8 de marzo, diario personal.
Mira, Lucía, esto no puede seguir así. Si ahora, justo al inicio de nuestro matrimonio, tu madre se presenta en nuestra casa siempre que le da la gana, ¿qué pasará cuando tengamos hijos? No va a salir de nuestro piso. ¡No nos va a dejar vivir en paz! explotaba Alejandro después de escuchar que la madre de Lucía planeaba seguir irrumpiendo en nuestro hogar como Pedro por su casa.
Mira, si Mercedes Gómez no entiende con palabras, mañana llamo a un cerrajero y que cambie la cerradura soltó enfadado Alejandro.
Ale, mi madre sigue siendo mi madre. Da igual, tarde o temprano acabará consiguiendo unas llaves nuevas. ¿Vas a estar cambiando el bombín cada mes? Además, se va a ofender si ve que hemos cambiado la cerradura. Hay que hacérselo entender de otra manera, de forma amable. Que ella misma vea que no puede hacer eso le detuve yo, intentando calmarle.
Lucía, si tu madre no entiende ni mis indirectas ni mis aspavientos, vamos a tener que tomar medidas más drásticas dijo Alejandro con total seriedad.
¿A qué te refieres? le respondí, abriendo mucho los ojos.
¿Me confirmas que si Mercedes tiene llave de nuestra casa tú tendrás alguna de casa de tus padres, no? me preguntó él, y vi en su cara esa chispa de quien cocina un plan.
Mi padre, Fernando Romero, y mi madre decidieron madrugar ese sábado e ir al mercado local de la ciudad, que coincidía con el 8 de marzo. Los jubilados no veían ningún problema en levantarse a las siete si así podían conseguir huevos o carne de las huertas cercanas un poco más baratos que en el supermercado.
Qué bien, Fer, hemos conseguido ternera a buen precio. Y mira estas carpas, ¡qué hermosas! Todavía se mueven en la bolsa. Ahora mismo frío una y la otra se la llevo a Lucía. ¡Vas a ver la cara de nuestro yerno cuando el pobre Carlitos empiece a chapotear en la bolsa! se reía mi madre imaginándose el susto.
Déjalo ya, mujer. ¡Deja tranquilos a los chavales! Si quieren vivir su vida a su manera, déjales, que ya tienen más de treinta años y tú sigues ahí, metiendo la nariz, investigando como la Miss Marple española en todos los rincones. ¿No tienes nada mejor que hacer? le reprochaba mi padre con cariño.
De pronto, mi madre se quedó pensativa.
Espera, Fer, ¿has dejado la ducha encendida? ¡Oigo correr agua! dijo mientras entraba en el baño… y salió disparada.
¡Ay, Virgen! ¡Que hay alguien desnudo en nuestra casa! corría gritando de un lado a otro.
¿Pero quién, mujer? Explícate, por lo menos… dudaba mi padre, sin atreverse a entrar.
¡Es el yerno! ¡Alejandro! ¿Qué hace en mi cuarto de baño? bufaba mi madre, desconcertada.
¿Qué hago? Pues que el agua de nuestro piso sale marrón, y después de la guardia he llegado empapado en sudor, así que he venido a ducharme al vuestro. No voy a dormir hecho un asco dijo Ale, saliendo del baño como un rey, con la toalla atada y tan tranquilo.
Y, Mercedes, aprovecho la víspera del Día de la Mujer para hacerte una sugerencia: no es nada decoroso ir dejando la ropa interior por los radiadores y el toallero. Si al menos fuera de una chica joven y coqueta, tendría un pase, pero, bueno… He de decir, Fernando, que tienes aguante, ¿eh? añadía Alejandro mientras se dirigía a la cocina y encendía la cafetera que le regalamos hace unos meses.
¡¿Pero cómo te atreves?! ¡Esta es mi casa y cuelgo mi ropa donde me da la gana! respondió mi madre, roja de rabia.
Mercedes, si hace seis meses que tienes la cafetera y ya la tienes hecha un asco. ¿Por qué no la limpias al menos una vez por semana? ¡Parece la máquina de un merendero de carretera! le soltó mi marido, sin poder contenerse.
Venga, Ale, tampoco es para tanto… intervino mi padre casi riendo.
¿Que no? ¡Mira cómo tiene la cocina Mercedes! ¡Y en la nevera he encontrado una tarrina de nata y un bote de mayonesa caducados desde hace dos semanas! ¡Y ese queso empezando a secarse por no envolverlo! decía mi marido, tirando todo lo caducado a la basura.
¿Y la olla de la comida? El bol con las sobras de arroz: eso es imperdonable. ¿Sabes lo difícil que es limpiar eso después? ¿O es que como tienes lavavajillas ya vale todo? Ale se iba animando, mientras mi madre le bloqueaba el paso al lavavajillas.
¡Bueno, ya vale! ¡Fuera de mi casa! O llamo a la policía, y te denuncio por allanamiento, Alejandro, ¡me da igual que seas mi yerno! ¡Te vas a enterar! ¡Mi casa, mi cocina, mi ducha, mis bragas, y no admito ni tus sermones ni tus desplantes! saltó mi madre, temblándole la voz de enfado.
Mi padre, casi divertido, había entendido perfectamente la jugada de Alejandro, mientras que Mercedes, acalorada, no se daba cuenta de lo que estaba pasando.
¿Ves, Mercedes? Pues esto es justo lo que pasa en nuestra casa cada vez que entras sin avisar y nos supervisas sin piedad dijo Ale, sonriendo.
Y, por cierto, con lo de la policía: la próxima vez, yo también podré llamar sin pensarme que eres mi suegra. Pero, con suerte, no hará falta y me has entendido dijo mi marido, ya vistiéndose para marcharse.
Bueno, familia, ¡feliz Día de la Mujer! añadió mientras dejaba una botella de buen brandy para mi padre, una de vino y un frasco de colonia para mi madre, con una sonrisa sincera que ya no tenía nada de descarada. Lucía me ha dicho que estos regalos te gustan mucho.
Mi madre, nerviosa, descorchó el brandy, se sirvió un chupito y lo tragó de un golpe, acompañándolo con un café que Ale le había preparado con la cafetera recién limpiada.
Ay, Mercedes, tu yerno es todo un diplomático… Ha conseguido darte una lección y encima deja buen sabor de boca reía mi padre, levantando la botella de brandy, la colonia y el vino, admirando el detalle.
Bueno, Mercedes, feliz 8 de marzo. El yerno te ha felicitado antes que nadie, ¡y a lo grande! Celebración, espectáculo y hasta chupito de brandy incluido. Solo te falta ponerte colonia y tu vestido de fiesta para salir al teatro. ¡Tu marido también se ha lucido! le guiñó el ojo mi padre, sacando dos entradas para la función “Aventuras de un Calavera”.
Desde aquel día, mi madre no volvió a aparecer en casa de Lucía y Alejandro sin avisar, pero tampoco se enfadó ni con su hija ni con su yerno, valorando la creatividad diplomática de Alejandro.
Los límites quedaron claros, pero sin rencores, y Alejandro pudo, desde entonces, dormir tranquilo tras las guardias, sin temer que Mercedes revolviera su cajón de calcetines ni se plantara en la cocina a hacer inspección.






