Me avergonzaba asistir a la boda de mi hijo por llevar un vestido viejo; en la iglesia muchos invita…

Me daba una vergüenza tremenda ir a la boda de mi hijo. Mi ropa era vieja, pasada de moda, y sabía perfectamente que, rodeada de invitados trajeados y vestidos de estreno, iba a parecer un cromo fuera de la colección. Pero, claro, no tenía otra opción.

Soy una humilde dependienta en una frutería de barrio. El sueldo, lo justo para llenar la nevera y poco más. Siempre he intentado andar erguida y mirar de frente, pero criar sola a un hijo en Madrid no es precisamente un paseo por la Gran Vía. No hemos tenido lujos, ni vacaciones en la Costa del Sol, pero sí mucha dignidad y una conciencia tranquila, que vale más que todo el oro de Toledo.

Cuando mi hijo llegó, entusiasmado, y me contó que se quería casar con una chica de familia acomodadade esas que van de tapas a barrios donde yo solo voy a hacer recadospoco pude decir. Le abracé y pensé en cómo podía ayudarle, si a veces juntaba monedas para llegar a fin de mes y comprarle unos calamares el domingo ya era motivo de fiesta.

No dormí bien durante tres meses. Soñaba con listas de invitados, peinados imposibles, y sobres vacíos donde debía haber dinero para el banquete. Pero mi mayor pesadilla era otra: ¿qué demonios me iba a poner yo?

En mis tiempos mozos tenía un vestido verde, ni bonito ni feo, simplemente práctico y discreto, que me puse para todas las grandes ocasiones: el estreno en el hospital cuando nació mi hijo, la graduación de la ESO, y ahora resultaba que iba a ser otra vez mi única opción para una ocasión importante. Mira tú por dónde, el vestido estaba tan curtido como yo.

Entré en la iglesia de San Isidro sintiendo que se me caía el mundo encima. Las primas de la novia, con pamelas tamaño abismo, cuchichearon entre ellas:

¿Pero esa es la madre del novio?
Podía haberse currado algo, ¿no? Menudo papelón…

Cada comentario era una puñalada en la autoestima, y no ayudaba ver a tanto invitado luciendo modelitos de la Gran Vía como si estuvieran en un pase de moda.

Me moría de vergüenza, y para colmo, la ceremonia, los flashes, los cuchicheos… Pero, entonces, pasó algo digno de salir en los programas de cotilleos de la sobremesa.

Se acercó mi futura nuera, Lucía, radiante, con ese vestido blanco que costaría más que mi coche, y que probablemente tenía más metros de tela que mi piso. Yo deseando esfumarmel, cuando de pronto ella, sonriendo, mira mi vestido sí, el verde aguamarina de mil batallas y suelta bien alto para que lo oigan hasta los de la puerta de la sacristía:

¡Vaya! Has traído EL vestido. Es precioso, de verdad. He visto fotos tuyas de joven ¡y sigues guapísima! No has cambiado nada.

En la nave de la iglesia se hizo un silencio de esos que hasta las abuelas dejan de abanicar. Hasta las más estiradas dejaron de cuchichear.

Lucía me puso la mano en el hombro y, con una voz más bajita pero llena de cariño, añadió:

Estoy infinitamente agradecida por el hijo que has criado. Has hecho el trabajo de dos personas tú sola y le has dado lo más importante: amor de verdad. Es un honor para mí entrar en esta familia. Y, bueno, los vestidos pues eso, son solo trapos.

Y, como en una película, me dio un beso en la mano. Yo, que no lloro ni viendo dramones de sobremesa, me deshice. Por primera vez sentí que alguien veía, de verdad, todo lo que había hecho por mi hijo.

Los invitados se quedaron boquiabiertos, y de pronto, el vestido verde parecía el de la mismísima reina Letizia.

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Me avergonzaba asistir a la boda de mi hijo por llevar un vestido viejo; en la iglesia muchos invita…