En el antiguo caserón encalado de la Moraleja flotaba el aroma de perfume francés y un aire frío de desamor. La pequeña Cayetana solo conocía una caricia cálida en ese universo de mármoles y candelabros: las manos curtidas de la tata Rosario, la asistenta. Pero un día, desapareció una suma importante de dinero de la caja fuerte, y esas manos se esfumaron de su vida para siempre. Pasaron veinte años. Ahora, Cayetana, con un niño en brazos y una verdad que la consume por dentro, vuelve a cruzar un umbral.
***
La masa tenía el olor del hogar. No aquel hogar de escaleras de carrara y lámparas de tres alturas, donde Cayetana había crecido, sino uno real y casi inventado, soñado durante las largas tardes de soledad en la cocina, viendo a Rosario amasar con firmeza y las manos rojizas de fregar agua fría.
¿Y por qué la masa está viva? preguntaba la Cayetana de cinco años, con curiosidad infantil.
Porque respira, cielo contestaba Rosario sin dejar de amasar. Mira cómo burbujea. Se alegra, porque pronto irá al horno. Es curioso, ¿verdad? Alegrarse de ir al fuego…
Cayetana entonces no lo entendía. Ahora sí.
Se encontraba al borde de un camino de tierra, temblando en la bruma de un enero castellano, aferrando a su hijo Diego, de cuatro años. El autobús que tomaron desde Madrid se alejaba y les dejaba en la quietud rural, esa en la que hasta los pasos de alguien por la nieve se escuchan a tres casas de distancia.
Diego no lloraba. Había dejado de hacerlo en seis meses de golpes y huidas, miraba a su madre con una seriedad impropia de su edad. Los ojos oscuros, la barbilla, el silencio: todo era de Álvaro. Igual que la ausencia aplastante. No podía pensar en él. No ahora.
Mamá, tengo frío.
Lo sé, cielo. Pronto encontraremos la casa.
No tenía dirección. Apenas retazos de un recuerdo: Pueblo de Encinares, cerca de Segovia. El olor de la masa, el calor de unas manos que la acariciaban sin razón. Pisaron un sendero entre cercas inclinadas y, tras el último esfuerzo, a Cayetana, agotada por el peso de Diego, le fallaron las piernas frente a una casa de tejas, la más humilde del pueblo.
El portón chilló. Dos escalones bajo nieve. La puerta, vieja, despintada, con la madera resquebrajada.
Llamó.
Silencio.
Pasos arrastrados, el arrastre del cerrojo. Y una voz cansada, inconfundible para su corazón:
¿Quién anda ahí a estas horas?
La puerta cedió.
Allí estaba Rosario, en bata y rebeca de lana, encogida y arrugada como una manzana asada, salvo por los ojos: azules, vivísimos.
Rosario… susurró Cayetana.
La anciana se quedó helada. Luego, temblorosa, alzó la mano, la misma mano de antes, y le acarició la mejilla.
¡Virgen del Pilar! ¿Cayetana, eres tú?
Cayetana casi se derrumba, apretando fuerte al niño, incapaz de articular palabra mientras las lágrimas ardían en su rostro helado.
Rosario no preguntó nada. Sin ¿de dónde vienes? ni ¿por qué?. Solo descolgó su viejo abrigo del clavo y se lo echó a Cayetana encima. Tomó a Diego entre sus brazos, quien ni siquiera se resistió, y lo apretó contra su pecho.
Anda, hija, ya estás en casa. Pasad, mis tesoros.
***
Veinte años.
Tiempo suficiente para levantar y perder imperios, para olvidar una lengua materna, para enterrar a unos padres vivos que se volvieron ajenos, como muebles en un piso de alquiler.
Cayetana de niña creía que aquel caserón de La Moraleja era el mundo entero. Cuatro plantas de una felicidad fingida: el salón con chimenea, el despacho del padre que olía a Cohíba y a órdenes, el dormitorio de la madre con cortinas de terciopelo y, en la semioscuridad del sótano, la cocinael reino de Rosario.
Cayetana, hija, por aquí no, sube con tu madre le advertían las niñeras.
Pero arriba su madre siempre estaba al teléfono. Charlas interminables con amigas, socios, amanteseso aún no lo entendía Cayetana, pero sentía algo turbio bajo las risas, bajo las miradas apagadas cuando entraba el padre.
En la cocina, en cambio, todo era correcto. Rosario le enseñaba a hacer empanadillas, achaparradas y torcidas, y las dos esperaban en silencio a que leven la masa: Chitón, Cayetana, que si no la masa se enfada. Cuando en la planta de arriba empezaban las discusiones, Rosario la sentaba en su regazo y le canturreaba coplillas antiguas, casi susurradas.
Rosario, ¿tú eres mi mamá? soltó Cayetana con seis años.
