¡Don Alfonso, por favor, se lo ruego! ¡Ayúdeme! La mujer se arrojó a los pies de aquel hombre alto, vestido con bata blanca, y rompió a llorar amargamente.
Más allá, tras una hilera de consultas destartaladas, en la recepción de la vieja clínica del pueblo, impregnada de olor a desinfectante, su hijo agonizaba.
¡Compréndalo, no puedo! ¡No puedo! ¡Por eso me marché! Llevo dos años sin operar… Mi mano, las circunstancias…
¡Le suplico, por todo lo sagrado! la mujer insistía, tirando con fuerza del médico reacio.
Estaba convencida de que debía aceptar, de intentarlo por lo menos. De otro modo…
Unos pasos más. La puerta de madera, pintada de blanco. Y allí estaba él: su Martín, su vida, su único hijo. Envoltorios de cables lo sujetaban y una máscara de oxígeno le tapaba las pecas pálidas del rostro. Respiraba aún. La sangre, oscura y espesa como la mermelada de guindas del año pasado, se filtraba bajo el vendaje de la cabeza. La línea verde del monitor temblaba al ritmo de sus jadeos.
No llegarían a tiempo. Madrid quedaba a cien kilómetros. Helicóptero… pero la ventisca lo había hecho imposible. La presión de Martín seguía bajando, y el corazón latía quedamente. Los enfermeros desviaban la mirada.
¡Señor González! exclamó una enfermera mayor, al lado de la camilla con el niño exangüe. ¡Don Alfonso!
Sacó del bolsillo un periódico ajado; allí estaba la foto del médico vestido de blanco, rodeado de niños felices. Entre lágrimas, leyó frases entrecortadas sobre un accidente, una mano lesionada y una operación desdichada. ¡Pero había sido un astro en la neurocirugía! Dios le diera valor para aceptar.
¡No puedo cargar con esa responsabilidad, señora! se resistía, tenso. La última operación… la muñeca… No lo conseguí. No puedo seguir operando.
Entretanto, el niño palidecía más y la sangre seguía saliendo como mermelada pesada. Sus colegas, apiñados en la puerta, enmudecieron. La madre sollozaba. El tiempo jugaba en su contra. Una última esperanza…
¿Un perro?
¿Cómo ha llegado un perro aquí?
Solo se oía un gemido. Era un labrador; tiraba frenético hacia la camilla, arañando el suelo, resistiéndose al collar y sin apartar la vista de Martín. Ya ni siquiera gemía, roncaba angustiado, empecinado en llegar a su lado.
Es Leal. El de Martín lloraba la madre, y casi se le escapó el aire cuando las palabras del médico, firmes como un aldabonazo, rompieron la tensa calma del hospital:
Preparen el quirófano.
Cerró los ojos un instante. Otros tiempos le asaltaron en la memoria. Otra perra: Esperanza. Y su padre aún vivo. Y él, simplemente Alfonsito, en séptimo. Aquella Nochevieja la carretera estaba resbaladiza y el coche volcado en la nieve parecía una bola de cristal rota. Su madre lloraba. El médico desviaba la mirada. Demasiado lejos del centro.
Y entonces Esperanza, en la tumba, dejó de gemir. Solo roncaba ya. Y al sexto día dejó también de comer. Miraba. Y después, se apagó, se fue tras su dueño.
Seré neurocirujano, mamá. Se lo he prometido a Esperanza susurró el niño delante del montículo de tierra. El mejor de todos. ¿Me crees?
¿Cómo pudo olvidarlo? ¿Por qué?
*****
Las lámparas del quirófano ardían como soles. El acero de los instrumentos destellaba. La muñeca de Alfonso palpitaba aún herida, pero aguantó. ¿Adoptar un perro, tal vez? ideas absurdas en el momento crítico. Los dedos, casi de madera. Da igual, saldría adelante. La lesión era mala, difícil. La presión seguía cayendo, había que evitar el edema… reconstruir el hueso del cráneo pedazo a pedazo, salvar los vasos…
No habría llegado el helicóptero a tiempo. Los ojos de los jóvenes asistentes brillaban: para ellos, aquello era milagroso. ¿Y para él? ¿Cuántas intervenciones como esa había hecho? ¿Por qué se dejó vencer tras un único fracaso? Huía de todo, rompía contactos, aguantando ese dolor en la mano. Y en su mente, Esperanza, en un rincón, mirándolo con tristeza. ¿O era ahora aquel labrador, Leal, temeroso de perder también a su pequeño?
El pulso le temblaba al sujetar las pinzas. Los puntos, despacio. Respira, Martín, respira. No te vayas.
Por fin, el tiempo se ponía del lado del niño. ¿O era el zumbido de un helicóptero real lo que se oía, que sí había conseguido llegar?
*****
Don Alfonso, preguntan por usted asomó la enfermera de guardia al despacho, sonriente como nunca pudo evitarlo.
Todos sonreían. ¡Había vuelto González, el González! Por todos los servicios corrían los rumores. Llegaban niños graves de toda la provincia. Ahora no había miedo. Decían que González tenía manos de oro. Y la risa de los niños volvía a sonar en pasillos de neurocirugía. Los pequeños mejoraban. Y los padres, apegados ya a él…
Cinco minutos; solo paso a ver a Rodrigo.
La habitación del pequeño Rodrigo, de seis años, estaba cerca. Era un niño travieso y pelirrojo. Llamaba tío Alfonso al doctor. Había venido de excursión, hacía una semana, a Madrid. Cayó del segundo piso, distraído. Como Martín. Alfonso le reconstruyó el cráneo pedazo a pedazo, en una operación que duró ocho horas. Logró salvarlo, y su mano casi ya no le dolía. Quizá la risa infantil también cura.
Qué bueno fue regresar. Tardó, sí, pero quizás no tenía el estímulo adecuado. Había olvidado tanto… La vida se lo recordó. Y el perro, bueno, aún no había adoptado. Nunca encontraba el momento. Se preguntaba, a menudo, cómo estarían aquel labrador y Martín.
¡Don Alfonso, querido!
No le dio tiempo ni a abrir la puerta de la calle. Mira por dónde…
Buenos días, Martín; doña Lucía sonrió. Y a ti, Leal.
Su mano ya acariciaba el lomo suave, el morro húmedo le empujaba la palma, y los ojos castaños le miraban con inusual atención.
¿Qué les trae por aquí? ¿Está Martín bien? ¿Vienen a revisión?
Martín está perfectamente respondió doña Lucía con voz vibrante. Venimos por otro motivo.
Solo entonces Alfonso vio que su sonrisa resplandecía, aunque el abrigo abultaba de modo extraño y los ojos le brillaban demasiado. Pero no preguntó; Leal daba vueltas y rompía el hilo de sus pensamientos.
¡Aquí!
Martín, ya más crecido, fue el primero en romper el silencio y, hurgando en el abrigo materno, salió con algo negro, peludo y de orejas enormes y caídas.
¿Y esto? Alfonso, aturdido, apenas articuló palabra mientras examinaba el inesperado regalo.
No se enfade balbuceó Martín. Leal lo encontró. Mamá dijo que podíamos quedárnoslo. Y ayer, al ver en la tele la entrevista con usted, Leal lo llevó del cuello hasta el televisor, al oírle la voz. Así que mamá y yo pensamos que…
Habéis pensado bien. Ya era hora Alfonso guiñó un ojo al viejo labrador. Le llamaré Estímulo. Pero de cariño, Timoteo.
¡Andrés Vitalievich, por favor, se lo ruego, ayúdeme! – La mujer se arrodilló ante el alto médico ve…







