Mira, el otro día me pasó algo que aún me tiene con el corazón en un puño Iba conduciendo por la Gran Vía de Madrid, volviendo del hospital porque llevaba unas semanas tocado de salud. La cabeza me daba vueltas y sólo quería llegar a casa, no me apetecía ni hablar con nadie, ¿sabes?
Total, que paro en un semáforo y, ya ves tú, soy de los que miran a todas partes. De repente, entre los coches veo a una chica con el pelo alborotado, ropa sucia y un niño pegado al pecho, pidiendo limosna con la mano extendida. Pensé que sería una más, pero algo me llamó la atención. Y, tío, cuando me fijo bien, se me hiela la sangre: ¡era mi hija, Carmen! La reconocí por la manera de moverse y por esos ojos tristes y no te imaginas lo que sentí por dentro.
Bajé la ventanilla corriendo y le dije:
Carmencita
Ella, en cuanto me oyó, se puso tensa y se tapó la cara como pudo.
Papá, por favor vete, no quiero que me veas así.
Pero qué va, ya estaba fuera del coche. Le dije que subiera, que aquello no iba a quedar así, con la gente detrás pitando y a mí todo eso ya ni me importaba. Sólo veía a mi hija y a mi nieto, con la carita colorada de calor y del llanto.
Puse el aire acondicionado, y durante unos segundos no dijimos nada. Hasta que no pude aguantar más y solté:
¿Y el piso, Carmen? ¿Y el coche, y el dinero que os he dado, hija? ¿Cómo has acabado aquí? ¿Y tu marido?
Ella tenía la cara empapada en lágrimas. Tardó un rato en hablar, pero cuando lo hizo se me partió el alma.
Papá Mi marido y su madre se lo han quedado todo. El piso, el coche, el dinero. Nos echaron a la calle con el niño. Me dijeron que si me ponía tonta, me quitarían también al peque.
Aparqué y me giré hacia ella. Se encogió como si esperara que la regañara, que le dijera: ¿Ves? Te lo advertí. Pero sólo la cogí de la mano, que la tenía fría como una piedra.
No llores más, hija. Sé perfectamente qué hacer con esa gente.
Lo que hice dejó a todos flipando, ya te lo digo. No me la llevé a casa, sino que pusimos rumbo directo a la comisaría.
Ella se asustó:
Papá, no sirve de nada Me dijeron que no podré probarlo.
Le miré serio y le dije tranquilo:
Lo vamos a demostrar. Porque ese piso sigue a mi nombre.
Nos acompañó la Policía hasta el piso, ese que yo le regalé cuando nació el niño. Ese desde el que la echaron como si nada. Abrió la puerta el tipejo de su marido y se puso blanco como el papel al ver a los agentes. La suegra empezó a chillar que aquello era suyo y que Carmen no tenía derechos. Ni caso. Saqué los papeles en silencio.
Estos señores están ocupando mi propiedad ilegalmente. El dinero que mandaba cada mes a Carmen fue robado. El coche, que estaba a su nombre, lo retuvieron a la fuerza.
Se hizo un silencio de esos que hasta molestan. La policía empezó a preguntar y, mira, en diez minutos ya tenían puestos los grilletes al marido. La suegra chillaba, agarrada al marco de la puerta, y también se la llevaron.
Al final nos devolvieron todo: piso, coche, lo que pudimos recuperar del dinero. Todo legal, con papeleo y todo eso.
Ese día vi a Carmen sonreír por primera vez en meses, abrazando al pequeñín. Pero ahí no acabó la cosa. Moví mis hilos sabes que en España tener conocidos ayuda y conseguí que no archivaran el caso, que no lo metieran bajo la alfombra como cosas de familia.
Voy a hacer todo lo posible para que paguen de verdad, que esto no se quede en nada. A una hija y a un nieto no se les deja tirados así, ni aquí ni en ningún sitio.