¡Ay, niña! No digas disparates. Yo soy la criada.
¿Y por qué te quiero más que a mamá?
Rosario se quedó mucho rato callada, peinando suavemente a la niña.
El amor no avisa, hija. Llega y se queda. Tú quieres a tu madre, a tu manera.
Cayetana sabía entonces que no. Que no era amor. Su madre era hermosa y elegante, la llevaba a París y le compraba vestidos, pero jamás veló su fiebre. Eso solo lo hizo Rosario, noches enteras, con su mano fresca en la frente.
Y entonces llegó aquella noche.
***
Ochenta mil euros escuchó Cayetana desde la rendija de la puerta del despacho. De la caja fuerte, lo recuerdo perfectamente.
A lo mejor te los gastaste y se te ha olvidado.
¡Fernando, por favor!
La voz del padre, cansada, agotada.
Bien, bien. ¿Quién tenía acceso?
Rosario estaba limpiando el despacho. Sabía la clave, yo misma se la di para que limpiara el polvo.
Silencio. Cayetana se pegó contra la pared. Algo en su interior se tensó al borde de romperse.
Su madre tiene cáncer susurró el padre. El tratamiento es carísimo. Me pidió un adelanto el mes pasado.
Y le dije que no.
¿Por qué?
Fernando, es la criada. Si a todas las criadas les damos dinero para familiares…
Marta, por favor.
¿Qué? Lo ves tú mismo. Le hacían falta y pudo aprovechar…
No sabemos nada cierto.
¿Vas a llamar a la policía? ¿Quieres la vergüenza de que se sepa que aquí se roba?
Otro silencio. Cayetana cerró los ojos. Tenía nueve años: lo suficiente para entender, demasiado poca para actuar.
Al amanecer, Rosario hacía la maleta. Desde la rendija, Cayetana la veía guardar su raído batín, unas zapatillas y la estampa de la Virgen del Pilar, la misma de la mesa de noche.
Rosario…
La mujer giró la cabeza. El rostro sereno, pero los ojos, rojos.
¿Qué haces despierta, hija?
¿Te vas?
Me voy, mi vida. Con mi madre, que está muy malita.
¿Y yo?
Se arrodilló para mirarla a la altura de los ojos, inundando a Cayetana del eterno olor a masa.
Tú vas a crecer, Cayetana, y vas a ser una buena mujer. Y, quién sabe, puede que un día vengas a buscarme a Encinares. ¿Te acuerdas?
Encinares.
Muy bien.
Besó la frente de la niña y se fue.
La puerta, el cerrojo, el olor a masa esfumado para siempre.
***
La casa de Rosario era diminuta.
Un solo cuarto, una cocina de leña en la esquina, dos camas separadas por una sábana. En la pared, la estampa ennegrecida de la Virgen.
Rosario no paraba: ponía el puchero, sacaba un bote de mermelada casera del sótano, preparaba el colchón para Diego.
Siéntate, Cayetana, que en las piernas no hay verdad. Cuando se te pase el frío, charlamos.
Pero Cayetana no podía sentarse. Allí, en mitad de la pobreza de la casa de Rosario ella, hija de los dueños de aquel caserón de La Moraleja, sentía, por fin, paz. Una verdadera, silenciosa y honda paz.
Rosario empezó, temblorosa. Rosario, perdóname.
¿Perdonarte de qué, hija?
Por no defenderte entonces. Por callar durante veinte años. Por…
Se le rompía la voz. Diego, ya dormido, respiraba a su lado. Rosario esperaba, con una taza de té en las manos.
Y Cayetana le contó.
Le contó cómo, tras la marcha de Rosario, aquella casa se volvió un mausoleo. Cómo, dos años después, sus padres se separaron cuando reventó la burbuja inmobiliaria y la fortuna de su padre resultó humo. Cómo la madre se fugó a Francia con otro hombre, y el padre se perdió en los bares y murió solo en un piso alquilado en Tetuán cuando Cayetana tenía veintitrés. Se quedó sola, del todo.
Luego llegó Álvaro dijo, mirando la mesa. De pequeños, venía mucho a casa, ¿recuerdas? Tan flaco, siempre robando caramelos de la bombonera.
Rosario asintió.
Me acuerdo del chiquillo.
Pensé que al fin… tendría mi familia. Una de verdad. Pero Álvaro… era jugador. Lotería, tragaperras, cartas. Yo no lo sabía. Lo ocultaba. Cuando me di cuenta, era tarde. Deudas, prestamistas, Diego… No pudo decir más.
El fuego chisporroteaba. Rosario aguardaba.
Cuando le pedí el divorcio continuó Cayetana, él… quiso confesarme algo. Creía que así me quedaría, que le perdonaría por ser sincero.
¿Qué te confesó, Cayetana?
Subió la mirada, hundida en ojeras.
