Como un pájaro tras la reclamo
Chicas, una debe casarse una sola vez y para siempre. Quedarse junto al ser amado hasta el último aliento, no andar vagando sin rumbo por el mundo buscando la otra mitad. Así solo terminas como una manzana mordisqueada.
Un hombre casado es un tabú. Ni siquiera intentéis empezar nada con él. Eso de juego un poco y ya, luego cada uno por su lado son cuentos. Os precipitáis ambos al abismo y la felicidad traviesa os dará la espalda.
Mis padres estuvieron juntos cincuenta años. Siempre han sido mi ejemplo. Me prometí a mí misma buscar mi destino y cuidarlo más que a la niña de mis ojos. Así lo razonaba entre mis amigas cuando cumplí los veinte. Las palabras sabias de mi abuela calaban hondo en mi cabeza, y creía ciegamente en su consejo.
Mis amigas sonreían con sorna:
No nos hagas reír, Lucía. Ya verás, te enamorarás de un casado y veremos cómo renuncias a él tan fácilmente
Pero lo que nunca les confesé fue que mi madre, antes de casarse, tuvo a mi hermana mayor de un hombre del que nadie hablaba. Una mancha que pesó sobre la familia allá en el pueblo. Cinco años después, nací yo, ya dentro del matrimonio. Mi padre, locamente enamorado, tomó a mi madre de la mano y juntos cruzaron la vida. Tuvimos que dejar el pueblo natal. Y así, desde joven, me hice la promesa de no tener hijos fuera del matrimonio ni entrar en historias prohibidas con hombres ajenos.
Pero el destino siempre escribe sus propios versos…
Con mi hermana Mercedes nunca nos entendimos bien. Siempre creyó que mis padres me querían más a mí. Mercedes vivía eternamente celosa. Entre nosotras se libraba una silenciosa batalla por el amor de nuestros padres. Qué tontería
Conocí a Rodrigo en un baile del casino del Ateneo. Él, cadete de la Academia Militar; yo, enfermera novata. Aquella noche de danzas, el flechazo fue inmediato. Un mes después, ya nos habíamos casado. La felicidad desbordaba. Iba tras Rodrigo como una alondra tras el reclamo.
Cuando terminó la academia, nos mudamos al destino que le tocó a Rodrigo. Un cuartel perdido, lejos de mi Madrid natal. Y pronto llegaron los choques, los malentendidos, las discusiones. Sin familia cerca, sin manera de desahogarme: mi madre ya vivía en Francia.
Nació nuestra hija Teresa. Eran los años noventa. Toda España andaba revuelta. Rodrigo pidió la baja y empezó a beber. Al principio, le consolaba, convencida de que todo acabaría mejorando.
Rodrigo escuchaba mis palabras con media oreja:
Lucía, sé lo que dices, pero no puedo parar. Bebo y me olvido de todo.
Luego comenzó a ausentarse de casa: un día, una semana… Un mes estuvo fuera una vez, y cuando volvió, dejó un maletín lleno de billetes sobre la mesa.
¿De dónde has sacado esto? le pregunté, temiendo lo peor.
Qué más da, Lucía. Cógelo y gástalo. Ya traeré más contestó, henchido de sí mismo.
Escondí aquel maletín. Nadie tocó ese dinero, no era para nosotras.
Rodrigo volvió a desaparecer. Medio año tardó en regresar, flaco, roto, seco, con una mirada hueca.
Lucía, dame tus joyas de oro. Necesito pagar una deuda, y son palabras mayores me dijo, mirándome de reojo.
No pienso dártelas, son de mi familia. Ni lo sueñes.
No grites, mujer. Las cosas se han liado de tal forma ¿Me ayudarás o no?
Atemorizada, fui a buscar el maletín.
Toma tu fortuna, Rodrigo. Teresa y yo sabremos apañarnos.
Abrió el maletín y preguntó sin miramientos:
¿Has tocado algo?
Ni un duro. Eso no es para nosotras.
No será suficiente suspiró. Ya me las apañaré.
