La decisión de Cristina: Entre el amor con condiciones y la lealtad de Barcín, su compañero felino, …

Diario de Francisco

Hoy me he sentado ante el espejo, viendo cómo Emilia se pone el pintalabios ese que tanto le gusta: Mermelada de cereza. Recuerdo cuando le dije que ese color le sentaba fenomenal.

A nuestra edad, casi hemos dejado de esperar milagros. Y, sin embargo, hace apenas tres meses sucedió uno de esos: nos conocimos así, sin más, esperando el autobús en la Plaza de Castilla. Yo le cedí el asiento y su gracias dio pie a una conversación sencilla, pero llena de esas chispas que hacen que la vida se anime.

Tres meses, y parece una vida entera.

¿Y tú qué opinas, Salvador? le pregunta a su gato, cómodamente tumbado en el alféizar, acechando a las gorrionas por la ventana. ¿Estoy guapa?

El gato maúlla, ronco y satisfecho, con ese aire sentencioso que tenía Salvador. Adoptó a ese gato hace ya cinco años, el mismo día que enterró a su marido Ramón. Recuerdo cómo llegó a casa con él, un gatito pelirrojo y minúsculo: Bueno, pues seremos tú y yo contra el mundo, y sorprendentemente así fue. No solo para lamentarse, sino para vivir.

Salvador es un gato de esos que entienden todo. Si ella está triste, él la acompaña con sus ronroneos. Cuando está contenta, se le une en la fiesta, corriendo por el pasillo o saltando sobre los sofás. Y cada mañana la despierta con delicadeza, la patita en la mejilla.

Suena el móvil.

¡Emilita, ya estoy de camino! mi voz suena entusiasmada, casi infantil. Hoy lo hablamos todo, por fin.

De acuerdo ríe ella, con ese brillo de rincón acogedor que tiene en la voz. ¡Te espero!

Hoy iba a llevarle las llaves de mi piso en la calle Mayor, en San Sebastián, con vistas al Cantábrico. Habíamos decidido irnos a vivir juntos. En mi piso hay espacio, hay luz, y ese aire del norte que a ambos nos gusta.

La veo ilusionada, imaginando los desayunos juntos en la terraza, mirando el mar, leyendo el periódico mientras Salvador espía a las palomas.

Salvador, nos mudamos. Te va a encantar la casa nueva, con ventanas enormes; verás cuántos pájaros.

El gato se despereza, salta del alféizar y se frota suave contra sus piernas.

Sí, claro que vienes también. ¿A quién iba a dejarte, bribón?

Llaman al timbre.

Entro con un ramo de claveles, sonrisa amplia y el mejor traje que tengo. Todo lo que soy está en ese gesto. Empresario de cierto éxito en Bilbao, claro, pero sobre todo, un hombre decidido.

¡Mi reina! le beso la mejilla. ¿Preparada para la nueva vida?

Ya lo creo se le ilumina el rostro. Pasa, que pongo el té.

Nos sentamos en la cocina. Yo saco el manojo de llaves y lo dejo con solemnidad sobre la mesa.

Aquí tienes. Las llaves de nuestro nidito.

Salvador aparece curioso en la puerta, olfatea el aire, camina con prudencia hasta mí.

Este gato otra vez arrugo la nariz, comenzando la conversación que llevo días dándole vueltas. Emilia, tenemos que hablar.

¿De qué? pregunta tensa. Detecta el cambio en mi voz.

Verás, la casa es recién reformada. Los animales sueltan pelo, olores, provocan alergias francamente, a mí me dan problemas. No me veo conviviendo con un gato, la verdad.

Se queda quieta, sosteniendo la taza.

¿Cómo?

Quiero decir que deberías pensar qué hacer con Salvador. Yo con el gato, no puedo.

Las palabras caen como agua helada.

El gato me observa, luego a ella, como si supiera perfectamente lo que ocurre. Me levanto poco después, dejando las llaves sobre la mesa. Emilia se queda mirando el té a medio terminar, con el corazón en la garganta.

Salvador salta a su regazo, ronroneando con esa dulzura resignada que tienen los amigos cuando presienten que algo va mal.

¿Y ahora qué hago, Salva? acaricia esa cabecita. ¿Qué hago?

En su cabeza resuenan mis palabras: Decide tú. Cómo se decide algo así, se pregunta. Cinco años ese gato ha sido su refugio, su consuelo, su familia. Cuando Ramón murió, el único sentido del hogar fue esa bolita de pelo que crió a biberón y cuidó cuando apenas maullaba.

Recuerda cada detalle: cómo trepaba a su falda, cómo velaba sueños febriles, cómo le ofrecía su ratón de trapo en los días tristes.

