EL CORAZÓN LATE DE NUEVO
Carmen trajo al mundo a su hija Lucía sin saber bien quién era el padre. Digamos que tropezó antes de casarse. Sí, Carmencita tenía un pretendiente que la cortejaba con entusiasmo. Sin embargo, nunca le pidió matrimonio. Eso sí, era tan guapo como educado.
Carmen paseaba del brazo de su acompañante, con la cabeza erguida y una sonrisa altiva al pasar por delante de las abuelas sentadas en la entrada del portal, esas que parecían girasoles que siguen el sol con la mirada. Siempre estaban atentas a todo el vecindario.
El joven ni trabajaba ni pensaba en buscar empleo. Prefería ir por la vida ligero, como una mariposa. Carmen le preparaba la comida, le ofrecía bebida, y le daba cobijo a su lado por las noches. Estaba dispuesta a alfombrar su camino de flores.
Hasta que un día, aquel chico le confesó que se aburría con ella, que no lo valoraba como hombre, y que incluso podría invitarle, por una vez, a la costa, si de verdad le quería
Carmen lloró todo una semana. Luego rompió las fotos del desamorado y las quemó. Pasó un mes sumida en la soledad del desengaño. Hasta que conoció a Víctor.
Una mañana, Carmen iba tarde al trabajo. Esperaba impaciente en la parada del autobús. Fue entonces cuando un taxi se detuvo frente a ella. El conductor le abrió la puerta e invitó a la joven a subir. Sin pensarlo, Carmen se acomodó en el asiento.
Durante el trayecto, el chófer empezó a conversar. Carmen enseguida valoró al hombre: era de mediana edad, bien arreglado, recién afeitado, con el pelo cortado y la ropa impecable. Además, la galantería del taxista la conquistó. Todo en él transmitía el mimo de una mano femenina, que Carmen supuso que sería la de su madre.
Víctor, así se presentó el conductor, era todo lo contrario al anterior. Carmen le dio su número sin dudar; quería seguir conociéndolo. Y fue la única vez que viajó gratis en un taxi.
Los encuentros se sucedieron y Víctor colmó a Carmen de flores y regalos, demostrándole una ternura nueva para ella.
Una tarde de primavera, paseaban por el bosque. Carmen, pletórica de alegría, comenzó a recoger lirios silvestres. Víctor, contagiado por la chispa de su pareja, también se animó a recoger flores. Cuando terminaron, Carmen se sentó en el coche explorando su ramillete, mientras Víctor colocaba cuidadosamente su propio ramo en el asiento trasero. A Carmen le vino un pensamiento fugaz: Será para su esposa. No se atrevió a preguntar. De alguna forma, no quería saber si Víctor tenía compromiso. Carmen, en seis meses, ya se había acostumbrado a su caballerosidad y prefirió engañarse y guardar silencio.
Pero al poco tiempo, una mujer apareció en la puerta de Carmen. Era la esposa de Víctor, acompañada de dos niños pequeños.
Tome, señorita, ¡edúquelos usted! Que adoran a su padre dijo.
Carmen, desconcertada, solo atinó a murmurar:
Perdone, no sabía que Víctor era casado. No pienso romper su familia. No vengo a hacer nido bajo otro tejado.
Esa misma noche, Carmen dejó a Víctor.
El siguiente hombre en la vida de Carmen fue Leandro.
Leandro era andaluz, de Granada, con un carácter arrollador. Su romance fue breve pero intenso. Conocido en el cumpleaños de una amiga de Carmen, él se acercó a la joven tímida con simpatía y una desbordante energía. Ella no se resistió y se dejó envolver.
Leandro la conquistó con su generosidad, optimismo y gran corazón. Con él, la vida era una fiesta: nunca paraban quietos, siempre tenían un plan. Parecía que los problemas no existían en su mundo. Carmen hubiera ido tras él hasta el fin del mundo. Pero, como tantas veces, llegó el final.
Durante un año Leandro colmó a Carmen de atenciones. Luego regresó a Granada. No logró adaptarse a Madrid; tal vez fue el clima, tal vez su madre enferma Carmen se sintió abandonada y sin rumbo. Decidió que ya había sufrido bastante. Mejor sola, sin más lágrimas, pensó.
