo en coche, la plaza en el campamento y, por supuesto, el precioso abrigo nuevo que dormía en mi armario.
Sin hacer ruido, me levanté de la cama, abrí el armario y me puse el abrigo ya le había puesto nombre: Blanquita.
Fui despacio al pasillo, asomándome a la ventana desde la que caía la primera lluvia de primavera. Por primera vez, no me alegraba del fin del invierno; deseaba prolongar aquel momento elegante.
***
Calzado: zapatillas limpias para deporte repasaba la lista doña Carmen la víspera del viaje; gorra obligatoria y abrigo de entretiempo, Mariana, mira, aquí lo pone. No protestes, si aparece en la lista, es que es necesario.
Asentí, aunque no entendía qué sentido tenía un abrigo en pleno verano. Pero por las noches refrescaba y, además, no quería dejar mi bien más preciado en el armario común.
Nada más llegar al pabellón del campamento Juventud, me miraron como a un bicho raro. Las demás llevaban chaquetitas, cazadoras modernas y chalecos vaqueros. Yo, con mi abrigo. Como no cabía en la mochila ocupada casi entera por el balón tuve que llevarlo puesto.
¿Vas de abuela o qué? rió una delgada llamada Beatriz, de la cama de al lado.
¡O de abuelo! bromeó otra.
Pero si el invierno acabó hace meses apuntó la chica de la ventana.
A lo mejor viene del norte, ¡a lomos de un reno!
No es asunto vuestro dije sin alzar la voz, apretando los puños. Las miré con tal firmeza que no siguieron molestando.
Colgué el abrigo en la silla y salí fuera.
Qué rara es esa chica murmuró una compañera, cerrándose la puerta tras de mí.
Di una vuelta por el campamento. Vi el comedor, el escenario, el campo de fútbol, la red vieja de voleibol. El rincón de baloncesto, sin embargo, estaba lleno de hierba alta, y de dos canastas solo una tenía aro.
¿Para qué habré venido? me pregunté, apoyándome en un chopo, pero sacudí la cabeza y pensé que aguantaría los 21 días. Blanquita, el balón y yo, no necesito más. Aquellas chicas me daban igual. Volví a ese antiguo sentimiento de soledad.
Al día siguiente, inauguraron la temporada con hoguera y discoteca. Las llamas bailaban reflejadas en mis ojos, luego la luz multicolor de la pista. Yo no bailaba, pero adoraba la música, así que me senté a un lado, entre las acacias, escuchando canciones extrañas.
Antes de dormir, las chicas contaban historias de miedo y argumento de películas extranjeras, algunas ya tenían vídeo en casa. Yo cerraba los ojos y fingía dormir. ¿Qué podía contarles yo? ¿Las lágrimas de las nuevas cada noche? ¿Las cortezas de pan bajo la almohada, robadas del comedor? ¿La vigilancia constante a los adultos desconocidos, esperando que preguntaran por ti?
Cuando en el campamento necesitaban más chicas para el equipo de voleibol, la monitora dijo: Mariana, tú haces deporte, ven a probar.
Fui, aunque nunca había jugado al voleibol; allí no se atrapa el balón, se golpea.
La capitana era Lucía: valiente, guapa, con trenza larga.
Deja de atrapar el balón, que esto no es baloncesto, ¡pásalo, suave! me gritaba.
Pero el balón se me escapaba, ligero como el aire, y siempre volaba fuera de la pista.
Ay, larguirucha, ¡más que ayudarte me haces la puñeta! suspiraba Lucía. Ponte en la red, a bloquear.
Después de varios bloqueos inútiles y otra tanda de críticas, me fui a coger mi balón, despejé la hierba de la pista de baloncesto y empecé a lanzar una y otra vez.
Llegaron los días de rutina: calentamiento, limpieza, comedor, ensayos para el Tú sí que vales, y otras actividades típicas del campamento.
Lo que más me gustaban eran las tardes de cine. Los encargados sacaban un cartel con el título y por la noche venían de la aldea con la peli. Yo siempre me sentaba en la última fila, embobada con los marineros valientes y con indios salvando a su tribu.
El resto del tiempo tiraba a canasta, incluso por la noche, cerca de Blanquita, mi abrigo blanco como un guardián fiel.
Yo nunca iba a las discotecas. Cuando las chicas se arreglaban, yo me quedaba fuera, en un banco antiguo entre los arbustos.
Un día, escuché un susurro. Era Lucía y un chico del primer grupo, escondidos, creyéndose solos. De repente aparecieron tres chicos del pueblo, largos y borrachos, con cigarrillos encendidos. Vieron a la pareja y se acercaron. El chico huyó corriendo, Lucía quedó sola, asustada como un pájaro atrapado.
Mira qué guapa se ha venido la señorita a nuestro pueblo decían rodeándola.
Lucía gritó, pero nadie la oyó.
Salí corriendo, rápida y decidida, y me puse a su lado.