Piensa en llamar a su amiga Gloria, pero se detiene. Ya sabe lo que diría: Emilita, hija, pues por un buen hombre, coloca al gato y a vivir. ¿De verdad se puede?

Se asoma a la ventana. La calle está cubierta por la primera nevada de diciembre. Pronto será Navidad. Y ella soñaba con recibir el año nuevo acompañada, no sola.

Bueno dice con resignación. Hablaré con la veterinaria, a ver si sabe de alguien de confianza. Encontraremos un buen hogar.

Pero incluso al pronunciarlo, nota una resistencia profunda en el pecho. Se rebela su corazón.

Al día siguiente, sube a ver a la vecina doña Carmen, que siempre da de comer a los gatos de la urbanización.

Doña Carmen, ¿no sabría de alguien que quisiera adoptar a Salvador? Es bueno y muy listo.

¿A Salvador? se alarma. Pero si tú lo tienes como un hijo. Recuerdo el empeño que pusiste en sacarlo adelante.

Son las circunstanciassuspira Emilia.

¿Y qué circunstancia hay más importante que un buen amigo? insiste la anciana. No, hija, nadie lo cuidará como tú. Sería una traición.

La palabra traición le retumba por dentro; se despide rápido.

En casa, Salvador le espera tras la puerta; se roza contra sus piernas, ofreciéndole su compañía incondicional. Y Emilia percibe que lo entiende todo. Los animales comprenden más de lo que creemos.

Perdóname le susurra abrazándolo. Perdóname.

Por la noche, la llamo.

¿Qué? ¿Has solucionado el tema del gato?

Todavía no. Busco adoptantes.

Emilia, por favor, no hagas un drama. ¿Quieres estar conmigo o no? Busco una mujer decidida. No una que anteponga un gato a su felicidad.

Dame un poco más de tiempo.

No tenemos mucho. Quiero que en Nochevieja ya estés aquí conmigo.

Después de colgar, se queda en silencio largo rato. Salvador la acompaña en el sofá, con la habitual fidelidad silenciosa.

Tiene razón se dice ella en voz baja. Sólo eres un animal. Y Olegario ese es mi nombre es un hombre. ¿Dónde voy a encontrar otra oportunidad así?

Pero las palabras no le suenan sinceras.

Al tercer día, recibe la llamada de su amiga Gloria:

Emilia, te noto rara. ¿Qué pasa?

Y le cuenta todo: el ultimátum, la imposibilidad de elegir, el miedo al error.

Vamos a ver la interrumpe Gloria. ¿Te lo ha dicho así, tan claro?

Bueno, sí.

Pues la próxima será: No te pongas esos pantalones o No quedes con esa amiga. Si ya van los condicionantes, mal asunto.

Es que no quiero quedarme sola casi llora Emilia.

¿Y Salvador qué? ¿No cuenta?

Se hace el silencio.

Después de hablar, Emilia se sienta en el sofá. Salvador se le acerca, como siempre.

A ver le pregunta en broma. Si te regalo, ¿me echarías de menos?

El gato emite un ronroneo grave; la respuesta es tan evidente que Emilia sonríe con tristeza.

¿Y yo? ¿Podría traicionarte y ser feliz?

Salvador la mira, y en su mirada hay amor y confianza.

Qué locura susurra Emilia.

Vuelve a sonar el móvil: es mi número.

Emilia, mañana es sábado. Pasaré a por ti. Espero que lo del gato esté decidido.

Ella mira a Salvador; el gato la observa, tranquilo y confiado.

Olegario, necesito pensarlo.

¿Qué hay que pensar? ¿Vas a tirar tu vida por un gato? ¿Estás cuerda?

¿No podrías intentarlo? Salvador es limpio, bueno.

Ya te lo he dicho, ¡soy alérgico! Y sinceramente, no eres tan madura como pensé. Te doy hasta mañana. Es tu última oportunidad.

Cuelga el teléfono. Sólo se oye el ronroneo mullido del gato.

Última oportunidad repite ella en voz baja. Vaya regalo.

Y al fin comprende: no le da miedo quedarse sola, le da miedo traicionar a quien jamás le pediría semejante cosa.

Amanece el sábado gris y húmedo; Emilia ha dormido mal, soñando con un pasillo interminable al final del cual la esperan dos figuras: Olegario y Salvador. Debe elegir.

Salvador, como cada día, le roba una sonrisa con un bostezo y un brinco a la almohada.

Desayunan juntos. Pero sus manos tiemblan mientras llena el cuenco de comida.

¿Qué hago ahora, Salva?

El gato la mira comprensivo.

Quizá tiene razón Olegario. Igual me aferro al pasado

Sabía que no eran palabras suyas. Sonaban a otros.