Justo cuando Carmen aceptó su destino de mujer solitaria, descubrió que estaba embarazada. Se quedó helada. ¿Quién sería el padre? ¿Cómo afrontaría el futuro? ¿Y cómo no perder la cordura con tanto sobresalto?
Nació una niña a la que llamó Lucía. Lucía se convirtió en el centro de su universo. La pequeña tenía el pelo rizado, ojos oscuros y esa sonrisa encantadora tan propia de Leandro. A Carmen esto la reconfortaba, quizá porque nunca amó a nadie como lo amó a él. Mirando a Lucía, Carmen recordaba los momentos felices, despreocupados, vividos junto a Leandro.
A veces sentía una punzada de desesperanza y una pizca de envidia hacia sus amigas casadas. Pero criar a Lucía ocupaba todo su tiempo y las lágrimas no tenían espacio.
Llevó a Lucía a la escuela por primera vez en septiembre.
La sentaron junto a un niño, Daniel. A Lucía no le cayó bien de entrada, y Daniel la llamó tonta de rizos. Los niños, desde aquel momento, no podían ni verse. La maestra acabó por separarles, aunque aún así se peleaban en los recreos.
Carmen fue al colegio a preguntar por qué su hija retornaba con arañazos.
La profesora, sintiéndose un poco culpable, le dio la dirección de Daniel y le recomendó hablar con sus padres directamente.
Sin pensarlo mucho, Carmen fue a proteger a su Lucía. Tocó en la dirección indicada.
La puerta la abrió un hombre joven, que se secaba las manos en un paño colgado al cuello.
¿Venía a verme? Pase, por favor. Ahora mismo la invito a un café, solo de comer a mi pequeño trasto, dijo, y se marchó a la cocina.
Carmen entró en una sala algo desordenada. Quedaba claro que allí no vivía una mujer. Ropa por todos lados, polvo en el aire y olor a tabaco.
En fin pensó Carmen.
El hombre apareció con una bandeja y dos tazas de café humeante. Ese aroma quedaría grabado a fuego en la memoria de Carmen.
¿A qué se debe la visita de una dama tan hermosa? preguntó el anfitrión.
Soy la mamá de Lucía comenzó ella.
¡Ahhh! Entendido. Mi Dani está enamorado de su hija sonrió él.
¿Y por eso mi Lucía viene a casa hecha unos zorros? Carmen fue directa.
¿Eh? No entiendo replicó, visiblemente sorprendido.
En fin, le ruego que hable con su hijo. Gracias por el café, Carmen se levantó.
Lo haré, no se preocupe aseguró el hombre.
El trasto de Daniel ni se asomó.
Carmen regresó a casa.
Esa noche no pudo dormir. La visita, aquel hombre tan afable y hogareño, la había sorprendido. No era un hombre, era un sueño. Y aquel café inigualable Ningún pretendiente la había invitado jamás a un café, solo copas, vinos, champán Pero una simple taza de café, nunca. Quería saber más de aquella familia.
Sin darse cuenta, en su cabeza comenzó a limpiar y ventilar aquel pisito, ordenando los muebles y poniendo flores en la ventana. E incluso sintió la necesidad de acariciar con ternura a Daniel.
Por la mañana, pidió a Lucía que no discutiera más con Daniel en clase y que intentara ser más amable.
Las semanas pasaron
Y así, en una reunión de padres, Carmen volvió a coincidir con aquel hombre. Supo, por fin, que Daniel no tenía madre; de lo contrario, no hubiera sido el padre quien fuera a la reunión.
Eso animó a Carmen a dar un paso más.
El padre de Daniel se ofreció a acompañar a Carmen y Lucía de vuelta a casa. Era diciembre y ya era de noche. Carmen aceptó sin dudar.
El hombre se presentó:
Me llamo Alejandro.
Encantada, yo soy Carmen respondió ella, animada.
