Justo antes de Nochevieja, a Juan le cayó del cielo una sorpresa de su mujer, pero de esas que te dan ganas de llorar… Veinte años aguantando juntos, creía él que eran felices, una hija guapísima, casada y ya abuela orgullosa. ¿Se puede pedir más? Vive y sé feliz, ¿no?
Pero claro, no todo era tan idílico. Juan había echado el alma trabajando de camionero, meses fuera, todo para que a su familia no les faltara ni el perejil. Y mira tú que resulta que, a sus espaldas, su querida mujer llevaba un romance desde hacía tiempo, mientras a él le regalaba los oídos: “Te echo de menos, te espero, la almohada empapada de lágrimas…” Vamos, un chiste. Y va él y vuelve a casa antes de tiempo, como en los chascarrillos de bar.
Ni montó escándalo. Se calló, preparó un par de bultos, cogió papeles y, sin más, al coche y a la carretera. Sale de Madrid camino a no sabe dónde, que con las manos temblándole y la cabeza hecha un lío se pregunta cómo narices le había pasado esto.
Todo por la familia, todo para la casa. Les mandaba a la Costa del Sol de vacaciones, la mejor boda para la hija, coche nuevo, piso reformado… Y siempre llegaba de los viajes con regalos, llamaba media docena de veces al día… Y ella, por detrás, tan pichi con otro. ¡Así cualquiera confía en las mujeres!
Hombre, Juan tampoco era santo. Él sabía que algunos camioneros tenían “amistades” en la carretera, pero él nada. Le tenía aprecio a su mujer, se le reservaba el corazón. Pues para nada.
Y ahora, tras arrancar el coche, va y ni sabe adónde ir. Unos trescientos kilómetros hasta su pueblo de la infancia, en Castilla, ni corto ni perezoso, tira palante. Cuanto más lejos de casa de la ex-casa y la ex-mujer, mejor.
El teléfono no paraba de sonar. Veinte llamadas perdidas. La mujer y la hija, dale que te pego. Juan apagó el móvil, como si se tratara de un simple corte de luz. Esa traición era un jarrón de agua helada.
Le desfiló media vida por la mente: saliendo del registro civil, trayéndose a la hija del hospital, llevándola el primer día de cole; volviendo de viaje con flores… Todo lo bueno y bonito se le hacía ahora montaña en el pecho. Y ni se había coscado de que su mujer ya no le quería, o nunca le quiso.
Su suegra, que Dios la tenga en su gloria, se lo soltó varias veces: “El dinero no da la felicidad. Vas a perder al marido. Así es como se estropean las familias, con tanto estar fuera” Madre mía, era bruja.
Algunas vecinas del pueblo ya le habían soltado indirectas, pero él, ciego como un topo, ni caso. Y así se fue, con la cabeza llena de nubes.
A saber en qué condiciones estaba la casa del pueblo, hacía diez años que no iba; igual hasta ni quedaba pueblo. Pero él tira, justo en pleno invierno y en vísperas de Nochevieja. Mira tú qué regalo.
En una tiendecilla de carretera, compró víveres a lo loco, como si fuera al fin del mundo, y casi acertó. Al dejar la carretera, entró por caminos de tierra, tragándose kilómetros de campo.
Antes se veían pueblos cada dos por tres; ahora, cuatro luces perdidas. El tiempo cambió: nieve y ventisca. Pero Juan tenía la ruta grabada en la cabeza, que por su aldea tenía un cariño especial.
Su madre, que en paz descanse, nunca quiso mudarse a Madrid con él. Sola aguantó, su último y único hijo. Él entendía su apego, todo el mundo necesita su tierra bajo los pies, pero le hubiera gustado darle más comodidad. Ella, terca: “Aquí me apaño. En vuestras ciudades yo me marchitaría. No me saques de casa.”
Allí murió. Él fue al sepelio, cerró la puerta, echó el candado, y no volvió más.
Nevaba cada vez con más fuerza. Faltaban diez kilómetros. Pasó por su calle de siempre, casi no se reconocía: ventanas oscuras, casas tapiadas, salvo una, a pie de camino, con luces encendidas.