Llama Gloria:

Emilia, ¿y? ¿Decidiste?

No sé, mi cabeza dice una cosa y mi corazón otra.

¿Qué dice el corazón?

Mira a Salvador, acicalándose en la ventana.

Que no te puedo dejar.

¡Pues mira que sencillo! Si un hombre te obliga a elegir, es que no es tu hombre.

Se despide y se queda pensativa. Coge a Salvador.

Gloria tiene razón. Yo no estoy sola, estoy contigo. Y estoy bien.

El gato ronronea, más fuerte.

¿Y si el hombre adecuado aceptara también a Salvador?

Llaman al timbre a las dos. El corazón se dispara.

Aparezco en la puerta con la maleta e impaciencia profesional.

¿Lista? ¿Tienes las cosas preparadas?

Pasa, tenemos que hablar.

¿De qué? ¿Dónde está el gato? Espero que ya hayas resuelto eso.

En ese momento, Salvador asoma, se sienta, nos mira.

Emilia, te lo pedí claro.

Ya he decidido responde ella baja.

¿Sí? ¿Y?

No puedo dejarlo.

Me quedo helado. Me giro despacio:

¿Cómo dices?

No puedo. Es mi amigo. Cinco años.

¿Y yo qué? ¿Quién soy para ti?

Emilia me mira, y de repente percibo que ya no soy el hombre ideal de hace meses, sino uno que quiere imponer su voluntad.

Me importas, Olegario. Pero Salvador nunca me puso condiciones.

¿Me comparas con un gato?

No comparo. Sólo digo que él me quiere, sin peros.

Estás arruinando nuestra vida, Emilia.

No, sólo estoy eligiendo lo que más me importa.

Salvador se frota en sus piernas. Lo abraza.

Escucha bien respondo, ahora serio. Yo tengo una vida hecha, negocios, posición. Te doy una vida buena y por un gato

No es un gatome interrumpe. Es Salvador. Mi Salvador.

¿Y qué tiene de especial? ¡No deja de ser un animal!

En ese instante lo comprende todo.

Tienes razón, Olegario. No es especial. Sólo es que, a diferencia de ti, nunca me ha puesto una condición para quedarse conmigo.

Me quedo parado, dolido, sin saber qué decir.

Así que eliges al gato.

Sí. A Salvador.

Me quedo un segundo y me marcho, orgulloso, dolido. Suelto la puerta de un portazo.

Emilia queda sola en la casa.

Se sienta en la cocina con Salvador en el regazo.

Ya está, Salva. Nosotros dos, otra vez.

El gato le responde con un cálido cabezazo.

Y Emilia siente, por fin, alivio. Como si se quitara un peso de encima.

Sabes, Salva, creo que hemos hecho bien.

Por primera vez en días, sonríe con paz.

Llega la primavera. Afuera la ciudad se llena de luz, las violetas florecen en el alféizar que ella ha convertido en un pequeño jardín. Los gorriones chillan, el sol entra por la ventana.

¡Salvador, mira qué maravilla! le enseña una flor recién nacida.

Él la huele y le dedica un maullido complaciente.

Han pasado tres meses. Al principio pesaba la duda ¿Y si me equivoqué? ¿Y si Olegario era mi última oportunidad?

Poco a poco, la casa revivió. Volvió a dar clases de música, a tener alumnos: Lucía, una niña de ocho años; Álvaro, un adolescente. Volvió la música, volvieron las risas.

Emilia, ¿cómo se llama ese gato tan bonito? le preguntó Lucía al verle.

Salvador. Es mi compañero.

¿Puedo acariciarlo?

Por supuesto.

Salvador, generoso, aceptó la caricia y regaló a la niña una melodía de ronroneos.

Y hace poco, Emilia conoció a don Manuel, su vecino del quinto. Maestro jubilado, viudo, apasionado de la música y de los animales.

Tiene usted un gato precioso le dijo. Yo tuve una perra, Sira, toda la vida. Murió de vieja, y echo mucho en falta esa compañía.

Empezaron a charlar, primero unos minutos, después horas. Él es inteligente, amable y se nota que tiene un buen corazón.

¿Su gato acepta invitados?

Salvador es buen juez. Si te acepta, eres buena gente.

Y, sí, Salvador también le dio su aprobación.

Miro a Emilia, sentada en su butaca, con Salvador en el regazo. Ahora la casa está llena de paz.

Gracias, Salvador le oigo susurrar. Porque me has enseñado que el amor de verdad nunca pide traicionar a los tuyos.

El gato ronronea, calmo, entero.

Aprendí de Emilia que cuando amas de verdad, ni el miedo ni la soledad importan. Porque estando con quien te quiere sin condiciones, nunca estás solo.

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MagistrUm
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