Me regaló aquella noche salvaje. Yo le amaba con ternura, le perdonaba todo. Al amanecer preparó su vuelta.
¿Por mucho tiempo, Rodrigo? le pregunté, mirándole con devoción.
No sé, Lucía. Espérame me besó y se marchó.
Esperé. Un año. Dos. En el hospital, el doctor César empezó a cortejarme. Estaba casado. Eso me frenaba, además de otras cosas. Yo, entre el cielo y la tierra, no sabía qué hacer. A fin de cuentas, seguía casada, pero hacía años que no veía a Rodrigo. Ni cartas, ni llamadas.
Llegó la Navidad. Todo el mundo entre naranjas, turrón, villancicos y euforia.
De pronto, alguien llama a la puerta. Era Rodrigo.
Corrí a sus brazos y lo besé con locura:
¡Por fin, amor! ¿Dónde has estado tanto tiempo?
Espera, Lucía, con las efusiones Verás, tenemos que divorciarnos cuanto antes. Tengo un hijo y no quiero que crezca sin padre dijo, nervioso.
Me quedé helada. Todo giró sobre mí. El amor que sentí ardía tan solo como una brasa bajo la ceniza pero era inevitable. No reaccioné.
Está bien, Rodrigo. Es verdad eso de que agua derramada no se recoge. No te ataré. Después de las fiestas firmaremos los papeles. Nuestra vida, siempre boca abajo y al revés.
¿No quieres ver a Teresa? Está con una amiga, traigo si esperas. Ahora ella será la que crezca sin padre.
Lo siento, tengo prisa. Otro día la abrazaré Rodrigo se fue.
No hubo otro día. Ya nunca vio a su hija. Aquella visita marcó el punto final. Los nuestros, extraños.
El doctor César, notando mi soledad, me arrastró a la pasión. Ya me daba igual si era casado. Los límites se borraron.
César sabía envolver a una mujer. Sucumbí a su encanto. Caí en esa prisión dulce. Nuestro romance duró tres años. Me propuso matrimonio.
No, César. No podemos edificar nuestra dicha sobre el llanto de tu esposa y tu hija. Caminamos caminos distintos, apenas podía hablar de la emoción.
Pude, finalmente, poner freno a aquella locura. Pero tuve que cambiar de hospital. Como dicen: ojos que no ven, corazón que no siente.
Mi destino fue Vicente.
Él cuidaba de su hijo, pues su ex esposa había rehecho su vida. Le dejó al niño como recuerdo.
Conocí a Vicente cuando ingresó en el hospital. Siempre andaba soltando bromas, y así acabamos riendo juntos hasta enamorarnos.
Su hijo Álvaro tenía siete años, y mi Teresa, ocho. Nos unimos bajo una buena estrella. Todo entre nosotros iba sobre ruedas; juntos superábamos cualquier obstáculo. No hubo secretos. Supe que mi fortuna era tenerle como segundo esposo, y le cuido más que a mi propia vida. Vicente es mi luz.
Treinta años casados
Hace poco, Rodrigo llamó a mi madre:
Una mujer como Lucía no la he vuelto a encontrarA veces, cuando cae el silencio en casa, me asomo al balcón y miro el horizonte. Teresa y Álvaro juegan juntos, sin saber de pecados antiguos ni heridas viejas. Vicente me sorprende por detrás, me rodea con los brazos y apoya la barbilla en mi hombro. En esos momentos, el pasado se diluye, como si la vida no tuviera cicatrices.
Comprendo entonces que las promesas que hacemos de jóvenes rara vez sobreviven al naufragio de la realidad. Pero también comprendo que la dignidad consiste en volver a intentarlo, en elegir pese al miedo, pese al pasado una ternura nueva.
Agradezco a la vida por cada desvío, cada derrota, cada abrazo. El amor verdadero no siempre es el primero, ni el último; es el que llega cuando ya creías que el invierno se quedaría para siempre. Y en esa estación inesperada, un día florece el almendro, y entiendes que nunca fuiste una manzana mordisqueada, sino un pájaro, volviendo siempre a casa tras el reclamo.






