La dulzura amarga de la felicidad: La historia de Denis, un hombre al borde de los cuarenta, que tra…

LA FELICIDAD AMARGA

¿Y qué te pasa con esa chica? Es buena muchacha, modesta, limpia, estudia… Te quiere Mariluz Gómez miró a su hijo con un deje de reproche.

Mamá, déjalo ya Alberto cortó la conversación, dejando claro que no pensaba seguir con el tema.

Mariluz salió de la habitación.
«Que ya se apañará Con la de novias que ha tenido Va para los cuarenta, y al final ninguna le cuadra. Algún día no querrá a nadie y ya no le hará falta… Nada le parece bien», pensaba ella, suspirando mientras iba hacia la cocina.

Hijo, ven a comer llamó Mariluz.

Alberto no tardó en ir y empezó a zamparse sin miramientos el cocido de su madre.
Gracias, mamá. Como siempre, está de escándalo.
Más te valdría decírselo a tu futura esposa y no a mí insistía Mariluz, sin poder dejar el asunto.

Mamá Alberto apuró el vaso de agua y se disponía a salir de la cocina.

Espera, hijo. ¿Sabes? El otro día me acordé de cuando fui a ver a una vidente. Nada más verme, va y me suelta:
«Tu hijo tendrá una felicidad amarga».

Ay, mamá, no hagas caso Alberto se ríe, quitándole importancia.

A lo largo de su vida, Alberto había tenido amores de todo tipo.
Cristina era inteligente, leída, y hasta parecía más sabia de lo que le correspondía por edad. Le sacaba nueve años a Alberto y le daba buenos consejos.

Al principio, eso le gustaba, pero más tarde, empezó a verla solo como una amiga mayor. Nada más.
Todo era tan soso. Acabaron dejando la relación.

Paloma, por su parte, tenía un hijo de ocho años. Alberto nunca consiguió conectar ni un poco con el niño. Aunque decía querer a Paloma, que era muy guapa, tenía un carácter difícil, imposible de llevarse bien. Cada vez que discutían, intentaba arreglarlo con regalos. Las peleas eran absurdas.

Faltaba algo en todo aquello, quizás tranquilidad, estabilidad.
Verónica era el ideal. Mujeres como ella, pocas hay

Alberto llegó a pensar en casarse con ella. Verónica era recta, limpia, razonable. Era el tipo de persona con la que había que cuidar cada palabra.
Incluso vivió un tiempo en su casa listo para formar una familia, tener hijos juntos, al menos dos.

Pero
Un día, tras volver de una reunión fuera, se la encontró en la cama con un excompañero de instituto. Todo un clásico

Alberto volvió a casa con su madre y decidió cortar por lo sano con el amor.
Me quedo de soltero. No está mal como opción. La familia más sólida es la de uno mismo le decía irónicamente a su madre.

Mariluz se encogía de hombros y resoplaba:
¿De verdad no encontrarán tu destino, hijo?

Pero el destino llegó. Sin avisar.
Alberto, una vez más, va de viaje por trabajo. En el tren, se acomoda en su litera de abajo. Entra una mujer en el compartimento:

Joven, ¿le importaría cambiarme la litera? ¿Me deja su cama de abajo, por favor?

Ningún problema responde Alberto.

La observa de pies a cabeza. No parece nada especial. Pero el corazón le da un vuelco. «¿Será ella…?»

Alberto se sube a la litera de arriba y se queda dormido

Qué bien que ya estás despierto, ven, siéntate a la mesa. Prueba algo, dice la desconocida con una sonrisa.

Alberto baja y empiezan a charlar.
Me llamo Lucía le dice la mujer.
Alberto. Encantado, Lucía.

Hablan toda la tarde. Alberto se siente cómodo, como en casa con Lucía. Sin necesidad de impresionar con chistes o carisma. Le parece una persona a la que conoce de toda la vida.

Intercambian números de teléfono, por si acaso

Pasan un par de semanas y a Alberto le invade el deseo de escuchar su voz.
Todo rueda

Quedadas, besos, promesas

Alberto ya no entiende cómo había estado sin esa mujer. Cuarenta años
Las demás mujeres podía dejarlas ir sin mirar atrás. Pero esto era diferente. Sin límites ni fronteras.

Alberto quería pertenecerle por completo, volcarse en la vida de Lucía.

Lucía lo arropa con amor puro, cuidados y comprensión.
A los tres meses de conocerse, Alberto le pide matrimonio casi de rodillas.

Alberto, te saco siete años. Tengo tres hijos. Vivimos en un piso compartido Lucía no sabe mentir y va directa.

Y eres viuda. Lucía, lo sé todo eso. He conocido a tus hijos. Veníos a mi casa. Está decidido.
Quiero cada parte de ti. Eres mi casualidad y mi última mujer Alberto la besa en los labios.

Está bien, Alberto, probemos Lucía se sonroja.

No, Lucía, no vamos a probar. Vamos a estar juntos para siempre dice Alberto, cogiendo su mano. ¿Lo oyes? Para siempre.

Mariluz, al enterarse de los planes de su hijo, solo dice:
Tanto buscar Y al final, la más sencilla de todas

Nueve meses después, la pareja tiene un hija con síndrome de Down.

Alberto se desvive de alegría y de preocupación por Lucía, esperando que no se derrumbe.
Tener una niña así es un reto enorme.

…Hoy la pequeña tiene ya ocho años. Toda la familia la adora.

Alberto venera a Lucía.

Felicidad amarga, pero felicidad al fin y al caboA veces, cuando la pequeña duerme abrazando su muñeca favorita, Alberto la observa desde el umbral de la puerta y siente una mezcla extraña de miedo y gratitud: miedo por lo frágil de esa felicidad que tanto costó encontrar, y gratitud porque, a pesar de todo, existe. Lucía se acerca y, sin decir nada, le toma la mano. En sus ojos descubre el mismo brillo sereno que él ha buscado toda la vida: la certeza de haber llegado, por fin, a un refugio.

Es entonces cuando Alberto recuerda las palabras de la vidente, años atrás: Tendrás una felicidad amarga. Sonríe para sí. Sí, amarga, piensa, como el café de la mañana de un lunes lluvioso, como un beso interrumpido por las prisas de la vida, como la ternura feroz que despierta una hija diferente. Pero, sobre todo, felicidad. Esa felicidad que supo encontrarle el sabor donde otros solo verían renuncia.

Esa noche, mientras la casa duerme, Alberto entra a la cocina y, entre el silencio y el olor a café, piensa que la felicidad no era estar solo, ni encontrar al ser perfecto, ni tenerlo todo bajo control. Era esto: una vida hecha de costuras irregulares, de puertas abiertas y silencios llenos. Amarga, sí. Y, precisamente por eso, tan sorprendentemente dulce.

Y una última vez, antes de apagar la luz, Alberto busca la mirada de Lucía y, con una sonrisa, susurra hacia el mañana:

Gracias por elegirme entre todos tus azares.

Afuera, la madrugada sigue, ignorando las profecías. Pero dentro de casa, un hombre al fin duerme en paz, abrazando su pequeña cuota de felicidad imperfecta.

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