Dejadnos en paz les escupí, ¡os rompo la cara!
Al principio dudaron, pensaban que veía un fantasma blanco, pero cuando vieron que era una chica, se crecieron.
¡Toma, otra para ti, Javi! ¡Esta tiene piernas largas!
El más alto intentó agarrarme, pero me adelanté con un puñetazo torpe, pero decidido. Lucía tiró del pelo a otro y volvió a gritar. En ese momento la música hizo una pausa y acudieron otros chicos y monitores. Cogieron a dos, el tercero quiso escapar, pero lancé mi balón directo y lo tumbé.
Vaya tiro, colega me dijo Lucía, ya más tranquila, gracias.
De nada respondí, cogí mi balón y me fui.
¿Estás bien? me alcanzó Lucía por primera vez sin burla.
Sí, tranquila.
A la mañana siguiente, después del calentamiento, Lucía gritó:
¡Ven a hacer pareja conmigo, hermana! ¡Te voy a enseñar a sacar!
No creo que pueda, Lucía.
¡Claro que puedes!
Y a los pocos minutos el balón ya volaba de lado a lado.
¡Más suave, Mariana! ¡Las yemas de los dedos, así, bien!
Desde entonces, todo empezó a cambiar. Poco a poco, pero cambió.
***
El Día de Visitas, una sorpresa: ¡nevó! Desde el amanecer, caía una nieve silenciosa. Las manillas escarchadas y los copos sobre las rosas parecían de película, pero todos tiritábamos.
No pude ir a encestar por culpa de la nieve, así que me senté a mirar por la ventana.
A medida que avanzaba el día, llegaron los padres. Del portón al despacho corría un cable de teléfono que no callaba.
Por megafonía, colgada de un pino, decían:
Beatriz Molina, Aida Robles, Iñaki Sánchez, vuestros padres han llegado.
Y los niños corrían al encuentro de sus familias.
Vaya frío, chicas dijo Beatriz, así me agarro una pulmonía. Bueno, no pasa nada, la sudadera me basta.
Pero entonces una voz sonó, diferente a todas las de allí:
Ponte mi abrigo, Beatriz, es calentito, no te resfriarás.
Todas miraron por la ventana al ver cómo le ofrecía mi abrigo blanco justo a la que una semana antes lo había llamado de abuela.
Gracias, Marian Mariana.
Así fue circulando el abrigo, de una a otra: estuvo en decenas de abrazos, impregnado de perfumes ajenos, de manzanas y caramelos. Cada chica me traía algo: chocolate, zumo, un puñado de almendras Yo no quería recoger nada, pero al caer la tarde mi mesilla era un auténtico bodegón de regalos.
Por último, Lucía salió corriendo con el abrigo y desapareció entre la nieve. Observando cómo se marchaba, pensé que daría lo que fuera porque alguien viniera a verme a mí.
Me tendí en la cama, tapada hasta la cabeza como si fuera la cabaña de la infancia.
Me despertó el roce de una mano. Vi el perfil de una mujer sentada a mi lado. Creí soñar y me giré, pero ella seguía ahí.
¿Mamá? pregunté, sin abrir del todo los ojos.
Sí respondió la mujer, ¿me dejas ser tu madre?
Y yo tu hermana, de verdad era la voz de Lucía.
Me senté por fin y vi a una mujer muy guapa, con una mirada honesta, como la de doña Carmen. Ella sonrió:
Lucía me ha hablado tanto de ti que te vine a querer antes de conocerte. Dice que eres la mejor y que no se irá sin ti.
Di que sí, Mariana, por favor insistió mi nueva amiga.
¿Y tu padre? ¿No le importará?
No, ya lo sabe. De hecho, te conoce.
¿Cómo?
Me vio con tu abrigo, preguntó de inmediato por él. Le dije que era de mi hermana, Mariana. Se puso muy contento y dijo que eres maravillosa. ¿Recuerdas a don Francisco? Es él.
Acepto dije, y rompí a llorar abrazándome a mi nueva madre y hermana.
Así nos encontraron las compañeras al regresar.
***
Don Francisco esperaba en el coche. Al vernos alegres, entendió todo y dijo que le haría muy feliz ser el padre de otra hija.
Desde ese instante algo cambió en mí. Por fin abrí esa cortina que protegía mi felicidad y pasé de niña callada a charlatana y alegre, la estrella del campamento.
Las chicas me adoraban tras lo del abrigo, y además, decidí compartir mis dulces en una merienda nocturna con velitas en mi colchón.
Me convencieron para participar en el concurso de Señorita Juventud: aprendí a bailar, peinarme y llevar vestidos. A la semana, la megafonía anunció que los padres de Lucía y Mariana venían a vernos. De la mano, corrimos hacia ellos.
Y todos los que allí estábamos, sabíamos que vivíamos quizás, los instantes más felices de nuestra vida.





