Mi madre agoniza durante semanas. Su marcha se hace larga, penosa y, digámoslo claro, sin esa dignidad que tantas veces deseó. Lo único que resalta, conforme lo inevitable se acerca, son sus ojos. Se vuelven más oscuros, más hondos, casi de terciopelo y llenos de esa sabiduría que todo lo observa. O quizá es solo que la piel de su rostro se blanquea cada vez más
A finales de agosto, la traigo de la casa en el pueblo de Ávila. Como ya es tarde, decido quedarme a dormir en su pequeño piso de Salamanca. Esa noche, mientras va al baño, tropieza y cae. Más tarde descubrimos, tras la radiografía en urgencias del hospital Virgen de la Vega, que se ha fracturado el cuello del fémur. A su edad, es casi una condena.
Lo que sigue sucede deprisa: ambulancia, traumatología, operación, y luego diez días ingresada. Cuando voy en el taxi camino del hospital, me atraviesa el recuerdo de cuando tenía tres años y me quedé esas noches, mientras mi padre era velado, en casa de Ana María Benítez, la profesora de mi parvulario. Mi padre, con su moto Guzzi vieja, había tenido un accidente en la carretera Madrid-Toledo. Mi madre, que tenía veintiocho años, no quiso que yo supiera nada todavía. Me llevó con la señorita Ana María y me dijo que papá se había marchado de viaje por trabajo. Nunca más se volvió a casar, temiendo que ningún hombre supiera ser un verdadero padre para mí.
Cuando le dan el alta, tengo que dejar mi trabajo para hacerme cargo de ella. Contratar a una enfermera sería impensable; justo le estamos comprando el piso a mi hijo pequeño en Segovia, y el dinero es justo. Así que me mudo a vivir definitivamente con mi madre en su piso modesto. La limpio, la cambio, la alimento; cambio pañales cinco o seis veces al día. Ella nunca se queja, aguanta estoica, infantil a veces en sus lamentos cuando la giro sin cuidado: Ay, ay, ay Y después, en voz baja: No pasa nada, hijo, todo está bien
No sabía de mí mismo que fuese tan débil, tan reacio al sufrimiento. Por las noches, tumbado en el sofá junto a su cama, lloro sin hacer ruido, devorado por la impotencia. ¿Lágrimas por ella? Sí, en parte. Pero diría que me compadezco aún más de mí mismo.
No puedo esperar ayuda de nadie: mis dos hijos están absorbidos por el trabajo y sus propias familias. Y mi mujer, Rosario, solo dice: A fin de cuentas, es tu madre, pero para mí es solo una señora más
Me acuerdo, entonces, de la primera vez que llevé a Rosario a casa, para presentarla a mi madre. Aquella noche mi madre fue encantadora. Al volver Rosario a su piso, le pregunté a mi madre qué le había parecido. Ella encogió suavemente los hombros: No sé, hijo, algo no termina de cuadrarme Pero tú eres quien eliges, yo no me caso con ella.” Aun así, su relación con Rosario ha sido siempre cordial.
Ahora, como hace tantos años, volvemos a estar mi madre y yo solos. Por las noches, después de apagar la luz, conversamos largos ratos. Me cuenta historias del abuelo Eusebio y la abuela Dolores, de cuando los alemanes entraron en el pueblo y ella, niña, se escondía con su hermana mayor tras la valla para espiar a esos hombres bien vestidos que reían y tocaban la armónica.
Habla de mi padre, del que tengo recuerdos neblinosos. Tal vez ni eso, una mera sombra. Un hombre grande, con las mejillas rasposas y olor a tabaco, que me levantaba en brazos al regresar del trabajo y me decía mil veces: Mi niño, mi hijo
Poco a poco, a mi madre se le va acabando el ánimo, y aquellas charlas nocturnas desaparecen. Yo achaco su apatía a mi poca maña en la cocina. Por eso, empiezo a pedir comida a domicilio de un restaurante de la Plaza Mayor. Todo bien presentado y recién hecho, pero ella apenas prueba bocado. Te has hecho un chef de los buenos en este tiempo, me dice sin interés, moviendo la cabeza. Apenas come.
La última noche en casa, de repente recuerda la primera vez que aparecieron bolígrafos en Salamanca, cuando yo estaba en tercero de EGB y solo había oído hablar de ellos. El padre de Lucía Paredes, una compañera, le trajo uno. Era precioso, y yo, impaciente, lo llevé a casa para enseñárselo a mamá. Cuando supo cómo lo había conseguido, me riñó fuerte y me castigó con la correa. Luego me llevó, junto con el bolígrafo, a casa de los Paredes para devolver el tesoro a su dueña legítima.
Apenas recordaba aquello, pero mi madre me pide perdón mil veces esa noche por haberme pegado, explicando su miedo a que yo creciera deshonesto. La acaricio en la mejilla y yo, sin saber por qué, siento una vergüenza terrible, aunque nunca robé nada más.
Esa madrugada, cuando ya está muy mal y vuelve la ambulancia, ella recobra la lucidez por un instante. Sale a flote del sopor, me toma la mano y susurra: Dios mío ¿cómo te las apañarás sin mí? Tan joven aún tan ingenuo
Mi madre no llega a cumplir los ochenta y nueve. Al día siguiente de su muerte, yo celebro más solo que nunca mis sesenta y cuatro años.







