Trabajaba como cocinera en un pequeño café escondido en una esquina tranquila de Toledo. Era ya tarde, y mientras apagaba las luces entre los azulejos gastados y recogía mi delantal, mi reflejo se mezcló con las sombras del cristal de la ventana. Allí, en la acera helada, vi a un hombre sentado entre los charcos grises, las manos hundidas en el abrigo gastado. A su lado, pegada a sus rodillas como si intentase fundirse con él, yacía una galga de mirada inmensa y resignada. Ambos parecían los restos de algún antiguo naufragio, atrapados en la orilla de la ciudad, exhaustos de hambre y soledad.
Sentí que algo en mi interior se encogía y recordé que, quizás por azar, había quedado una ración de cocido bien caliente en la cocina. Sería un crimen arrojar semejante consuelo a la basura. Busqué también un poco de pan y restos de ternera para la perra, envolví todo en tuppers y, llevada por el impulso, crucé la puerta hacia el frío.
El hombre levantó los ojos cuando le tendí el caldo, y en su rostro se mezclaba la derrota con un agradecimiento tembloroso, como si tuviese miedo de que todo fuese un espejismo. Murmuró gracias en voz baja, repitiéndose, como si intentara recordar que aún había bondad en el mundo. Su galga ladeó la cabeza y dejó escapar un suspiro, casi humano. El hombre comía despacio, con solemnidad, como si el vapor del cocido fuese la última nube de esperanza en el aire de la ciudad. Supe que aquel gesto mínimo había salvado un trozo del día, que el mundo era menos frío por un momento.
Esa noche caminé a casa envuelta en una extraña serenidad, como quien se despierta de un sueño de consuelo que amenaza con desvanecerse entre parpadeos.
Pero ya con la luz del alba, mi puerta resonó con unos golpes secos.
Abrí, todavía soñolienta y aferrando el delantal, y me encontré con dos guardias de la Policía Nacional en el umbral. La correa de mi gato aún pendía de mi muñeca, invisible para el mundo soñado.
Se le acusa de haber envenenado a una persona. Debe acompañarnos dijo uno, mostrando su placa como un espejo opaco en el que no me reconocí.
Sentí el aire cortarse de golpe.
¿Envenenado? ¿A quién? Yo solo… le ofrecí sopa a un hombrepero mis palabras caían blandas, deslizándose por entre los pliegues de la realidad, como si nada pudiera cambiar ya el guion escrito en una lengua extranjera.
Ya sabían todo, dijeron: las cámaras del café me captaron saliendo al encuentro del hombre, y, según ellos, fue la única comida que probó ese día. Pronto, supe lo que nadie debería saber: el hombre, ingresado de madrugada en el hospital de la ciudad, luchaba por su vida tras una intoxicación.
Todo se volvió borroso, como una secuencia inconexa: horas interminables en una sala blanca, preguntas que parecían no tener respuesta, el miedo de no recordar si el cocido era fresco, si el pan estaba en mal estado, si todo no era más que un mal sueño en la siesta de Castilla.
Días después, la realidad mostró su zarpazo surrealista.
Aquella noche, un servicio ambulante repartía comida entre los sintecho cerca del barrio. Alguien, invisible y cruel, había preparado lotes idénticos a mis tuppers y los había llenado de veneno. Decenas de personas aparecieron enfermas por todo Toledo, y operarios de ambulancia volaban entre hospitales bajo el cielo rojizo de la ciudad.
Descubrieron que alguien había querido limpiar las calles hubo quien dijo que era para espantar las sombras, para dejar sólo el ruido de las cigüeñas en los tejados. Yo, absuelta, fui liberada con unas disculpas huecas y unas monedas de euro más raídas en el bolsillo.
No obstante, la vigilia nunca volvió: cerca de mí, un monstruo invisible seguía respirando y destilando su veneno en los sueños de todos los solitarios de la ciudad, mientras yo, entre el rumor de cucharas y el vapor del cocido, aprendía a dormir con un ojo abierto, temiendo el próximo despertar.