Fue él quien robó el dinero. De la caja fuerte. Sabía la clave, la vio cuando éramos niños. Lo necesitaba para… bueno, para su juego. Y culparon a ti.
Rosario no se movió. Sus nudillos, alrededor de la taza, se pusieron blancos.
Perdóname, Rosario. Solo lo supe hace una semana. No lo sabía…
Silencio.
Rosario se levantó, se arrodilló torpemente frente a Cayetana, hasta tener los ojos de ambas al mismo nivel.
Mi niña, ¿tú qué culpa tienes?
Pero a tu madre le hacía falta el dinero, tú…
Mi madre murió un año después. Q.E.P.D. Rosario se santiguó. Y yo, ¿qué? Aquí estoy. Mi huerto, mi cabra, mis vecinos. No pido más.
Pero te echaron. De ladrona…
¿Y no será que Dios lleva a veces por caminos torcidos para llegar a la verdad? Si no me hubiesen echado, no habría cuidado a mi madre en su último año. El mejor año.
En el pecho de Cayetana ardía una mezcla de vergüenza, dolor, gratitud y amor.
¿Que si me dolió? Me dolió mucho. Yo jamás toqué un euro ajeno. Pero después… se pasa el tiempo y se cura. Porque el rencor te pudre por dentro. Yo quería vivir.
Cogió las manos de Cayetana, frías, ásperas y firmes.
Has vuelto. Tú y tu hijo. A esta ruina de casa. Significa que no olvidaste. Eso vale más que el dinero de cualquier caja fuerte.
Cayetana lloraba como una niña, sin freno, contra el hombro huesudo de Rosario.
***
Cayetana se despertó al olor de la masa.
Diego resoplaba aún dormido. Tras la cortina, Rosario revolvía papeles y cacharros.
¿Rosario?
¿Ya te despiertas, hija? Anda, ven, que las empanadillas ya se enfrían.
Empanadillas.
Cayetana salió casi como flotando. Las empanadillas, doradas, retorcidas, con los bordes mal cerrados como antaño, reposaban sobre papel de estraza en la mesa, perfumando la cocina.
Estaba pensando decía Rosario mientras servía el té en una taza desconchada. En el centro del pueblo buscan ayuda en la biblioteca. Pagan poco, pero aquí se gasta aún menos. A Diego lo podemos llevar a la guardería, la lleva la señora Engracia, muy buena gente. Poco a poco…
Lo decía con calma, como si el futuro ya estuviese decidido y no hubiera ni que discutirlo.
Rosario Cayetana dudó. Yo… no soy nada tuyo. Han pasado tantos años. ¿Por qué…?
¿Por qué qué?
¿Por qué me has abierto la puerta? Sin preguntas, sin reproches.
Rosario la miró con aquellos ojos profundos, transparentes y cálidos.
¿Te acuerdas cuando preguntabas por qué está viva la masa?
Porque respira.
Eso es. Así es el amor, hija. Respira sin que lo echen, sin que nadie lo despida. Donde se quedó, ahí sigue. Vengan veinte, treinta años.
Le puso una empanadilla en el plato: tibia, blandita, rellena de manzana.
Come, niña, que estás en los huesos.
Y Cayetana comió. Y por primera vez en muchísimos añossonrió.
Fuera comenzaba a clarear. La nieve chispeaba bajo los primeros rayos, y el mundoese mundo duro, injusto, impredecibleparecía, solo por un minuto, sencillo. Bueno. Como los dulces de Rosario. Como sus manos. Como el amor que no se despide, que no se vende.
Diego salió de detrás de la cortina, rascándose los ojos.
Mamá, huele bien.
Es la abuela Rosario, que ha hecho empanadillas.
¿Abuela?probó la palabra y la miró. Rosario le sonrió, y las arrugas se multiplicaron de pura alegría.
Abuelita, sí, cielo. Ven, siéntate. Desayunamos juntos.
El niño se sentó y, por primera vez en meses, rió al formar muñequitos de masa con Rosario.
Cayetana los mirabaal hijo y a la mujer que fue madre para ellay entendía. Aquello era un hogar. No las paredes de piedra, ni los candelabros, ni las escaleras. Eran solo unas manos cálidas. Un olor dulce a masa. Amor sencillo, terrenal, sin alardes.
Ese amor que no se compra, que no se paga, que sencillamente existe, mientras lata al menos un corazón vivo.
Curiosa la memoria del corazón: olvidamos fechas, caras, hasta años enteros, pero el olor a empanadillas de nuestra infancia nos acompaña hasta el último suspiro. Tal vez porque el amor no habita la cabeza, sino más hondo, allí donde ni el dolor ni el tiempo llegan. Y a veces hay que perderlo todoestatus, dinero, orgullopara reencontrar el camino a casa. Allí, donde esas manos, siempre, siempre, esperan.




