Hace muchos años, la abuela María fue despedida por toda la familia justo al comienzo de la primavera. Sin ocultar lo que sentían, le decían directamente lo cansados que estaban de su presencia en casa y hablaban con alivio de que, por fin, había llegado el buen tiempo y era momento de que se marchara al pueblo hasta bien entrado el otoño. Sus nietos apenas le dirigían la palabra, su nuera Carmen nunca le mostró cariño, y su hijo Antonio apenas estaba en Madrid por culpa de los constantes viajes de negocios. Cuando regresaba, tampoco era más amable con la pobre María.
Para ellos, ella era un lastre. María lo comprendía y soportaba el desprecio con dignidad, aguardando cada año la llegada de la primavera como quien espera algo genuino y seguro. Esa estación era su esperanza y su hogar.
Ese año, la primavera llegó temprano. María solía sentarse, envuelta en sus viejos mantones y zapatos gastados, en la puerta del bloque de apartamentos, mirando el cielo por donde paseaban las golondrinas. Su aspecto era frágil, y a menudo se la veía como a un pequeño gorrión mojado. Pero aunque su familia la trataba con frialdad, los vecinos siempre le tenían respeto. Al pasar la saludaban, preguntaban por su salud, y le ofrecían ayuda para subir los cinco pisos sin ascensor. Los niños del edificio, incluso, alguna vez le cargaron la bolsa de la compra cuando la encontraron por el camino de regreso del mercado.
María, pese a los años, nunca dejó de atender la casa: cocinaba, lavaba y limpiaba. Eran sus obligaciones, pues Carmen apenas hacía nada de eso. Si estás todo el día encerrada en casa, por lo menos haz todo tú, decía su nuera cada tarde, lanzando sus zapatos sobre el felpudo y marchándose de inmediato.
Sus nietos no hablaban con ella, y cuando llegaban amigos a la casa, María se quedaba encerrada en su habitación, ya que alguna vez uno de los nietos le dijo que su presencia les avergonzaba.
Nunca contradecía a nadie, prefería guardar silencio. Y por las noches, cuando todos dormían, lloraba discretamente en su pequeño cuarto por la vida que le había tocado afrontar.
La llevaron a la estación de tren en un taxi, para ahorrarse la vergüenza de acompañarla en autobús. Apenas llevaba equipaje: sólo una bolsa antigua y un atadillo de ropa.
Apoyada en su bastón, María avanzaba despacio por el andén. Al llegar el tren, subió al vagón y miró por la ventana con ojos bondadosos y alegres. Cuando el tren arrancó, sacó de su bolsa una fotografía arrugada, donde Antonio, Carmen y sus nietos sonreían. Era en esa foto donde los veía sonreír últimamente. María la besó, y la guardó cuidadosamente.
Al bajar en la estación del pueblo, María continuó rumbo a la vieja casa de campo. Alguien la acercó en carro casi hasta la puerta, donde abrió la verja y caminó por el sendero húmedo hacia la vivienda. Allí todo era suyo, familiar. Y allí, aunque fuera una casa de paredes viejas, cerco torcido y porche inclinado, ella era necesaria. Allí la esperaban.
En ese pueblo siempre tuvo María todo, fue su vida entera. Allí nació, allí nacieron sus hijos, y allí había enterrado a su esposo y al mayor de sus hijos, que no llegó a ver la primavera de aquel año.
María abrió las ventanas y encendió la chimenea. Sentándose en el banco junto a la ventana, quedó pensativa. En aquel banco se sentaban sus hijos, en esa mesa almorzaban, en esas camas dormían, recorrían esos suelos y miraban por esas ventanas. En su memoria resonaron voces infantiles, aquellos días en los que era la madre, imprescindible y querida.
El sol iluminaba la casa, y la primavera del pueblo era acogedora y alegre. María se dejó envolver por ese cariño en el recuerdo de tantas primaveras vividas. Sonrió a la primavera de la villa, renovando su alma.
***
Por la mañana, María no despertó. Permaneció por siempre en su tierra, rodeada de las viejas fotografías y una reciente, aunque arrugada, la misma en la que sus seres queridos le sonreían el día anterior.
Mientras estamos vivos, aún tenemos tiempo de pedir perdón, de agradecer y de expresar nuestros sentimientos. No debemos dejar para mañana lo que requiere del corazón hoy. Cuando una persona se marcha, no vuelve, y los silencios y las piedras que quedan en el alma pesan demasiado.
Es preciso vivir creyendo, hablando con verdad y haciendo el bien desde uno mismo. Amar y esperar, valorar sentimientos ajenos, recordar siempre a quien nos dio la vida y nos ayudó a caminar.