Allí estaba su vieja casa, la valla torcida, las maderas aún aguantando en las ventanas. Abriéndose paso por la nieve, Juan llegó al portillo, encontró el candado que parecía un chiste para la puerta, que con un empujón se caía.
Con esfuerzo abrió, entró al vestíbulo guiándose con la linterna. Buscó el interruptor y el salón se iluminó, todo como lo dejó, solo más frío y lleno de polvo. Sin el calor de su madre, el sitio estaba tan vacío como su ánimo.
De lo primero, trajo leña seca del cobertizo. Encendió la chimenea castellana, que respondió al instante, como si la madera llevase años esperando. El calor fue invadiendo el salón. Juan llenó los cubos en la fuente del pueblo, que aún funcionaba contra todo pronóstico. Puso agua a hervir en la lumbre.
En un rato, olor a limpio y comida caliente. Colocó jamón, queso, pan, abrió una lata de fabada y se hizo unos huevos fritos. A las once, el reloj sonó solemne.
Bueno, pues ya mismo Nochevieja. A empezar de cero, que nunca se sabe. Como decía mi madre: El amanecer lo ve todo más claro. Mañana pienso. Hoy toca despedir el año viejo.
Sacó la botella de vino, pero justo, un golpetazo en la ventana le sobresaltó.
¿Aún queda vida en el pueblo? pensó, mientras abría la puerta.
Apareció una mujer joven. Se sacudió los copos de la mantilla, los ojos rojos y asustados.
No sé ni cómo se llama usted, yo llevo aquí solo tres meses. Tengo un problema, mi niño está muy enfermo. No hay médico, aquí quedar somos cuatro casas y ni farmacia queda. Creo que es apendicitis. Estoy por morirme del susto. Vi que había luz y vine corriendo. Se está poniendo peor y peor.
Juan ya cogía el abrigo y se colocaba la boina.
¿Y qué hacemos aquí parados? Vamos andando. Agarre una pala, por si toca despejar camino. Yo llegué casi a duras penas.
El viento se calmó. Juan cargó al chaval, medio delirando de fiebre, y salieron. Llegaron hasta la carretera y tras mucho esforzarse, lograron llegar al centro de salud más cercano, en Ávila. Allí, tras conseguir médico, dieron la razón a la madre y se llevaron al niño a quirófano. Las agujas marcaban ya las dos de la madrugada.
Pues ya está, año nuevo.
Perdón por estropearle la fiesta.
Y dale, lo importante es que el niño salga bien.
Esperaron en el pasillo. La madre, que se llamaba Sonsoles, no apartó los ojos de la puerta de la operación, llorando en silencio. Los minutos eran eternos. Por fin, salió el médico:
Llegasteis por los pelos. Un poco más y… Bueno, ahora id a descansar.
No, nos quedamos aquí. Volver tan lejos con la que está cayendo…
Cómo queráis. Feliz Nochevieja. Pronto podréis ver al niño.
Pasaron la noche en vela. Al amanecer, permitieron a Sonsoles abrazar a su hijo, Pablo, que ya sonreía.
Sonsoles se quedó y Juan volvió al pueblo: fuego, comida, siesta. Por la tarde, fue a visitarles al hospital. Pablo estaba triste: Este año nada de Reyes Magos. Seguro que se han olvidado de mí.
Siempre vienen dijo el pequeño. Cada año dejan mi regalo bajo el árbol. Pero esta vez, seguro, no han podido. Si yo ya lo sé, los Reyes entran por la puerta, no por la chimenea. Ya soy mayor, lo sé.
Tranquilo, hombre. Yo al pasar vi unas huellas enormes en la nieve, te juro. Como nevó de noche, seguro que no eran nuestras. Han venido seguro.
Pero la casa estaba cerrada… Quizás dejaron el regalo fuera y se han ido suspiró Pablo.
No pierdas la esperanza. A mí solían dejarme el regalo en el porche, o a veces escondido en la despensa. Los Reyes no quieren que les pillen. ¡Ya verás cuando te den el alta!
Sería genial… Me he portado bien todo el año, ¿verdad, mamá?
Sonsoles asintió en silencio.
Hijo, el médico no me deja quedarme más. Tienes amigos aquí, ¿te las apañas solo?