Al parecer, Alejandro también se sintió atraído por Carmen. Incluso se atrevió a proponer pasar juntos la Nochevieja. Carmen ya no esperaba príncipes azules, ¿qué tenía que perder después de siete años en soledad?
Más tarde, Alejandro le confesó que llevaba tiempo divorciado. La exmujer se casó enseguida con su mejor amigo y él jamás cedió la custodia del niño.
Ni Alejandro sabía cuánto necesitaba el cariño de una mujer, ni Daniel cuánto echaba de menos una madre. Así, Alejandro declaró su amor a Carmen; él no dejó de pensar en Carmen desde aquella primera visita.
Alejandro vio en Carmen una buena esposa y una madre para su hijo.
Carmen y Lucía se mudaron con Alejandro. Antes, por supuesto, ambos adultos pidieron el consentimiento de los niños. Daniel y Lucía asintieron a regañadientes.
La vida retomó su vuelo Alejandro, eufórico de felicidad, se olvidó del mundo. Compraron juntos un piso grande. Carmen se dedicó al hogar y a los niños.
Lucía y Daniel crecieron rodeados de amor y cuidados. Carmen quería a Daniel como si fuera su hijo. Alejandro adoraba a Lucía y trataba a sus chicas con veneración.
El tiempo pasó y los hijos se hicieron adultos. Daniel y Lucía se casaron.
Alejandro y Carmen bendijeron aquel inesperado matrimonio. Los recién casados decidieron pasar la luna de miel en París. Carmen sugirió a Alejandro tomar unas vacaciones junto al mar.
Él dudaba.
Carmen, cariño, mejor cómprate algo bonito con ese dinero decía Alejandro.
¡Alejandro, por fin podríamos estar solos! Respiremos juntos un poco de libertad, aunque sea una sola vez insistía Carmen.
Alejandro cedió.
Pasaron una semana en una ciudad costera. Fueron días de felicidad sin nubes. Alejandro se superó en detalles y atenciones, llenando de flores y palabras dulces a Carmen.
El día de la despedida, ambos acudieron a la playa para decir adiós al mar. Era muy temprano y no había nadie. Alejandro besó a Carmen con ternura y, con una extraña tristeza, le confesó:
Carmen, te quiero con toda mi alma. Demasiado…
Voy a darme un baño antes del viaje.
Carmen nunca volvió a ver a Alejandro.
Él se ahogó.
Los socorristas no consiguieron encontrarle, a pesar de que el mar estaba en calma total.
Carmen regresó a casa sola. Durante mucho tiempo vivió aturdida, incapaz de comprender una tragedia tan absurda y definitiva. ¿Por qué él? Si nadaba tan bien. ¿Por qué el destino le hacía viuda a los cincuenta y cinco años? ¿Por qué no respondió en la playa, diciendo que ella también le amaba con locura? Sí, Alejandro se despidió y Carmen no lo entendió a tiempo. Tantas preguntas, lanzadas al cielo, sin respuesta
Carmen se cerró al mundo. Detestó el mar. Todo perdió color y sentido, ni siquiera podía ir a la tumba de su marido: no existía.
Su alma se rompió en mil pedazos. Apenas si podía respirar. Mejor sería arder siete veces que enviudar una. Dicen que el tiempo lo cura todo. Mentira. No cura nada; la pena solo se adormece, pero si profundizas un poco, vuelve el mismo dolor insoportable. La memoria nunca suelta; reaviva el duelo sin compasión.
Carmen caminaba de la mano de dos pequeños: Teresa y Miguel, sus nietos de tres años. Era costumbre familiar pasear cada otoño por el parque; al final, paraban en la cafetería. Carmen les compraba un helado a los niños. Para ella, una taza de café. Ese café especial, de aroma inolvidable, que la hacía sentirse cerca de Alejandro, como si él supiera todo lo que ocurría a su lado
Tras años de dolor, asumido con humildad, Carmen agradecía a la vida haber conocido a Alejandro. Veinticinco años de auténtica felicidad compartida.
La vida puede terminar, pero el amor, el verdadero amor, sigue latiendo en el corazón de quienes nunca olvidan.