Ya soy grande, mamá. Ve a casa y busca mi regalo, porque si nieva más, se pierde.
Sonsoles y Juan salieron juntos.
Gracias por inventar esa historia. Porque, la verdad, no tenía dinero para regalo. Nos vinimos del sur con lo justo, huyendo de mi marido, de sus golpes. Se atrevió hasta con Pablo. Me vine de noche, a la casa de mi tía, que en paz descanse. Aquí empezamos de cero, nadie lo sabe. Mi ex ni sospecha que este piso existe, si no, lo habría vendido para gastárselo en vino.
Ya en el coche, Juan se desvió al supermercado.
Al niño hay que comprarle un camión de bomberos, que si no, se pierde la magia le dijo a Sonsoles.
Y eso hizo: compró el camión, mil chocolatinas, todo bien envuelto. A Sonsoles le daba vergüenza.
No podemos aceptar, es demasiado caro. No somos familia suya…
¡Anda! Por una vez que puedo hacer yo de Rey Mago, déjame.
Juan pasó la semana en el pueblo, ni tiempo de aburrirse entre palear nieve, encender la lumbre y ayudar a Sonsoles. Partió leña para ella y limpió los caminos. A Pablo lo visitaba en el hospital, hasta que le dieron el alta.
El niño iba todo el camino preguntando por el regalo, y de vuelta a casa buscó en la despensa, hasta que allí, en el desván, encontró el camión.
¡Me lo prometiste! ¡Ha venido de verdad! gritaba Pablo de contento. Vaya, y eso que en el hospital decían que era mentira. Pero es que mi madre no tiene dinero para esto. ¿Sabes lo caro que es?
Juan sonrió. Qué satisfacción da ser tú el que entrega el regalo.
Sonsoles invitó a Juan a cenar para celebrar la vuelta a casa.
Gracias, Sonsoles. Me has dado algo de calor de hogar.
¿Y tu familia?
Bueno, familia tenía… Pero ese tren ya pasó. Otra vez hablamos.
La noche se les pasó rápida. Pablo, agotado, cayó rendido.
La verdad, no me apetece irme, pero ya va siendo hora. Mañana salgo de ruta.
¿Y nos volverás a visitar?
Dile a Pablo que salude de mi parte. No sé si volveré… Todo es un lío ahora. Pero me gustáis, de verdad. Hasta pronto.
Juan estuvo fuera casi un mes. Pensaba mucho en sus nuevos vecinos, que se le habían quedado enganchados en el corazón.
Al volver a Madrid, visitó a su hija y trajo regalos para el nieto. A la ex ni se acercó, solo le mandó un mensaje diciendo que se estaban divorciando.
Cogió vacaciones, pero no sabía ni a dónde ir. Otra noche con su hija, y de nuevo, para Castilla, como un imán. No se podía sacar a Sonsoles de la cabeza.
Pablo le esperaba en la puerta, como si fuera Navidad.
Ha tardado usted. Mamá le ha echado mucho de menos.
¿Seguro? ¿Te lo ha dicho?
Bueno, no con palabras, pero la he visto. Se asoma siempre por la ventana esperando coches. Pase, que les hace falta hablar. Yo me voy a la calle, que lo entiendo todo, aunque me hagan el tonto.
Juan entró, saludó a Sonsoles, que removía la cazuela dándole la espalda.
Pensé que no regresarías, que aquí uno se aburre…
Tonta. Tenía que aclararme. Veinte años de matrimonio, ¿sabes? Pero pensaba en ti. ¿Me dejas quedarme?
Sonsoles se giró, le miró a los ojos, y acabó abrazada a su pecho…
Se quedaron juntos. En verano, Juan reparó la casa materna, puso agua corriente, arregló la bodega. Fueron apañando las cosas: compraron gallinas, una cabra, arreglaron el huerto. El piso de Sonsoles lo alquilaron en verano a turistas que buscaban tranquilidad. La vida les sonreía. Pablo no se despegaba de Juan, pronto empezó a llamarle papá.
La vida tiene sus vueltas, nunca sabes por dónde saldrá la siguiente. Por algo dicen los mayores que vivir no es como cruzar una calle: tiene muchas esquinas y sorpresas.





